El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 3Desayuno
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CAPÍTULO 3Desayuno

Desayuno

A las siete y veinte de la mañana, Daniel había perdido una zapatilla y yo llevaba tres minutos mirando una taza de café sin beber.

—No puede haberse ido sola —dije.

Daniel estaba sentado en el suelo del pasillo con un calcetín puesto y el otro pie desnudo. Tenía ocho años y una capacidad extraordinaria para perder objetos dentro de habitaciones en las que llevaba menos de cinco minutos.

—Ayer estaba aquí.

—Eso dicen siempre los desaparecidos.

—Papá.

—Estoy investigando.

Me agaché para mirar debajo del mueble de la entrada. Nada.

Desde la cocina llegó la voz de Elena.

—Si aplicas al zapato el mismo procedimiento que a tus casos, llegaremos al colegio el jueves.

—Estoy intentando establecer una línea temporal.

—Estaba en sus pies anoche. Fin de la línea temporal.

Daniel se levantó de un salto.

—¡Me los quité en el salón!

Corrió hacia allí con un solo zapato mientras yo regresaba a la cocina.

Claudia desayunaba apoyada sobre un codo, con el móvil junto al tazón y una expresión que dejaba claro que el mundo entero había empezado demasiado temprano.

A sus trece años había conseguido perfeccionar una forma de mirarnos que combinaba resignación y cierta compasión por nuestra incapacidad para comprender cosas evidentes.

Elena estaba de pie junto a la encimera preparando una tostada.

—Has llegado a las dos y cuarto —dijo.

No era una pregunta.

—Dos y veinte.

—Mucho mejor. Estaba a punto de preocuparme.

Cogí la taza y bebí por fin. El café se había quedado templado.

—La escena se complicó.

—¿Se complicó o encontraste algo que no querías dejar hasta mañana?

Me senté frente a Claudia.

—Las dos cosas.

Elena puso la tostada delante de mí.

—Come. Tienes esa cara que pones cuando has dormido cuatro horas y quieres convencerte de que han sido seis.

—Cinco.

Claudia levantó los ojos del teléfono.

—Eso explica muchas cosas.

—Gracias por tu preocupación.

—De nada.

Volvió a la pantalla.

Elena se sentó frente a nosotros con su café. Llevaba ya la ropa del trabajo y tenía el pelo recogido de cualquier manera, aunque en ella siempre parecía deliberado.

La miré unos segundos. Después de pasar varias horas dentro de un piso construido para parecer una vida, aquella cocina resultaba casi ofensivamente real.

Una taza de Daniel con una grieta cerca del asa.

Dos dibujos pegados a la nevera. El cargador del móvil de Claudia atravesando media encimera.

Un paquete de cereales abierto de una forma que impedía volver a cerrarlo.

Mi chaqueta sobre una silla pese a que Elena llevaba años diciéndome que las sillas no eran percheros.

Vivir consistía exactamente en aquello. Dejar cosas.

—¿Qué miras? —preguntó Elena.

—Nada.

—Otra vez esa respuesta.

—Estoy desayunando.

—Estás observando una bolsa de cereales desde hace medio minuto.

Claudia volvió a intervenir sin levantar la vista.

—Igual también ha cometido un delito.

Daniel apareció corriendo con una zapatilla en alto.

—¡Estaba debajo del sofá!

—Caso resuelto —dije.

—Lo he resuelto yo.

—Has encontrado la prueba material. Yo dirigía la investigación.

Elena negó con la cabeza.

—Al colegio. Y ponte la otra antes de decidir que tampoco sabes dónde está.

Daniel desapareció de nuevo por el pasillo.

Cogí la tostada.

—¿Qué era lo de anoche? —preguntó Elena.

—Un hombre muerto en su casa.

—Eso ya lo suponía. Me refería a qué tuvo de raro para que llegaras a las dos y veinte.

Mordí la tostada antes de responder.

Elena conocía mis pausas demasiado bien.

—Vivía en un sitio donde no vivía.

Me miró por encima de la taza.

—Muy esclarecedor.

—Estoy trabajando en ello.

Claudia soltó una pequeña risa.

—Esa también la dices cuando mamá te pregunta dónde has puesto algo.

—No utilizo métodos policiales dentro de casa.

Elena señaló hacia el salón.

—Hace cinco minutos estabas reconstruyendo la desaparición de una zapatilla.

—Era una emergencia.

—Claro.

Terminé de masticar.

—El piso está a nombre del muerto. Paga el alquiler, los suministros y tiene ropa allí. Todo parece indicar que vive en ese sitio, salvo el propio sitio.

Elena dejó la taza.

—¿Qué significa eso?

—Que todo parece colocado para demostrar algo. Libros que no se han abierto, una nevera prácticamente recién llenada, ropa apenas usada... Incluso hay una fotografía manipulada para que parezca que estuvo de vacaciones con una mujer que probablemente ni conoce.

Ahora sí conseguí que Claudia apartara el teléfono.

—¿Cómo que manipulada?

