Capítulo 10 — El precio del apellido #2
Silencio.
Daniel sintió que Mia contenía una sonrisa a su lado.
Samuel intentó recuperar la suavidad.
—No queremos que esto parezca una confrontación.
—Entonces no traigan una confrontación a mi lugar de trabajo y la llamen prudencia.
La frase quedó limpia sobre la mesa.
Nina lo miró con algo que, por primera vez, no era solo cálculo. Quizá respeto. Quizá incomodidad.
—Recibirá la comunicación formal esta tarde —dijo.
Daniel se levantó.
—Perfecto.
Samuel también se puso en pie.
—Señor Reyes, le recomendamos actuar con cautela.
Daniel recogió su carpeta.
—Todo el mundo recomienda cautela cuando quiere que otro se quede quieto.
Mia se levantó a su lado.
—Gracias por venir sin cita previa a intentar asustarnos. Ha sido muy corporativo.
Daniel le lanzó una mirada.
—Mia.
—Ya me callo.
Salieron de la sala sin mirar atrás.
En el vestíbulo, Daniel caminó hasta una columna y se detuvo. Necesitó un segundo para respirar. No porque se hubiera derrumbado. No iba a hacerlo. Pero la adrenalina tenía un precio, y las manos empezaban a pedirle permiso para temblar.
Mia se colocó frente a él.
—Dani.
Él cerró los ojos.
—Estoy bien.
—No he preguntado eso.
—No me llames Dani en el trabajo.
—Hoy sí.
Daniel abrió los ojos.
Mia bajó la voz.
—¿Quién coño está intentando jodernos?
Daniel miró hacia los ascensores privados.
—Charles Whitmore.
Mia no pareció sorprendida. Solo furiosa.
—Entonces no es solo un cliente complicado.
—No.
—¿Y Alexander?
Daniel no respondió enseguida.
Mia lo estudió como si acabara de encontrar la pieza que faltaba.
—Ah.
—No.
—Ese “no” ha llegado tarde.
—Mia.
—No voy a meterme en tu vida privada.
—Gracias.
—Pero si un heredero guapo con traumas familiares está relacionado con que un villano de traje intente hundir nuestra línea de crédito, quizá debería tener una mínima información para no diseñar molduras mientras arde el edificio.
Daniel suspiró.
—Alexander no es el problema.
—Eso dicen todos antes de descubrir que también lo es un poco.
Daniel la miró.
—Has estado hablando con Mateo.
—Mateo me escribió a las ocho para decirme que si veía a un rico triste cerca de ti, le lanzara café hirviendo.
—Por supuesto.
Mia se suavizó.
—¿Qué hacemos?
Daniel miró el vestíbulo. Las lámparas. El mármol. La gente entrando por puertas que no sabía cuánto costaba a otros mantenerse en pie dentro de esos lugares.
Luego respiró hondo.
—Trabajar.
—¿Ese es el plan?
—No. Esa es la respuesta que esperan que no podamos dar.
Subieron de nuevo al comedor.
Alexander estaba donde lo habían dejado, junto a la mesa principal. Pero no fingía leer. No fingía trabajar. Los esperaba con una tensión visible en los hombros.
Cuando Daniel entró, Alexander dio un paso hacia él.
—¿Qué ha pasado?
Mia se adelantó antes de que Daniel pudiera responder.
—El banco ha venido a insinuar que somos un riesgo reputacional y que quizá nos congelen parte de la línea si no ponemos garantías personales. Probablemente porque alguien con apellido de hotel caro les ha llenado la cabeza de basura envuelta en papel financiero.
Daniel cerró los ojos.
—Mia.
—¿He resumido mal?
Alexander palideció.
No por sorpresa.
Por confirmación.
—Mi padre —dijo.
—Su padre —respondió Mia—. Qué hombre tan encantador. Me recuerda a una infección, pero con mejor sastre.
Daniel casi la mandó fuera.
No lo hizo porque, sinceramente, tenía razón.
Alexander miró a Daniel.
—Voy a solucionarlo.
Daniel sintió que algo en él se tensaba otra vez.
—No.
—Daniel, esto es por mi culpa.
—No. Esto es culpa de su padre.
—Y de mi mundo.
—Sí. Pero el banco no puede recibir una llamada del heredero Whitmore intentando rescatar al pobre estudio Reyes. Eso nos hundiría de otra forma.
Alexander se pasó una mano por el pelo.
