El hombre que no debía amar Capítulo 9 — La habitación 1402
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Capítulo 9 — La habitación 1402

Daniel Reyes debería haberse sentido victorioso.

El comité había aprobado la propuesta. El estudio Reyes dirigiría la restauración creativa del Whitmore Grand. La Fundación Marsh apoyaría la recuperación del comedor antiguo como espacio cultural. El comunicado oficial reconocería su autoría, y Charles Whitmore había tenido que aceptar, al menos en público, que apartarlo ya no sería tan sencillo.

Era, objetivamente, un buen día.

Uno de esos días que Daniel habría imaginado años atrás, cuando trabajaba desde una mesa demasiado pequeña en un apartamento compartido, diseñando proyectos para clientes que pagaban tarde y pedían demasiado. Uno de esos días que debería haber llamado a su madre, a Mateo, quizá incluso a su contable, para decir: lo hemos conseguido.

Pero no se sentía victorioso.

Se sentía en peligro.

No por el contrato. No por Charles. No por los periodistas, aunque seguían al otro lado de la calle con cámaras discretas y preguntas esperando una grieta.

Por Alexander.

Por la manera en que le había estrechado la mano delante de todos.

Por aquel “nosotros” dicho en la sala de juntas sin mirar a su padre.

Por lo fácil que había sido, durante un instante absurdo, imaginar que esa palabra podía existir fuera del proyecto.

Daniel pasó el resto de la tarde encerrado en una pequeña oficina provisional que Claire le había asignado junto al comedor antiguo. Revisó calendarios, materiales, presupuestos. Respondió correos de sus empleados. Envió instrucciones a Mia, su arquitecta junior, para que empezara a coordinar muestras con proveedores locales. Hizo todo lo que se suponía que debía hacer un profesional después de conseguir el contrato más importante de su carrera.

Y aun así, cada vez que oía pasos en el pasillo, levantaba la vista.

Se odiaba un poco por eso.

Alexander no apareció.

Eso era bueno.

Eso era prudente.

Eso era exactamente lo que Daniel había pedido.

También le molestaba.

A las siete y veinte, cerró el portátil con más fuerza de la necesaria y se quedó mirando la pared.

—Perfecto —murmuró—. Ahora también soy incoherente.

El móvil vibró.

Mateo.

¿Contrato?

Daniel respondió:

Aprobado.

La respuesta llegó en mayúsculas.

¿APROBADO APROBADO?

Sí.

Orgullosísimo. También sigo preparado para odiar al heredero si hace falta.

Daniel sonrió.

Hoy ha estado bien.

Mateo tardó unos segundos más.

Eso suena peligroso.

Lo es.

¿Vienes al café? Celebramos con tarta y vigilancia emocional.

Daniel miró la oficina vacía, los planos, la luz dorada del pasillo filtrándose por el cristal de la puerta.

No hoy. Estoy agotado.

No hagas nada que yo no pueda dramatizar mañana.

Daniel no respondió.

Apagó el portátil, recogió sus cosas y salió.

El hotel tenía otra textura por la noche. Ya la conocía, pero aquella vez la sintió distinta. No como un edificio que empezaba a confiar en él, sino como un lugar que lo observaba. En el vestíbulo, los huéspedes hablaban en voz baja. En el bar, una pareja compartía una copa junto a la ventana. La escalera principal brillaba con una luz cálida, casi íntima.

Daniel pasó junto a la recepción.

—Señor Reyes.

Se detuvo.

Una recepcionista joven le tendía un sobre color crema.

—Lo han dejado para usted.

Daniel lo tomó.

No había nombre en el exterior.

Solo una línea escrita a mano.

Habitación 1402.

Daniel sintió un golpe seco en el pecho.

Levantó la vista hacia la recepcionista.

—¿Quién lo ha dejado?

Ella dudó.

—La señorita Claire.

Daniel cerró los dedos alrededor del sobre.

—Gracias.

Se apartó hacia una de las columnas del vestíbulo y lo abrió.

Dentro había una tarjeta del hotel y una nota breve.

No es una invitación. Es una explicación pendiente. La habitación estará abierta hasta las nueve. Si no subes, lo entenderé. A.

Daniel leyó la nota una vez.

Luego otra.

Después miró hacia los ascensores.

No era una invitación.

Claro.

Alexander Whitmore, incluso cuando intentaba acercarse, dejaba una salida señalizada.

Eso debería haberle parecido considerado.

Le pareció insoportablemente atractivo.

Daniel guardó la nota en el bolsillo y se quedó inmóvil junto a la columna. Podía irse. Debía irse, probablemente. Habían tenido un día largo, una victoria frágil, un beso sin resolver y demasiadas fuerzas externas empujándolos en direcciones peligrosas.

Subir a una habitación de hotel era una mala idea.

Subir a la habitación 1402, en concreto, sonaba a capítulo de una mala decisión escrita con buena iluminación.

Aun así, a las ocho menos diez, Daniel entró en el ascensor.

No pulsó el botón de inmediato.

Se quedó mirando el panel dorado, el reflejo de su propia cara en las puertas cerradas.

—Solo una explicación —se dijo.

El ascensor subió.

La planta catorce estaba en silencio.

Daniel avanzó por el pasillo alfombrado hasta la puerta de la habitación 1402. No era una suite de huéspedes corriente. Lo supo por la ubicación, por la distancia respecto a los ascensores, por el modo en que el pasillo parecía terminar allí. Pasó la tarjeta.

La luz verde parpadeó.

Daniel abrió.

La habitación estaba vacía.

Durante un segundo, sintió alivio.

