El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 1El piso perfecto
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El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1)

El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1)

Por Aitor Belmonte

© inepub.com

CAPÍTULO 1El piso perfecto

El piso perfecto

Lo primero que pensé al entrar en el piso fue que aquel hombre no vivía allí.

—La patrulla llegó a las veintiuna cuarenta y siete —dijo el agente—. No hemos tocado nada salvo comprobar que estaba muerto.

—¿Identificación?

—Cartera en el bolsillo. Javier Cárdenas Ortega, cuarenta y siete años. El contrato del alquiler también está a su nombre.

Molina consiguió por fin ajustar el segundo guante.

—¿Algún vecino ha visto salir a alguien?

—Estamos preguntando.

Me aparté para dejar pasar a una mujer de Científica que llevaba una cámara colgada al cuello.

—Cuidado junto a la mesa —me advirtió—. Tenemos una huella parcial.

El salón tenía aproximadamente veinte metros cuadrados y alguien había hecho un esfuerzo razonable por destrozarlo.

Dos cajones del mueble del televisor estaban abiertos.

Una lámpara permanecía en el suelo, aunque la pantalla no se había roto.

Sobre la alfombra había papeles, revistas y el contenido de una pequeña caja de madera.

Del soporte de la pared colgaban dos cables negros donde hasta hacía poco debía de haber estado el televisor.

En medio de aquel desorden, Javier Cárdenas permanecía tumbado de costado.

Llevaba pantalones oscuros, camisa blanca y calcetines. Uno de los zapatos estaba junto al sofá y el otro, a casi dos metros del cuerpo. Tenía sangre seca en el cabello y una mancha oscura había penetrado en la alfombra.

Me agaché sin acercarme más de lo necesario.

—Un golpe —dijo Molina.

—Al menos uno.

—Y se llevaron el televisor.

—Eso parece.

Molina me miró.

—¿Ya estamos con eso?

—¿Con qué?

—Con tu forma de decir «eso parece» cuando en realidad quieres decir «no me creo una mierda».

Sonreí sin contestarle y volví a mirar alrededor.

Había aprendido hacía años que el desorden llama la atención con demasiada facilidad. Un cajón abierto te obliga a mirar dentro. Una silla volcada consigue que te preguntes quién la tiró. Un cristal roto convierte una ventana en protagonista de una habitación.

A mí me interesaba más lo que nadie había alterado. La estantería ocupaba casi toda una pared. Tres baldas llenas de libros, ordenados aproximadamente por altura. No por autores, ni por editoriales, ni por temas. Altura.

Me acerqué.

—¿Qué buscas? —preguntó Molina.

—Nada todavía.

Saqué un volumen grueso de la segunda balda.

La montaña mágica .

Abrí por la mitad. El lomo crujió y varias páginas parecieron resistirse. Pasé el pulgar por el canto y lo devolví a su sitio.

Cogí otro.

Lo mismo.

Un tercero.

Igual.

—Tiene delito —dijo Molina—. Lo han matado y lo primero que haces es comprobar si leía.

—No leía estos.

—A lo mejor era de los que compran libros y esperan a jubilarse.

—Dieciocho.

—¿Los has contado?

—Ahora sí.

Molina se acercó a la estantería.

—¿Y?

—Los dieciocho parecen nuevos.

—Quizá le gustaba decorar.

—Quizá.

Seguí hasta el pasillo.

A la izquierda había un dormitorio. A la derecha, un baño pequeño. Más al fondo, la cocina. Todo el piso olía ligeramente a un ambientador de vainilla demasiado dulce, mezclado con ese aroma metálico que termina extendiéndose desde una habitación donde hay sangre.

Entré primero en el dormitorio.

La cama estaba hecha. No bien hecha. Perfectamente hecha.

La colcha gris caía casi a la misma altura en ambos lados. Dos almohadas descansaban contra el cabecero y, encima de ellas, habían colocado dos cojines cuadrados que probablemente no habían servido nunca para nada.

Abrí el armario.

—Rivas —dijo Molina desde el pasillo—. Científica todavía no ha terminado.

—No estoy tocando nada sin guantes.

