El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 2Una vida comprada
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CAPÍTULO 2Una vida comprada

Una vida comprada

Pilar tardó menos de diez segundos en abrir una grieta en mi teoría.

—Aquí tienes a tu hombre que no vivía aquí.

Me tendió una bolsa transparente sin sacarla de la zona que acababa de procesar. Dentro había un recibo de electricidad a nombre de Javier Cárdenas. Cinco meses de antigüedad. La dirección coincidía con la del piso.

Molina me miró con una satisfacción que ni siquiera intentó disimular.

—Ha sido bonito mientras ha durado.

Le quité la bolsa de las manos antes de recordar que no debía hacerlo y Pilar volvió a apartarla.

—Mirar, Rivas. Solo mirar.

—Ya lo sé.

—No parece.

Me incliné para leer mejor. El contrato estaba a nombre de Javier, los recibos también y, según confirmó Molina después de revisar los datos que acababan de enviarle, la línea de internet llevaba activa prácticamente desde el mismo momento en que había alquilado la vivienda.

—Puede que tuviera dos casas —dijo—. No sería el primero. Divorciado, sin hijos, cuarenta y siete años… Igual esta era la que utilizaba entre semana.

—Puede.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de estar esperando que el recibo confiese.

Pilar continuó trabajando.

Habían pasado algo más de cuarenta minutos desde que le dije a Molina que Javier Cárdenas no vivía allí.

Científica había terminado ya con la estantería y buena parte del salón, pero seguía procesando el dormitorio y la cocina.

Hasta entonces habíamos avanzado más deprisa con las preguntas que con las respuestas.

El recibo me molestaba.

No porque demostrara que estaba equivocado, sino porque era exactamente el tipo de cosa que esperaba encontrar en una vivienda real.

Cinco meses.

Javier había pagado electricidad, internet y alquiler.

Había ropa de su talla. Comida. Fotografías. Todo estaba a su nombre.

—Igual sí vivía aquí —dijo Molina.

Me acerqué a la ventana. Desde el cuarto piso se veía una hilera de balcones iguales, coches aparcados en doble fila y la luz blanca de una farmacia abierta en la acera de enfrente.

—Puede ser.

—Has dicho eso cuatro veces esta noche.

—Porque puede ser.

—Me preocupa que empieces a aceptar posibilidades. Te estás ablandando.

Sonó el obturador de la cámara de Pilar varias veces.

—Ya podéis entrar en la cocina —dijo—. Pero si tocáis algo, avisad antes.

Molina extendió una mano hacia mí.

—Después de usted, inspector del mobiliario.

Entramos.

La nevera seguía teniendo el aspecto de un anuncio: pocos productos, separados entre sí, todos visibles. Aquello podía significar que Javier era ordenado o que acababa de hacer la compra. Mi error unas horas antes había sido querer convertir esa impresión en una prueba.

Pilar señaló una bolsa de papel colocada junto al fregadero.

—Estaba en el cubo de reciclaje.

Dentro había publicidad, dos sobres abiertos y varios tickets. Uno pertenecía a un supermercado situado a menos de trescientos metros.

Fecha: dos días antes.

Leí los productos. Seis yogures naturales. Cuatro cervezas. Pechuga de pollo. Leche. Queso en lonchas. Tomates.

Molina abrió la nevera y tardó unos segundos en comprenderlo.

—Vale.

—¿Vale qué?

—Que te odio un poco menos de lo habitual.

Pilar se acercó.

—¿Qué habéis encontrado?

Le enseñé el ticket sin cogerlo.

—Prácticamente todo lo que hay en la nevera fue comprado hace dos días.

—Eso no significa que no viviera aquí.

—No.

Molina me miró.

—Pero te gusta más que el recibo de la luz.

—Bastante más.

Regresamos al salón. El recibo seguía allí.

No lo descarté. Javier podía haber pasado tiempo en aquella vivienda. Podía haber dormido alguna noche, utilizar internet, guardar ropa y recibir correspondencia. Una cosa era demostrar que no había vivido allí y otra muy distinta descubrir para qué lo utilizaba.

Quizá la pregunta estaba mal planteada.

Me detuve frente a las fotografías.

—Pilar, ¿estas ya están?

—Sí. Podéis mirarlas, pero no desmontéis los marcos.

Había tres.

La del paisaje no aportaba demasiado. La segunda mostraba a Javier junto a dos hombres frente al mar. La primera era la que me había llamado la atención antes: una terraza, una mujer rubia sosteniendo una copa y Javier sonriendo junto a ella.

Molina se acercó.

—Exmujer.

—No sabemos eso.

—Me has preguntado antes y te dije que podía serlo.

—También dijiste que podía comprar dieciocho libros para leerlos cuando se jubilara.

—Y sigo defendiendo la teoría.

Levantó el teléfono y fotografió el marco.

—¿Qué haces?

—Algo que tú no sabes hacer porque sigues utilizando el móvil como si fuera un teléfono fijo.

—Tengo cuarenta y uno, no ochenta.

—A veces cuesta distinguirlo.

Recortó parte de la imagen y utilizó una búsqueda visual. Esperamos unos segundos.

La expresión le cambió.

—Sergio.

Me acercó la pantalla.

Aparecía la misma terraza. Las mismas luces al fondo. La misma mesa. La misma mujer rubia con una copa en la mano. Pero el hombre que estaba a su lado no era Javier.

Era un desconocido.

Molina amplió ambas imágenes.

—Han cambiado al tío.

Miré de nuevo la fotografía del marco.

Ahora que sabía qué buscar, resultaba más fácil verlo. La luz en la cara de Javier no coincidía exactamente con la de la mujer. El borde del hombro parecía demasiado limpio.

—Han colocado a Javier encima.

