El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 30La llaveLA HISTORIA CONTINÚALOS CASOS DE RIVAS — LIBRO 2
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CAPÍTULO 30La llaveLA HISTORIA CONTINÚALOS CASOS DE RIVAS — LIBRO 2

La llave

Cuando llegué a casa, Daniel dormía en el sofá con una manta hasta la cintura y un pie fuera.

La televisión estaba encendida sin sonido. En la mesa del salón había un vaso de leche a medio terminar, dos lápices y una hoja donde alguien había dibujado un planeta con unos anillos demasiado grandes. Esta vez Saturno se parecía bastante a Saturno.

Claudia ocupaba el extremo de la mesa con el portátil abierto y varios folios alrededor. Levantó la vista cuando dejé las llaves en el recibidor.

—Has llegado antes de que me acueste. Esto empieza a ser preocupante.

—Estoy intentando introducir hábitos nuevos.

—No fuerces demasiado.

Elena estaba sentada en el sofá con un libro abierto sobre las piernas. Había dejado una mano encima de la manta de Daniel para evitar que terminara en el suelo, aunque por la posición del niño parecía una batalla perdida.

Me quité el abrigo.

—¿Cuánto lleva así?

—Veinte minutos. Ha asegurado que no tenía sueño justo antes de quedarse dormido mientras explicaba por qué mañana necesita llevar un coche al colegio.

Miré el dibujo de Saturno.

—¿Tiene relación con el sistema solar?

—Ninguna que haya conseguido descubrir.

Claudia cerró una pestaña del ordenador.

—Es para una carrera en Educación Física. Mañana te pedirá que le ayudes a elegir el coche más rápido y después ignorará todo lo que le digas.

—Eso también empieza a parecer una tradición familiar.

Elena levantó los ojos del libro.

—Come algo. Hay tortilla en la cocina.

No tenía demasiada hambre, aunque fui hasta allí y corté un trozo.

La casa olía ligeramente a cebolla y a detergente de lavavajillas.

Durante unos minutos me quedé apoyado contra la encimera mientras comía, escuchando a Claudia quejarse desde el salón de un trabajo que tenía que entregar al día siguiente.

No había nada importante en aquella escena. Precisamente por eso me quedé un poco más.

Durante las últimas semanas había vuelto demasiadas veces a casa llevando conmigo alguna pieza del caso de Javier. Un nombre, una fotografía, una contradicción que continuaba dando vueltas incluso después de cerrar la puerta.

Aquella noche Javier Cárdenas ya tenía una respuesta.

Víctor Gálvez también.

Lo que siguiera a partir de entonces pertenecería a abogados, informes, declaraciones y a personas que tendrían que decidir cómo llamar jurídicamente a todo lo que nosotros habíamos reconstruido.

Yo ya sabía cómo había muerto Javier. Sabía por qué. Y sabía quién había intentado convertir aquel piso falso en una mentira distinta.

Terminé la tortilla y dejé el plato en el fregadero.

—¿Está cerrado? —preguntó Elena desde el salón.

No necesitaba preguntarle a qué se refería.

—El homicidio, sí.

Cerró el libro sobre un dedo para no perder la página.

—¿Y Víctor?

—Ha reconocido suficiente. Queda trabajo, pero ya no estamos intentando averiguar qué ocurrió.

Elena me observó un momento antes de volver al libro.

—Entonces eso debería ser bueno.

—Lo es.

Claudia levantó la cabeza.

—¿Podéis tener conversaciones misteriosas un poco más bajo? Algunos intentamos aprobar.

—Tu madre acaba de preguntar por mi trabajo.

—Exactamente. Misterioso y aburrido a la vez.

Recogió sus folios y se levantó.

—Me voy a mi habitación. Si mañana Daniel pregunta, su coche azul corre más que el rojo.

—¿En qué te basas?

—En que quiero que deje de preguntarme.

Desapareció por el pasillo.

Elena esperó hasta que se cerró la puerta.

—¿Y lo otro?

Me quedé de pie.

Habían bastado dos palabras.

—No está relacionado con Javier.

—Eso ya lo sabías.

—Ahora lo sé.

Apartó el marcador del libro y lo dejó en la mesa.

—Entonces ¿qué habéis encontrado?

Me senté en el sillón de enfrente.

—Javier estaba investigando a Irene.

Elena no cambió de postura, aunque dejó de mirar hacia Daniel.

—¿Por qué?

—Alguien lo contrató hace tres meses para encontrarla.

Frunció ligeramente la frente.

—Pero Irene está muerta.

—Sí.

—¿Javier lo sabía?

—Desde el principio. Se lo dijo al cliente. El cliente insistió.

Elena tardó un poco más en responder.

—¿Insistió en qué?

—En que buscara después de 2014.

Ahora sí cerró el libro completamente.

Le expliqué lo imprescindible. El número prepago. El efectivo. La fotografía. La negativa del cliente a identificarse.

Y aquellas cuatro palabras.

Irene Valdés sigue viva.

Elena escuchó sin interrumpirme hasta que terminé.

—Pero tú no crees eso.

—No.

—¿Estás seguro?

—Estuve allí.

No añadí nada más. Tampoco hacía falta.

Elena conocía esa respuesta desde hacía años, aunque pocas veces hubiéramos hablado del contenido exacto de aquella caja que yo conservaba y casi nunca abría.