—Han cogido una fotografía de internet y han colocado al muerto dentro.

—Eso es bastante raro.

—Gracias, inspectora.

—Yo lo habría visto antes.

—Seguro.

Elena no sonrió.

—¿La preparó él?

—Puede ser. Es una de las cosas que tenemos que averiguar.

—¿Y para qué querría alguien fingir que vive en una casa?

Apoyé el cuchillo sobre el plato.

—Eso mismo quiero saber.

Daniel reapareció con las dos zapatillas y la mochila torcida sobre un hombro.

—¿Han matado a alguien?

Elena me miró.

Yo miré a Daniel.

—Estamos hablando de trabajo.

—Entonces sí.

—Daniel.

—¿Qué?

—Hay cosas que no necesitas escuchar mientras desayunas.

Se quedó quieto un instante y después miró mi plato.

—Tú tampoco estás desayunando mucho.

Elena escondió una sonrisa detrás de la taza.

—Ve a lavarte los dientes.

—Ya me los he lavado.

—Antes de desayunar.

Daniel permaneció en silencio.

—Otra vez —añadió ella.

Cuando salió de la cocina, Claudia deslizó una hoja doblada hacia mí.

—Por cierto.

La reconocí en cuanto vi el logotipo del instituto.

—¿Qué es?

—Lo que tenías que firmar ayer.

Entonces lo recordé.

La autorización para una salida que llevaba dos días encima de la mesa de mi despacho.

—Se me pasó.

—Ya.

No había reproche en el tono. Eso lo empeoraba.

Busqué un bolígrafo.

—Dámela.

—La tenía que entregar hoy.

—Pues la entregas hoy.

—A primera hora.

Miré el reloj. Las siete y treinta y ocho.

—Todavía llegas.

—Si salimos ya.

Firmé donde me señaló.

Claudia dobló la hoja sin comprobar siquiera mi firma.

—Esta tarde es la reunión.

—¿Qué reunión?

Levantó la cabeza muy despacio. No hizo falta que dijera nada.

Elena sí lo hizo.

—La de tutoría.

Me acordé inmediatamente. A las seis.

La había apuntado en el calendario del teléfono, aunque últimamente parecía utilizar el calendario únicamente para enterarme de las cosas que había olvidado.

—Sí, claro. A las seis.

—A las seis —repitió Claudia.

—Voy a ir.

Guardó la autorización en la mochila.

—Vale.

Aquella palabra no significaba que me creyera.

—Claudia.

—¿Qué?

—He dicho que voy.

—Y yo he dicho vale.

—Lo has dicho como si estuviera anunciando que el próximo verano vamos a Marte.

Elena intervino antes de que aquello creciera más de lo necesario.

—Tu padre estará. Y si surge algo que no puede controlar, avisará antes, no veinte minutos después.

Me miró al terminar la frase.

El mensaje no era únicamente para Claudia.

—Estaré —repetí.

Esta vez mi hija me sostuvo la mirada un momento antes de levantarse.

—A las seis.

—A las seis.

Cogió la mochila y salió hacia el pasillo.

Escuchamos a los dos niños discutir sobre quién había dejado una sudadera encima de los zapatos.

Elena recogió mi plato.

—No prometas cosas que dependen de que nadie mate a nadie en Madrid durante las próximas diez horas.

—Es una tutoría, Elena. Puedo organizarme.

—No te he dicho que no puedas.

Dejó el plato en el fregadero.

—Te digo que Claudia ya empieza a saber cuándo prometes algo porque quieres hacerlo y cuándo lo prometes porque te sientes culpable.

No respondí inmediatamente.

Mi móvil vibró sobre la mesa.

Lo miré.

Molina.

La hermana de Cárdenas viene a las diez. Tenemos algunos datos más del piso.

Apagué la pantalla sin contestar.

Elena lo había visto.

—¿Trabajo?

—Molina.

—Ya imaginaba que no era tu amante.

—Es demasiado exigente.

—Y no tiene tu tipo.

Me levanté y llevé la taza al fregadero.

—A las seis estaré aquí.

—No tienes que convencerme a mí.

Cogí el móvil y escribí a Molina.

Voy para allá. A las 17:15 me largo, pase lo que pase.

Tardó menos de un minuto en responder.

¿Te han detenido en casa?

Guardé el teléfono.

En el pasillo, Daniel intentaba ponerse la chaqueta sin quitarse la mochila. Claudia esperaba junto a la puerta con la paciencia agotada.

Me acerqué a ella.

—¿Seis?

—Seis.

—Vale.

Me miró de lado.

—Ahora has sido tú el que ha dicho «vale» de esa manera.

Sonreí.

—Vete al instituto.

Elena abrió la puerta y los dos salieron al rellano. Antes de seguirlos, me detuve un instante y miré hacia dentro.

La chaqueta sobre la silla. Los cereales abiertos. Una zapatilla que Daniel había vuelto a dejar junto al sofá. Dos tazas sin recoger. Nada estaba exactamente donde debía.

Cerré la puerta. Aquella mañana me pareció una buena señal.