Capítulo 9 — La habitación 1402 #3
Daniel sintió que algo dentro de él se aflojaba con miedo. No del todo. Nunca del todo. Pero lo suficiente para apoyar una mano en el pecho de Alexander y quedarse allí, notando el latido rápido bajo la camisa.
—No puedo prometerte facilidad —dijo Alexander contra su boca.
Daniel abrió los ojos.
—No necesito facilidad.
—¿Qué necesitas?
Daniel pensó en Mateo. En Eric. En las puertas de servicio. En su madre entrando por detrás a edificios donde otros vivían de frente. Pensó en sí mismo, tantos años construyendo un lugar que nadie pudiera quitarle.
—Presencia —dijo.
Alexander lo miró.
—Cuando sea incómodo. Cuando haya consecuencias. Cuando no sepa qué decir. No necesito que sea perfecto. Necesito que esté.
Alexander cubrió la mano de Daniel sobre su pecho.
—Estoy.
Daniel quiso creerlo.
Esa era la parte peligrosa.
No que Alexander lo dijera.
Que, por primera vez, Daniel quiso creerlo de verdad.
El teléfono de Alexander vibró.
Ambos se quedaron quietos.
La realidad entró de golpe, vulgar e inoportuna.
Alexander no apartó la mirada de Daniel.
El teléfono volvió a vibrar.
—Puede contestar —dijo Daniel.
—No quiero.
—Eso no significa que no deba.
Alexander respiró hondo y sacó el móvil.
El nombre de Charles apareció en la pantalla.
Daniel lo vio.
También vio la decisión en el rostro de Alexander antes de que este hiciera nada.
Alexander rechazó la llamada.
Luego apagó el teléfono.
Daniel tragó saliva.
—Eso le va a costar caro.
—Probablemente.
—No haga gestos para impresionarme.
Alexander dejó el teléfono sobre la mesa.
—No lo he apagado por ti.
Daniel lo miró.
—Lo he apagado porque no quiero que mi padre siga entrando en todas las habitaciones donde intento vivir.
La frase fue sencilla.
Y esta vez Daniel no encontró una objeción preparada.
Alexander volvió a acercarse, pero no lo besó.
Solo le tomó la mano.
No como en el pasillo. No como gesto profesional. No como saludo público. Como algo más silencioso y más claro.
Daniel miró sus manos unidas.
—Mañana esto seguirá siendo complicado.
—Sí.
—Su padre seguirá ahí.
—Sí.
—El proyecto también.
—Sí.
—Y yo seguiré teniendo miedo.
Alexander apretó suavemente sus dedos.
—Yo también.
Daniel soltó una risa baja.
—Muy romántico.
—Estoy intentando no mentir.
—Siga así.
Se quedaron en la habitación 1402 hasta que la ciudad oscureció por completo.
No cruzaron todas las líneas.
No hacía falta.
A veces el cuerpo entiende que hay límites que no se rompen por falta de deseo, sino por respeto a lo que todavía está aprendiendo a sostenerse.
Se besaron.
Hablaron poco.
Miraron fotografías.
Alexander le contó que Eleanor escondía partituras en el cajón de la mesilla porque Charles decía que el piano distraía del negocio. Daniel le contó que su madre todavía guardaba en una caja los primeros planos que él había dibujado de niño, aunque eran horribles y parecían casas sin puertas.
—¿Sin puertas? —preguntó Alexander.
Daniel se encogió de hombros.
—Supongo que ya venía con el tema.
Alexander sonrió, pero no hizo ningún comentario fácil.
A las nueve menos cinco, Daniel recogió su mochila.
Alexander no intentó detenerlo.
Eso también importó.
En la puerta, Daniel se volvió.
—No vuelva a traer a nadie aquí si solo quiere una noche bonita.
Alexander lo miró con seriedad.
—No lo haré.
Daniel asintió.
—Y no me traiga otra vez hasta que sepa qué está dispuesto a perder.
La frase dejó una sombra en la habitación.
Alexander no respondió enseguida.
—De acuerdo —dijo al fin.
Daniel abrió la puerta.
Antes de salir, Alexander pronunció su nombre.
—Daniel.
Él se detuvo.
—¿Sí?
—No eres el primer hombre al que he querido traer aquí.
Daniel sintió una punzada extraña.
Alexander sostuvo su mirada.
—Pero eres el primero al que no quiero dejar salir de mi vida por miedo a que alguien lo vea.
Daniel no supo qué hacer con aquello.
Así que hizo lo único sensato que pudo.
Se marchó.
Caminó por el pasillo con el corazón desordenado y la boca todavía tibia, sabiendo que aquella noche no había resuelto nada.
Solo había hecho más difícil volver atrás.
Cuando el ascensor llegó al vestíbulo, la puerta se abrió y Daniel salió.
Charles Whitmore estaba junto a la recepción.
Esperándolo.
No parecía sorprendido.
No parecía furioso.
Solo satisfecho, como si al fin una pieza hubiera caído justo donde él la necesitaba.
—Señor Reyes —dijo.
Daniel sintió que el cuerpo se le tensaba.
Pero no bajó la mirada.
—Señor Whitmore.
Charles observó el ascensor que acababa de dejarlo en el vestíbulo.
Después volvió a mirarlo.
—La habitación 1402 lleva años cerrada a los huéspedes.
Daniel no dijo nada.
Charles sonrió apenas.
—Debe de sentirse muy especial.
Daniel apretó los dedos alrededor de la correa de su mochila.
Podía callar. Podía irse. Podía fingir que no entendía.
Pero estaba cansado de puertas laterales.
—No —dijo—. Me siento respetado. Entiendo que a usted le cueste distinguirlo.
La sonrisa de Charles desapareció.
Solo un instante.
Suficiente.
Daniel pasó a su lado y cruzó el vestíbulo hacia la puerta principal.
No aceleró el paso.
No miró atrás.
Pero al salir a la calle, supo que Charles Whitmore ya no estaba intentando apartarlo del proyecto.
Ahora intentaría destruirlo.