Daniel se movió en el sofá y la manta cayó un poco más. Elena volvió a colocársela.

—Entonces alguien quería que Javier investigara algo relacionado con Irene sin decirle qué estaba buscando realmente.

—Eso parece.

—¿Sabéis quién?

—Todavía no.

Elena apoyó la espalda.

—Y ahora sí estás pensando en Alicante.

La diferencia con nuestra conversación de unos días antes estaba en que esta vez no intenté negarlo.

—Sí.

Ella mantuvo la mirada sobre mí.

—Sergio, hace una semana te dije que no convirtieras todo lo que encontrabas en Alicante.

—Tenías razón.

—Esa respuesta me preocupa bastante más que si hubieras discutido conmigo.

Sonreí apenas.

—El homicidio de Javier no tenía relación con Irene. Víctor no tiene relación con Alicante y Javier no murió por investigar aquello. Todo eso sigue siendo cierto.

—Pero.

—Pero alguien buscó deliberadamente a un detective, pagó sin identificarse y le pidió que encontrara a una mujer que llevaba doce años muerta.

Elena miró hacia el pasillo.

—¿Y tú qué quieres hacer?

La pregunta era más difícil que cualquiera de las que Molina me había hecho aquella mañana.

No porque no conociera la respuesta. Porque la conocía.

Me levanté.

—Hay una cosa que quiero mirar.

Elena no preguntó cuál.

Fui al dormitorio y abrí la parte superior del armario.

La caja estaba detrás de dos mantas y una bolsa con ropa que ninguno de los dos utilizaba desde hacía años. Tuve que retirar ambas cosas antes de poder cogerla.

Era de cartón grueso, gris, con una etiqueta escrita a mano.

ALICANTE. 2014.

No la había abierto en mucho tiempo. Eso no significaba que hubiera olvidado lo que contenía.

La bajé y la llevé hasta la cama.

Elena apareció en la puerta cuando levanté la tapa.

Dentro había copias de documentos que había conservado legalmente de aquella etapa, recortes de prensa, notas personales y varias fotografías que había ido separando durante los meses posteriores al juicio. Nada secreto. Nada que demostrara que la investigación oficial hubiera sido falsa.

Solo las cosas que yo no había conseguido tirar.

Pasé varios papeles sin detenerme. El nombre del condenado. Fechas. Una copia de una declaración. Mis propias notas, escritas con una letra algo más pequeña que la que utilizaba ahora.

Encontré la fotografía de la habitación.

Irene estaba junto a la pared desconchada. La imagen llevaba doce años en aquella caja y no contenía nada que no hubiera visto ya demasiadas veces.

No acerqué la fotografía buscando la llave. La llave no necesitaba aparecer allí. Yo la había visto. Eso era precisamente lo que llevaba doce años sin cambiar.

Dejé la fotografía sobre la cama y busqué entre mis notas hasta encontrar una hoja doblada por la mitad.

La abrí.

Había escrito varias líneas aquella misma noche de 2014, antes de que alguien pudiera explicarme qué debía considerar importante.

Objeto metálico pequeño. Llave. Interior del forro de la chaqueta.

Debajo había dibujado una forma sencilla.

Una cabeza rectangular. Un vástago corto. Dos dientes.

Pasé el dedo por la tinta.

Horas después, la llave ya no figuraba en el inventario.

Pregunté por ella. Nadie supo decirme dónde estaba.

Durante semanas intenté convertir aquello en algo demostrable y solo conseguí la misma respuesta expresada de formas distintas: un error de anotación, una confusión en la escena, algo que quizá nunca se había recogido formalmente.

Después llegó la confesión.

La condena. Los años. Y la caja terminó arriba de un armario.

Elena se apoyó en el marco de la puerta.

—La llave.

—Sí.

No me preguntó qué era.

Eso ya lo sabía.

—¿Sigues sin saber qué abría?

—Sigo sin saberlo.

—¿Y crees que lo que encontró Javier tiene que ver con ella?

Miré la nota.

—No tengo ningún motivo para afirmar eso.

Elena hizo un gesto pequeño con la boca, casi una sonrisa.

—Al menos todavía eres tú.

Dejé la hoja junto a la fotografía.

—Lo que sí sé es que alguien, doce años después, decidió que Irene volviera a existir para un detective que nunca había oído hablar de ella.

—No volvió a existir.

—Exactamente.

Elena entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama.

Durante unos segundos ninguno habló.

Desde el salón llegó el sonido de Daniel moviéndose otra vez y después el ruido bajo del televisor cuando alguna imagen cambió de golpe.

La casa seguía allí.

Claudia haciendo deberes detrás de una puerta.

Daniel dormido en un sofá.

Elena sentada junto a mí.

Doce años antes yo había guardado aquellos papeles porque no sabía qué hacer con ellos.

Ahora la diferencia era pequeña y suficiente. Sabía qué quería hacer.

Elena miró la caja abierta.

—¿Vas a volver a empezar?

La pregunta no llevaba reproche. Tampoco miedo. Había demasiados años dentro de ella para que pudiera ser solo una pregunta sobre trabajo.

Cogí la hoja donde había dibujado la llave.

—No.

Elena esperó.

Cerré la caja, pero dejé fuera la fotografía y aquella nota.

—Voy a terminarlo.