—No me preocupa que dejes tus huellas. Me preocupa que Pilar te arranque los dedos.

La mujer de la cámara apareció detrás de él.

—Como abras un cajón que no hayamos fotografiado, lo hago.

—Solo estoy mirando.

—Eso decís todos.

Dentro del armario había una hilera de camisas ordenadas por colores. Blancas, azules, una gris, otra negra. Pantalones. Dos chaquetas. Tres pares de zapatos.

No era poca ropa, aunque tampoco demasiada.

Me incliné ligeramente.

—¿Qué?

Molina estaba otra vez junto a mí.

—Las camisas.

—Son camisas, Sergio. Incluso yo había llegado a esa conclusión.

—Mira los cuellos.

Lo hizo sin acercarse.

—¿Qué les pasa?

—Nada.

—Magnífico.

—Exactamente.

Me incorporé.

Las prendas no tenían el desgaste habitual. Ninguna arruga antigua en los puños, ninguna decoloración, ninguna camisa deformada por una lavadora. No era imposible. Había personas obsesionadas con cuidar la ropa.

Lo raro era que cada cosa que encontraba admitía una explicación. Y empezaban a ser demasiadas explicaciones.

Salí del dormitorio y entré en la cocina.

La encimera estaba limpia. Había una cafetera de cápsulas, un tostador y un frutero con tres manzanas. Abrí la nevera después de recibir una mirada de resignación de Pilar.

Seis yogures.

Cuatro cervezas.

Una bandeja de pechugas de pollo.

Dos tomates.

Una botella de leche.

Queso en lonchas.

Todo colocado con suficiente separación como para que pudiera verse perfectamente qué había.

—Come sano —comentó Molina.

Cogí uno de los yogures sin moverlo del estante. El envase estaba intacto y la nevera parecía recién abastecida.

—La compra parece reciente.

Revisé la bandeja de pollo. Lo mismo. Los tomates todavía llevaban la etiqueta del supermercado.

—También.

—¿Qué esperabas encontrar? ¿Una fabada del 98?

Cerré la nevera.

—Que llevara seis meses viviendo aquí.

Molina dejó de bromear.

Volvimos al salón.

Pilar fotografiaba el mueble bajo mientras otro técnico introducía pequeñas evidencias en bolsas transparentes. El médico forense estaba junto al cadáver y levantó la vista al vernos.

—Traumatismo craneal importante —dijo—. Hasta que no lo abra no me pidáis milagros, pero a primera vista parece un solo impacto. Puede que haya más lesiones menores.

—¿Hora?

—Dame una horquilla amplia. Entre las ocho y media y las once. Luego intentaré afinar.

—¿Se defendió?

—No veo lesiones claras en las manos, pero quiero examinarlo bien. Tampoco parece que haya habido una pelea de película.

Molina señaló el salón.

—Pues la casa no opina lo mismo.

El forense miró los cajones abiertos y la lámpara en el suelo.

—La casa no hace autopsias.

Se marchó hacia el pasillo.

Me acerqué al mueble del televisor.

Un cajón contenía cables, pilas, un mando a distancia y varios folletos. El otro estaba casi vacío. En el suelo habían quedado un sobre bancario, dos recibos y un pequeño manual de instrucciones.

Cogí visualmente la escena antes de acercarme.

—¿Han encontrado dinero?

Pilar contestó sin dejar de trabajar.

—Una cartera en el pantalón. Cuarenta y cinco euros. No hemos terminado con el dormitorio.

—¿Móvil?

—Nada.

—¿Ordenador?

—Tampoco.

Molina cruzó los brazos.

—Entonces sí parece un robo.

—He dicho que no parece.

—No. Has dicho «eso parece», que en tu idioma significa exactamente lo contrario.

Pilar soltó una risa breve.

—¿Lleváis mucho tiempo casados?

—Demasiado —dijimos los dos.

Me alejé hacia una pared donde había tres fotografías enmarcadas.

En una, Javier aparecía en una terraza junto a una mujer rubia. En otra estaba frente al mar con dos hombres. La tercera mostraba un paisaje de montaña.

Me quedé observando la primera.