Luego entró.

No era una habitación cualquiera. Era una suite antigua, cerrada al público hacía tiempo. Los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas. Las cortinas pesadas dejaban entrar una franja de luz de la ciudad. Había una chimenea pequeña, una mesa junto a la ventana y, sobre ella, varias fotografías antiguas.

Daniel se acercó.

Eleanor Whitmore aparecía en una de ellas, sentada al piano del comedor antiguo. En otra, estaba de pie junto a la ventana de aquella misma habitación, mucho más joven, con un vestido oscuro y una mano apoyada en el cristal. Había también una fotografía de un niño de unos ocho años sentado en la alfombra, leyendo un libro demasiado grande para él.

Alexander.

Daniel tocó el borde de la imagen sin levantarla.

La puerta se abrió a su espalda.

Daniel no se giró.

—Dijo que no era una invitación.

Alexander cerró la puerta despacio.

—No lo era.

—Entonces tiene una forma bastante íntima de explicar cosas.

Hubo un silencio breve.

—Mi madre vivía aquí cuando estaba en el hotel —dijo Alexander.

Daniel se volvió.

Alexander estaba junto a la puerta, todavía con la ropa de la reunión, aunque más desordenado que por la mañana. Sin corbata. Primer botón de la camisa abierto. El cansancio visible en los ojos.

No intentaba parecer impecable.

Daniel tuvo que recordarse que eso no bastaba.

—¿Vivía aquí? —preguntó.

Alexander asintió.

—No siempre. Pero cuando discutía con mi padre, se quedaba en esta suite. Decía que era el único lugar del hotel donde podía oírse pensar.

Daniel miró alrededor.

—¿Por qué está cerrada?

—Después de su muerte, mi padre quiso convertirla en una suite premium. Yo lo bloqueé.

—¿Por qué?

Alexander se acercó a la mesa, pero dejó distancia entre ambos.

—Porque era suya.

Daniel volvió a mirar las fotografías.

—¿Y por qué me la enseña?

Alexander tardó en responder.

—Porque esta mañana hablaste de puertas laterales.

Daniel se quedó quieto.

—Y porque creo que he vivido demasiado tiempo entrando por una puerta lateral de mí mismo.

La frase no fue bonita.

No fue perfecta.

Pero Daniel sintió que tenía verdad.

Alexander tomó una de las fotografías. La del niño en la alfombra.

—Yo tenía ocho años aquí. Mi madre me traía cuando no quería que cenara con mi padre. Decía que los niños no debían aprender a confundir el silencio con la educación.

Daniel observó la imagen.

El niño Alexander tenía el pelo oscuro, la expresión seria y una mano sujetando el libro con demasiada fuerza. No parecía triste. Parecía atento. Como si ya estuviera aprendiendo a detectar de dónde podía venir el siguiente golpe, aunque todavía no tuviera nombre para eso.

—Parece usted —dijo Daniel.

—¿Tan grave era?

—No. Quiero decir que ya miraba como si estuviera intentando entender una habitación antes de confiar en ella.

Alexander bajó la fotografía.

—Supongo que algunas cosas empiezan pronto.

Daniel metió las manos en los bolsillos.

—¿Esta es la explicación?

—Parte.

Alexander caminó hacia la ventana. La ciudad brillaba detrás de él, inmensa, indiferente, viva.

—El primer hombre al que quise traer aquí se llamaba Thomas.

Daniel sintió algo cerrarse despacio en su pecho.

No celos.

No exactamente.

Algo más extraño: la conciencia de que Alexander había tenido una vida antes de él. Una vida oculta, sí, pero real.

—Éramos jóvenes —continuó Alexander—. Yo tenía veinticuatro años. Él trabajaba en una galería. Era amable, inteligente, paciente. Demasiado paciente conmigo.

Daniel no dijo nada.

—Una noche me pidió venir al hotel. No a una habitación cualquiera. Aquí. Yo le había hablado de mi madre, de esta suite, del piano. Él pensó que significaba algo.

—¿Y no lo significaba?

Alexander apoyó una mano en el marco de la ventana.

—Sí. Por eso le dije que no.

Daniel bajó la mirada.

Alexander siguió hablando, con la voz más baja:

—Le dije que era complicado. Que el personal podía verlo. Que mi padre podía enterarse. Que no era el momento. Siempre había una razón. Algunas incluso eran ciertas.

Daniel conocía esa historia.

Con otros nombres.

Otros hoteles.

Otras excusas.

—¿Qué pasó? —preguntó.

—Se cansó.

—Bien por él.

Alexander lo miró.

Daniel no se disculpó.

Alexander tampoco pareció esperar que lo hiciera.

—Sí —dijo—. Bien por él.

El silencio que siguió fue extraño. No incómodo. Más bien necesario.

Daniel se acercó a la mesa y tomó la fotografía de Eleanor junto a la ventana.

—¿Y ahora me trae a mí?

Alexander sostuvo su mirada.

—Sí.

La respuesta fue tan directa que Daniel perdió por un segundo la siguiente frase.

—¿Por qué?

—Porque no quiero repetir esa historia contigo.

Daniel notó cómo el pulso se le aceleraba.

—Alexander…

—No estoy diciendo que esto sea lo mismo. No estoy diciendo que tengamos algo que pueda nombrarse todavía. No voy a pedirte nada esta noche.

Daniel casi sonrió por el esfuerzo visible que estaba haciendo por no equivocarse.

Casi.

—Entonces, ¿qué está haciendo?

Alexander respiró hondo.

—Abriendo una puerta.

La frase quedó suspendida en la habitación.