Capítulo 9 — La habitación 1402 #2
Daniel miró alrededor: las sábanas blancas, las fotografías, la ciudad al otro lado, la memoria de una mujer que había encontrado allí un sitio para respirar.
No era una invitación.
Era algo peor.
Era confianza.
—Esto no arregla lo que ha pasado —dijo.
—Lo sé.
—Ni garantiza nada.
—Lo sé.
—Ni significa que yo tenga que quedarme.
—También lo sé.
Daniel lo miró.
—Está aprendiendo rápido.
—Tengo un profesor difícil.
Daniel arqueó una ceja.
—Cuidado.
Alexander bajó la vista con una sonrisa mínima.
—Perdón.
Durante un segundo, algo parecido a la ligereza entró en la habitación. Fue breve, pero Daniel lo agradeció. No todo podía ser dolor, jaula, padre, prensa, discurso. También necesitaban eso: la posibilidad de respirar sin que cada frase pareciera el borde de un precipicio.
—La propuesta ha salido bien —dijo Alexander.
—Ha salido muy bien.
—Tu presentación ha sido excelente.
Daniel lo observó.
—Gracias.
—No lo digo por cortesía.
—Ya lo sé.
—Y no lo digo porque me gustes.
La frase cayó antes de que Alexander pudiera medirla.
Daniel sintió que la habitación se estrechaba.
Alexander cerró los ojos un instante, como si acabara de pisar un terreno que había prometido no cruzar tan pronto.
—Aunque también —añadió.
Daniel soltó una risa baja, inevitable.
—Eso ha sido torpe.
—Mucho.
—Casi humano.
—Intento no abusar.
Daniel dejó la fotografía sobre la mesa.
La risa se desvaneció, pero no del todo. Quedó algo más suave entre ellos. Menos defensivo. Más peligroso precisamente porque no estaba construido solo con heridas.
Alexander se quedó quieto junto a la ventana.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Puede.
—Si no estuviera mi padre. Si no estuviera el proyecto. Si no hubiera prensa, ni apellido, ni contratos… ¿seguirías pensando que esto es un error?
Daniel no respondió de inmediato.
Podría haber dicho sí. Habría sido más seguro.
Podría haber dicho no. Habría sido demasiado.
Miró a Alexander. No al heredero. No al hombre que había aprendido tarde a decir no. Al hombre que le había mostrado la habitación de su madre y había hablado de Thomas sin intentar justificarse.
—Pensaría que es una mala idea —dijo.
Alexander bajó la mirada.
—Pero no un error.
Él volvió a mirarlo.
Daniel sintió el golpe de esos ojos grises con una fuerza casi física.
—Eso es peor —dijo Alexander.
—Sí.
La distancia entre ambos parecía haberse vuelto una cosa viva.
Daniel la notó en la piel. En las manos. En la boca, todavía demasiado consciente del beso anterior. Podía recordar el sabor de Alexander con una precisión que le enfadaba. Café. Tensión. Deseo contenido. Control rompiéndose justo lo suficiente.
Alexander no se movió.
Esta vez no.
Había aprendido.
O estaba aprendiendo.
Daniel no sabía si eso lo tranquilizaba o lo destruía.
—No voy a tocarte —dijo Alexander.
Daniel tragó saliva.
—No le he preguntado.
—Lo sé.
—Está haciendo muchas declaraciones preventivas últimamente.
—Me ayudan a no hacer estupideces.
Daniel dio un paso hacia él.
No mucho.
Suficiente.
—¿Y si yo quisiera que hiciera una?
Alexander se quedó inmóvil.
El aire cambió.
—Daniel.
—Una estupidez pequeña —dijo Daniel, aunque la voz le salió menos segura de lo que pretendía.
Alexander lo miró como si la frase lo hubiera golpeado en pleno pecho.
—No hay nada pequeño en tocarte ahora.
La honestidad fue demasiado.
Daniel cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, Alexander seguía allí, a la espera. No acercándose. No huyendo. Dejando que fuera Daniel quien decidiera si cruzar o no.
Esa espera tuvo más efecto que cualquier avance.
Daniel caminó hasta él.
Se detuvo a menos de un palmo.
Alexander respiró como si le doliera.
—Esto no significa que confíe en usted del todo —dijo Daniel.
—Lo sé.
—Ni que sepa qué estamos haciendo.
—Yo tampoco.
—Ni que mañana pueda fingir que esto no complica las cosas.
—No quiero fingirlo.
Daniel miró su boca.
—Bien.
Fue él quien lo besó esta vez.
No hubo sorpresa dulce ni cautela larga. Alexander respondió al instante, como si llevara todo el día sujetándose de un borde y Daniel acabara de tocarle los dedos. La mano de Daniel subió hasta su cuello, sintió el pulso acelerado bajo la piel, la tensión de un hombre que se contenía incluso mientras se entregaba.
Alexander lo besó con una mezcla de hambre y cuidado que a Daniel le desarmó las defensas. No era la urgencia egoísta de quien toma. Era la de quien por fin se permite pedir sin palabras.
Daniel lo empujó suavemente contra la ventana.
El cristal estaba frío. Alexander, no.
Aquella diferencia le arrancó un sonido bajo, casi involuntario, que Alexander tragó contra su boca. La mano de Alexander encontró su cintura, se cerró allí y se detuvo, como si todavía pidiera permiso incluso después de tenerlo.
Daniel se apartó lo justo para respirar.
—Puede tocarme —susurró.
Alexander apoyó la frente contra la suya.
—No quiero hacerlo mal.
Daniel sintió una ternura peligrosa atravesarle el deseo.
—Entonces no me trate como si fuera a romperme.
Alexander abrió los ojos.
La frase pareció cambiar algo en él.
No se volvió brusco. No dejó de ser cuidadoso. Pero la mano en la cintura de Daniel se afirmó. La otra subió a su nuca. Lo atrajo de nuevo, y esta vez el beso tuvo menos miedo.
Daniel perdió la noción exacta del tiempo.
Solo existían la boca de Alexander, sus manos, el calor de su cuerpo contra el suyo, la ciudad brillando detrás del cristal, las fotografías de Eleanor sobre la mesa como testigos mudos de algo que quizá también era una forma de dejar de esconderse.
Alexander lo giró con suavidad, alejándolo de la ventana. Caminaron sin soltarse hasta el centro de la habitación, tropezando apenas con una sábana que cubría una butaca. Daniel rió contra su boca. Alexander también, y aquella risa, mínima, compartida entre besos, fue más íntima que el deseo.
Daniel se apartó un poco.
—Esto es absurdo.
—Completamente.
—Estamos en la habitación cerrada de su madre.
Alexander miró alrededor, como si recordara dónde estaban.
—Ella habría tenido una opinión.
—¿Buena o mala?
Alexander volvió a Daniel.
—Habría dicho que por fin hago ruido.
Daniel no pudo evitar sonreír.
Alexander le rozó la mejilla con los dedos.
Esta vez no se detuvo antes de tocarlo.
Y Daniel no quiso que lo hiciera.
El beso siguiente fue más lento.
Más profundo.
Menos desesperado.
Una exploración de lo que no habían podido decir en el comedor, en la escalera, en el coche, en todos los lugares donde el mundo había estado demasiado cerca.