Capítulo 10 — El precio del apellido #3
Mia dejó escapar un silbido bajo.
—Vale. Eso sí me gusta.
Daniel seguía mirando a Alexander.
—¿Su padre ha aceptado esto?
Alexander sostuvo su mirada.
—Mi padre todavía no lo sabe.
Margaret cerró su carpeta.
—Y cuando lo sepa, será demasiado tarde para bloquear la firma sin enfrentarse al comité y al consejo.
Daniel miró a Margaret.
Ella le devolvió una mirada seca, casi profesionalmente amable.
—No me gusta el caos —dijo—. Charles se está volviendo caótico.
Daniel entendió entonces que Charles no solo estaba perdiendo a su hijo.
Estaba perdiendo eficacia.
Y en un mundo como aquel, eso era casi más grave.
Firmaron.
Daniel lo hizo con la mano firme.
Mia firmó como testigo por parte del estudio. Alexander firmó por el grupo. Margaret validó el documento. Claire escaneó las copias y envió la orden de anticipo.
Cuando todo terminó, nadie aplaudió.
No hacía falta.
El estudio Reyes tenía contrato blindado.
Charles había perdido ese movimiento.
Alexander cerró su pluma y miró a Daniel.
—Ganaste el proyecto —dijo.
Daniel sintió que la frase le importaba más de lo que quería admitir.
—Lo sé.
—Quería decirlo igualmente.
Mia carraspeó.
—Voy a llamar a la oficina para decirles que no morimos hoy.
Claire sonrió.
Margaret recogió sus documentos.
—Disfruten de la sensación. Probablemente durará poco.
Y se marchó.
Mia salió detrás, hablando ya por teléfono. Claire se quedó un segundo, miró a Alexander y luego a Daniel, y decidió con inteligencia desaparecer también.
Por primera vez en todo el día, quedaron solos.
El comedor antiguo parecía distinto.
No restaurado todavía.
Pero menos indefenso.
Daniel apoyó una mano sobre el contrato.
—Gracias por hacerlo bien.
Alexander lo miró.
—Gracias por decirme cómo no hacerlo mal.
—No se acostumbre.
—Intentaré aprender solo alguna vez.
Daniel sonrió apenas.
La sonrisa duró poco.
—Charles va a contraatacar.
—Sí.
—¿Sabe cómo?
Alexander miró hacia la puerta.
—No.
En ese momento, el móvil de Daniel vibró.
Pensó que sería Mateo.
No lo era.
Era su madre.
Daniel contestó con una pequeña sonrisa automática.
—Mamá, ahora no puedo hablar mucho. Estoy en el hotel.
La voz de su madre llegó alterada.
—Daniel, acaba de llamar un hombre.
La sonrisa desapareció.
Alexander lo vio.
—¿Qué hombre?
—No ha dicho bien el nombre. Hablaba muy educado. Demasiado. Me ha preguntado si yo era la madre de Daniel Reyes, el diseñador. Y luego ha dicho que quizá debería saber en qué clase de problemas te estás metiendo.
Daniel sintió que el mundo se volvía estrecho.
La voz de su madre tembló.
—Dani, ¿qué está pasando? ¿Estás bien?
Alexander se quedó inmóvil.
Daniel cerró los ojos.
Charles había perdido el banco.
Así que había ido a por su madre.
Cuando Daniel volvió a abrir los ojos, miró a Alexander.
Ya no había deseo en la habitación.
Ni tensión.
Ni ternura.
Solo una línea roja cruzada de forma irreversible.
—Mamá —dijo Daniel, con la voz sorprendentemente tranquila—. Estoy bien. No hables con nadie más que pregunte por mí. Voy para allá.
Colgó.
Alexander dio un paso hacia él.
—Daniel…
Daniel levantó la mano.
No como antes.
No para poner distancia emocional.
Para detener una explosión.
—No.
Alexander se quedó quieto.
Daniel guardó el móvil en el bolsillo.
—Ha llamado a mi madre.
Alexander palideció de una forma que Daniel no había visto nunca.
—No sabía que haría eso.
Daniel soltó una risa baja.
No había humor en ella.
—Claro que no. Usted está aprendiendo a dejar de obedecerlo. Yo estoy recordando por qué la gente como él no perdona a quienes no agachan la cabeza.
—Voy a hablar con él.
—No.
—Daniel, ha cruzado una línea.
—Sí. Y si va ahora, convertirá a mi madre en otro escenario de su guerra.
Alexander sintió el golpe. Daniel lo vio. Pero no se detuvo.
—Yo voy a verla. Yo voy a explicarle lo que pueda. Y usted va a hacer algo que no implique correr detrás de mí como si pudiera tapar con las manos todo lo que su padre rompe.
Alexander tragó saliva.
—¿Qué quieres que haga?
Daniel cogió la mochila.
—Gane.
Alexander no se movió.
—¿Qué?
Daniel lo miró desde la puerta.
—Si su padre quiere guerra, deje de defender habitaciones. Quítele el hotel.
Y salió.
Esta vez no se marchó triste.
No se marchó herido.
Se marchó furioso.
Y Alexander, solo en el comedor antiguo, entendió por fin que Daniel tenía razón.
Charles no se detendría porque su hijo pusiera límites.
No se detendría porque hubiera contratos, declaraciones o cláusulas.
Un hombre como Charles Whitmore solo entendía una cosa.
Poder.
Alexander caminó hasta la tarima vacía donde su madre había tocado el piano y miró alrededor.
El comedor.
El hotel.
La memoria.
La jaula.
Sacó el teléfono.
Llamó a Evelyn.
—Necesito saber cuántos miembros del consejo votarían contra mi padre si presento una moción de control sobre el Grand.
Evelyn no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz sonó seria.
—Alexander, eso es una guerra abierta.
Él miró hacia la puerta por la que Daniel acababa de salir.
—No —dijo—. La guerra ya estaba abierta. Yo solo voy a dejar de perderla en silencio.