—¿Ya tenemos familia? —pregunté.

Molina consultó la información que acababan de enviarle al teléfono.

—Divorciado. Sin hijos. Estamos intentando localizar a una hermana. Raquel Cárdenas.

Se acercó a mi lado.

—Puede ser la exmujer.

—Puede.

La fotografía era correcta. Demasiado correcta.

Javier sonreía mirando a cámara. La mujer tenía una copa en la mano. Al fondo había plantas, una mesa de madera y unas luces desenfocadas. Una de esas fotografías que cualquiera podría poner en un marco para demostrar que había tenido una buena noche.

—¿Qué te molesta? —preguntó Molina.

—Todavía no lo sé.

—Pues cuando lo sepas me avisas y así empezamos a investigar los demás.

Me aparté.

Volví a recorrer el salón sin buscar nada concreto. La mesa tenía cuatro posavasos, todos perfectamente apilados. Había una manta doblada en un brazo del sofá. Un cenicero limpio pese a que Javier no llevaba tabaco encima. Dos revistas del mes en curso. Ninguna antigua.

Me detuve.

—¿Cuándo alquiló el piso?

Molina volvió al teléfono.

—Un segundo.

Esperé mientras buscaba entre los datos que nos habían enviado.

—Hace seis meses. Contrato de un año. Está a su nombre y los pagos están al día.

—¿Seis meses?

—Sí.

Miré otra vez las estanterías, la manta, las revistas, la cocina. Seis meses dejan marcas.

Una esquina golpeada con una aspiradora. Una carta olvidada. Medicamentos. Un cable que nadie sabe de qué aparato es. Un recibo antiguo. Una taza favorita. Una botella a medias que lleva demasiado tiempo abierta. Una camiseta que debería haberse tirado hace tres años y sigue ocupando un cajón.

Vivir consiste, en buena medida, en ir dejando cosas donde no deberían estar. Allí todo estaba donde alguien había decidido que debía estar.

—Necesito saber cuándo compró los muebles —dije.

Molina levantó una ceja.

—Tenemos un muerto en el suelo.

—Lo he visto.

—Un posible robo.

—También.

—Y quieres investigar el sofá.

—Y los libros. La ropa. Las fotografías. Todo.

Pilar dejó de fotografiar durante un segundo.

—¿Por qué?

Miré el salón. Por fin tenía una respuesta que no sonaba únicamente a intuición.

—Porque este piso intenta convencerme de algo.

Molina esperó.

—¿De qué?

—De que Javier Cárdenas vivía aquí.

—El contrato dice que vivía aquí.

—No. El contrato dice que alquilaba este piso.

—Tiene ropa en el armario.

—Nueva.

—Comida.

—Comprada esta semana.

—Fotografías.

—Tres.

—Libros.

—Que no ha abierto.

Molina miró alrededor con más atención. Ya no parecía divertido.

Se acercó a la estantería, sacó uno de los libros y abrió varias páginas.

—Puede ser un maniático.

—Puede.

—Puede haber comprado ropa hace poco.

—También.

—Puede comer fuera casi todos los días.

—Claro.

Dejó el libro exactamente donde estaba.

—Pero no te lo crees.

Negué con la cabeza.

En el descansillo se oyó una conversación entre dos policías y después el golpe suave de la puerta del ascensor.

Observé una vez más aquel salón.

El cadáver era real. La sangre era real. El golpe en la cabeza también. El resto no estaba tan claro.

—No —dije—. No me lo creo.

Molina metió las manos en los bolsillos.

—Entonces explícame qué estás viendo.

Señalé alrededor.

—Una casa que sabe demasiado bien cómo tiene que parecer una casa.

Guardó silencio.

—¿Y eso qué significa?

Miré a Javier Cárdenas tendido junto al sofá y después la estantería llena de libros intactos.

—Que alguien quería que pensáramos que vivía aquí.

—El contrato está a su nombre.

—No he dicho que no alquilara el piso.

Molina tardó un instante en responder.

—Entonces ¿qué estás diciendo?

Volví a mirar el salón.

—Que Javier Cárdenas no vivía aquí.