El hombre que no debía amar Capítulo 5 — Lo que no se dice
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Capítulo 5 — Lo que no se dice

Daniel no durmió.

Técnicamente estuvo en la cama cinco horas, bajo un edredón blanco que olía a lavanda artificial y detergente caro, mirando el techo de la suite Beacon mientras la tormenta sacudía los cristales y el océano rugía al otro lado del hotel. Pero dormir, lo que se decía dormir, no durmió.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver a Alexander de pie junto a la mesa del salón.

«No quiero esconderlo.»

«¿El qué?»

«Esto.»

Una palabra.

Nada más que una palabra.

Y, aun así, Daniel la había sentido como una mano abierta sobre el pecho.

Esto.

No había dicho deseo. No había dicho atracción. No había dicho nosotros. Alexander Whitmore todavía era demasiado cuidadoso incluso cuando intentaba ser valiente. Pero aquella palabra había tenido un peso peligroso porque no sonaba a juego. No sonaba a impulso pasajero. No sonaba a un hombre rico buscando una grieta por la que escapar una noche antes de volver a su vida perfecta.

Sonaba a miedo.

Y Daniel sabía que el miedo, cuando iba unido al deseo, podía volverse una trampa preciosa.

A las seis y diez se rindió.

Se levantó, se duchó con agua demasiado caliente y se vistió con la misma ropa del día anterior, menos arrugada de lo que esperaba y más arrugada de lo que le convenía. Se miró al espejo del baño y se encontró una cara que reconocía demasiado bien: ojos cansados, mandíbula tensa, boca seria.

La cara de quien estaba intentando convencerse de que aún podía controlar algo.

—No —se dijo en voz baja.

No iba a hacerlo.

No iba a convertir a Alexander en una promesa antes de que Alexander demostrara poder sostenerla.

No iba a dejarse seducir por la tristeza de un hombre que quizá solo estaba descubriendo, tarde y con privilegios, que su jaula tenía barrotes.

No iba a repetir la historia de Eric con mejor traje, mejores hoteles y un apellido más peligroso.

Salió del dormitorio a las seis y media.

El salón estaba vacío.

Los planos seguían sobre la mesa, ordenados con una precisión que no era suya. La cena de la noche anterior había desaparecido. La botella de champán continuaba intacta en la cubitera, ahora llena de agua tibia. En el ventanal, la lluvia había dejado marcas largas como dedos.

Daniel cruzó hacia la mesa y vio una taza de café junto a su libreta.

No estaba allí por casualidad.

El café seguía caliente.

Junto a la taza había una nota escrita a mano sobre papel del hotel.

He bajado a recepción. La carretera está abierta. Salimos a las ocho.

No había firma.

No hacía falta.

Daniel tocó el borde de la taza, irritado consigo mismo por la ternura absurda que le provocó aquel gesto.

Café.

Distancia.

Una nota práctica.

Alexander Whitmore pidiendo perdón sin decir perdón.

Daniel bebió un sorbo. Estaba como a él le gustaba: solo, fuerte, sin azúcar. No recordó haberle dicho a Alexander cómo tomaba el café. Quizá lo había visto. Quizá lo había deducido. Quizá Claire se lo había dicho. Daba igual.

Lo peligroso no era el café.

Lo peligroso era que Alexander hubiera prestado atención.

A las ocho en punto, bajaron juntos al vestíbulo.

Alexander llevaba otro traje. Claro. De algún modo imposible, el hombre había viajado en mitad de una tormenta con ropa suficiente para parecer recién salido de una reunión en Manhattan. Daniel, en cambio, se sentía como si hubiera pasado la noche peleándose con una sábana y perdiendo.

—Buenos días —dijo Alexander.

—Gracias por el café.

—De nada.

Silencio.

Peter Langford los despidió con la cortesía aliviada de quien se ha librado de dos huéspedes importantes antes de que algo salga mal. La boda de la noche anterior había dejado flores blancas en el vestíbulo, pétalos pisados cerca de los ascensores y una copa olvidada junto a la chimenea decorativa.

Daniel miró el salón por última vez.

—Este hotel es una advertencia —dijo.

Alexander siguió su mirada.

—Lo sé.

—No debería parecerle tan resignado.

—No estoy resignado.

—A veces lo parece.

Alexander lo miró entonces.

La conversación de la noche anterior seguía allí. En el espacio entre ambos. En todo lo que ninguno estaba diciendo.

—No todo lo que no se ve está ausente —dijo Alexander.

Daniel sintió el golpe suave de la frase.

—No todo lo que se siente basta.

Alexander no respondió.

El coche esperaba fuera.

El viaje de vuelta a Manhattan fue distinto al de ida. No discutieron sobre el hotel. No hablaron del presupuesto. No bromearon sobre remos falsos ni sobre hombres ricos intentando parecer relajados. Trabajaron durante casi una hora en silencio, cada uno en un extremo del asiento, revisando notas, cruzando ideas, corrigiendo líneas.

Como profesionales.

Como adultos.

Como dos hombres capaces de fingir que no recordaban cómo se habían mirado la noche anterior.

A mitad de camino, Daniel recibió un mensaje de Mateo.

¿Sigues vivo o ya formas parte de la decoración de lujo?

Daniel escribió:

Vivo. Trabajando. Sin dramas.

La respuesta llegó al instante.