Fue un gesto mínimo.
Desordenado.
Humano.
—Entonces dime cómo ayudo sin empeorarlo.
Daniel lo miró en silencio.
Aquella pregunta era distinta.
No decía dime qué hago para ser bueno.
Decía dime qué necesitas desde tu lugar, no desde el mío.
Mia miró a Daniel con una expresión que decía: bueno, al menos el rico triste aprende.
Daniel respiró.
—Formaliza el contrato hoy. Anticipo inicial, calendario de pagos, alcance del proyecto, autoría del estudio. Todo cerrado. Nada de favores, nada de rescates. Trabajo. Contrato. Dinero ganado.
Alexander asintió de inmediato.
—Hecho.
—No tan rápido. Legal puede retrasarlo.
—Legal trabaja para el grupo.
—Y su padre preside el grupo.
Alexander lo miró.
—El comité aprobó la propuesta. Tengo autoridad operativa para ejecutar la primera fase.
Mia levantó un dedo.
—¿Eso significa que puede firmar antes de que su padre organice otro numerito satánico?
—Sí.
—Pues me cae un cinco por ciento menos mal.
Daniel la miró.
—Mia.
—Solo digo que mejora.
Alexander no sonrió. Estaba demasiado concentrado.
—Claire puede preparar la documentación. Margaret validará presupuesto. Necesito dos horas.
Daniel lo estudió.
—No firme para protegerme.
—Firmaré porque tu estudio ganó el contrato.
—Alexander.
Él sostuvo su mirada.
—Y porque mi padre intenta interferir con una decisión aprobada. Ambas cosas son verdad. La segunda no invalida la primera.
Daniel sintió una punzada peligrosa en el pecho.
Respeto.
Otra vez.
Mia se aclaró la garganta.
—Voy a revisar las muestras de madera fingiendo que no hay tensión romántica aquí, pero aviso de que se me da fatal fingir.
—Mia —dijo Daniel, ya sin fuerza.
Ella se alejó hacia la tarima con la carpeta.
Alexander y Daniel quedaron solos en mitad del comedor.
No completamente solos.
Nunca estaban completamente solos en aquel hotel.
Pero lo bastante.
—¿Estás bien? —preguntó Alexander.
Daniel soltó una risa breve.
—No.
Alexander no pareció saber si acercarse.
No lo hizo.
Bien.
—¿Qué necesitas? —preguntó.
Daniel lo miró.
La respuesta fácil era: el contrato, el anticipo, que su padre me deje en paz, que el periódico se canse, que todo vuelva a ser profesional.
La respuesta verdadera era más incómoda.
—Que no me mires como si estuviera rompiéndome.
Alexander bajó la vista.
—Perdón.
—No me estoy rompiendo. Estoy enfadado.
—Tienes derecho.
—Lo sé. No necesito permiso.
Alexander asintió.
—No pretendía darlo.
Daniel respiró hondo.
—Bien.
Durante un instante, hubo una pausa extraña.
No dulce.
No romántica.
Real.
Daniel comprendió que quizá eso era lo que empezaba a cambiar: Alexander ya no intentaba convertir cada golpe en una escena de salvación. Estaba aprendiendo a quedarse sin ocupar todo el espacio.
—Voy a cerrar ese contrato —dijo Alexander.
—Yo voy a trabajar.
—A las tres estará firmado.
—A las tres.
Alexander se marchó.
Daniel lo vio salir y sintió, con una mezcla de miedo y admiración, que por primera vez Alexander no caminaba como si obedeciera al hotel.
Caminaba como si el hotel pudiera obedecerlo a él.
A las dos y cincuenta y seis, Claire entró en el comedor con tres carpetas.
Alexander iba detrás.
Margaret también.
Mia levantó la vista desde la tarima.
Daniel dejó el lápiz.
Claire colocó los documentos sobre la mesa principal.
—Contrato de primera fase —dijo—. Dirección creativa del estudio Reyes. Anticipo del treinta por ciento transferible tras firma. Calendario de pagos cerrado. Reconocimiento de autoría conceptual. Cláusula de no interferencia reputacional entre cliente y proveedor.
Daniel miró a Alexander.
—¿Cláusula de qué?
Margaret habló:
—Si el grupo Whitmore o cualquiera de sus representantes filtra información falsa o perjudicial sobre el estudio, el contrato prevé compensación, revisión de daños y derecho de rescisión favorable al estudio.