—Un fotomontaje bastante decente.

—¿Para qué?

Molina dejó de mirar el teléfono.

—Eso iba a preguntarte yo.

Pilar se aproximó y comparó las dos imágenes.

—Mandadme el enlace. Que lo revise Informática antes de sacar conclusiones, pero sí, parece manipulado.

Me quedé frente al marco.

Alguien había encontrado una fotografía. La había modificado. La había impreso. Después la había colocado allí.

No era una foto para enseñar a nadie. Estaba dentro de un piso privado. Eso cambiaba las cosas.

—No estaba decorando —dije.

—¿Qué?

—Los libros podían ser decoración. Incluso la ropa. Pero esto no.

Señalé la fotografía.

—Alguien quería construirle recuerdos.

Molina miró el resto del salón.

—O Javier quería construirlos para sí mismo.

Era una posibilidad.

Y no era mala.

—También.

—Cinco.

—¿Qué?

—Cinco veces que dices «puede» o «también». Esta noche estás batiendo un récord.

No respondí.

La puerta se abrió y entró el médico forense. Se había quitado los guantes y llevaba el abrigo sobre un brazo.

—Antes de que os vayáis montando una película: una cosa es lo que parece aquí y otra lo que diga mañana la autopsia.

—Dinos lo que parece aquí —respondí.

Señaló hacia el cadáver.

—Un traumatismo craneoencefálico severo. No puedo identificaros el objeto, pero por la lesión podría ser algo duro, pesado y con una superficie relativamente estrecha. Metal, madera muy compacta… hay muchas posibilidades.

—¿Un solo golpe?

—Uno importante. Si encuentro otro os avisaré. No veo indicios evidentes de una pelea larga y tampoco lesiones defensivas claras, aunque prefiero confirmarlo en la mesa.

Molina apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—¿Podría haberlo sorprendido?

—Podría. También podría haber conocido al agresor y no esperar que lo golpeara. O podría haber discutido con él sin llegar a pelearse. Si queréis que el muerto me lo cuente todo esta noche, tendréis que esperar a que me vuelva bastante mejor médico.

—¿Hora de la muerte?

—La horquilla sigue igual: aproximadamente entre las ocho y media y las once. Mañana intentaré reducirla.

Se despidió de Pilar y salió.

Molina observó la puerta.

—Una maravilla hablar con forenses. Siempre consiguen darte cuatro respuestas y ninguna sirve para detener a nadie.

—Nos acaba de decir algo útil.

—¿Qué?

—Puede que Javier dejara entrar al que lo mató.

—O puede que no.

—Estás aprendiendo.

Me dedicó una mirada poco amistosa.

Pilar nos permitió entrar en el dormitorio después de terminar con el armario. Esta vez no toqué nada.

Había unas veinte camisas. Algunas conservaban una rigidez extraña, como prendas que habían pasado más tiempo colgadas que utilizadas. Los pantalones estaban ordenados por colores y los zapatos parecían demasiado nuevos.

Molina se inclinó hacia uno de ellos.

—Estos sí tienen uso.

Tenía razón.

Las suelas presentaban pequeñas marcas y uno de los bordes estaba desgastado.

Cogí aire.

Otra contradicción.

—Puede que trajera cosas de otra casa —dije.

—O puede que viviera aquí algunos días.

—También.

Molina sonrió.

—Seis.

No me interesaba ganar aquella discusión. Me interesaba entender qué clase de lugar era aquel.

Salimos del dormitorio.

En el salón, uno de los técnicos había colocado sobre una mesa varias bolsas con objetos recogidos junto al cadáver.

Cartera. Llaves. Monedas. Un bolígrafo. Nada de teléfono.

Molina fue el primero en darse cuenta esta vez.

—Falta el móvil.

Miré las bolsas.

—Y no hemos visto ordenador.

—Si fue un robo, tiene sentido.

—Sí.

—No lo digas así.

—¿Así cómo?

—Como si acabaras de encontrar precisamente el problema.

Me acerqué al lugar donde había estado el televisor.

Los cables colgaban de la pared. En el suelo quedaban pequeños restos de polvo alrededor del soporte.

—Si alguien entra a robar un televisor, un ordenador y un teléfono, ¿qué se lleva primero?

—Lo que pueda vender.

—O lo que contenga información.

Molina tardó un momento.

—Todavía no sabemos si tenía ordenador.

—No.

—Ni si el móvil estaba aquí cuando murió.

—Tampoco.

—Entonces tenemos una casa que quizá no era una casa, una foto falsa que quizá hizo el propio muerto, ropa que puede ser nueva o puede no serlo y un robo que puede ser un robo.

—Exactamente.

—Estamos avanzando de maravilla.

Sonreí.

Volví a mirar el recibo de electricidad, después la fotografía trucada y finalmente la estantería.

Hasta ese momento había intentado demostrar que Javier Cárdenas no vivía allí. Quizá esa era la pregunta equivocada.

Podía utilizar el piso. Podía dormir en él alguna noche. Podía pagar sus facturas y guardar zapatos usados en el armario.

Nada de eso explicaba por qué alguien necesitaba dieciocho libros sin leer, una fotografía de unas vacaciones que nunca habían ocurrido y una nevera prácticamente estrenada dos días antes de morir.

—Molina.

—¿Qué?

—Mañana quiero saber dónde compró los muebles, los libros y la ropa. También quiero hablar con el propietario y con quien le alquiló esto.

—¿Seguimos investigando el sofá?

—Ahora más que nunca.

Molina miró alrededor.

—¿Qué estás buscando exactamente?

Esta vez sí lo sabía.

—Cuánto cuesta fabricar una vida.

Porque aquel piso ya no me parecía vacío.

Me parecía construido.