Eso dicen los protagonistas antes del beso del capítulo 7.

Daniel sonrió pese a sí mismo.

Alexander levantó la vista.

—¿Buenas noticias?

Daniel bloqueó el teléfono.

—Mi amigo Mateo tiene una imaginación excesiva.

—Me cayó bien sin conocerlo.

—No diga eso. Le daría demasiado poder.

Alexander volvió a sus papeles, pero había algo más suave en su expresión.

Daniel lo observó durante un segundo.

Demasiado.

Alexander no era menos atractivo a la luz del día. Ese era el problema. Algunas personas necesitaban la noche para parecer interesantes. Él no. Bajo la luz gris de la mañana, con el teléfono en una mano y el ceño levemente fruncido ante una cifra, seguía teniendo aquella mezcla insoportable de control y cansancio, de elegancia aprendida y humanidad escondida.

Daniel apartó la vista.

—Alexander.

—¿Sí?

—Sobre anoche.

Él se quedó quieto.

Daniel notó que el conductor no podía oírlos. O fingía no poder. En cualquier caso, bajó la voz.

—No quiero que esto se vuelva raro.

Alexander dejó los documentos a un lado.

—¿Esto?

Daniel soltó una risa breve, sin humor.

—No haga eso.

—¿Qué?

—Fingir que no sabe de qué hablo para obligarme a decirlo yo.

Alexander miró por la ventana un instante, luego volvió a él.

—De acuerdo.

Daniel respiró hondo.

—Me atrae.

La frase salió clara.

Directa.

Sin adornos.

Alexander no se movió, pero sus ojos cambiaron. Algo en ellos se abrió y se cerró al mismo tiempo.

—Daniel…

—Déjeme terminar. Me atrae, y creo que yo también le atraigo. Pero eso no significa que podamos hacer algo con ello.

Alexander bajó la mirada.

—Lo sé.

—No. Necesito que lo escuche bien. No puedo meterme en una historia donde yo tenga que ser cuidadoso por los dos. No puedo trabajar para su empresa, mirar por encima del hombro cada vez que usted se acerque, medir si su padre sospecha, preguntarme si cuando esto acabe usted volverá a ser el hombre perfecto que todos esperan.

—No quiero que piense eso.

—Lo que usted quiera importa menos que lo que esté dispuesto a hacer.

La frase dolió. Daniel lo vio.

No se alegró.

Pero tampoco se disculpó.

Alexander permaneció en silencio un momento largo.

—¿Qué quiere de mí?

Daniel sintió que la pregunta era demasiado grande para un coche, una carretera mojada y dos hombres que apenas se conocían.

—Ahora mismo, profesionalidad.

Alexander asintió despacio.

—Eso puedo dárselo.

Daniel no sabía si creerlo. Quería creerlo, y precisamente por eso desconfiaba.

—Y sinceridad —añadió—. No me haga sentir que estoy imaginando cosas si usted también las siente. No me convierta en el único responsable de poner límites.

Alexander lo miró entonces con una intensidad serena.

—No está imaginando nada.

Daniel notó que el aire se volvía más escaso.

Alexander continuó:

—Y no es el único responsable.

Era una respuesta correcta.

Casi demasiado correcta.

Daniel apretó la libreta sobre sus rodillas.

—Bien.

No hablaron más de eso.

Pero el silencio ya no era el mismo.

Al llegar al Whitmore Grand, la ciudad parecía recién lavada por la tormenta. Las aceras brillaban. Los taxis levantaban agua al pasar. El hotel se alzaba frente a ellos con su fachada antigua, imponente y herida, como si hubiera estado esperando una respuesta.

Daniel bajó del coche antes de que el conductor pudiera abrirle la puerta.

Alexander salió detrás.

En la entrada, Claire los esperaba con el teléfono en la mano y una expresión que Daniel no supo leer.

—Alexander —dijo ella—. Su padre quiere verlo inmediatamente.

—¿Ahora?

—Sí.

Alexander miró a Daniel.

—Empiece con la propuesta. Subiré en cuanto pueda.

Daniel asintió.

Profesionalidad.

Sinceridad.

Distancia.

—Estaré en el comedor antiguo.

Alexander dudó apenas un segundo.

—Gracias.

No había nada íntimo en aquella palabra.

Y, aun así, Daniel la sintió como si la hubiera habido.

Alexander se alejó con Claire hacia los ascensores privados. Daniel lo vio desaparecer y luego se obligó a entrar en el hotel por la puerta principal, como siempre hacía. No por orgullo vacío. Por memoria.

Había puertas que uno cruzaba para recordarse que tenía derecho.

En el piso catorce, Charles Whitmore esperaba de pie junto al ventanal de la sala de juntas.

No estaba solo.

Margaret estaba sentada a la mesa con una carpeta cerrada delante. A su lado había un hombre que Alexander no reconoció de inmediato: traje azul marino, gafas finas, sonrisa neutra. Legal. O seguridad corporativa. O ambas cosas.

Alexander se detuvo en la puerta.

—¿Qué ocurre?

Charles no le ofreció asiento.

—He estado revisando el proyecto.

—Aún no hemos entregado la propuesta.

—No hablo del hotel.

Alexander miró la carpeta.

Margaret no levantó la vista.

—Hablas de Daniel.

Charles sonrió apenas.

—Qué rápido vuelves a llamarlo por su nombre.

Alexander sintió una presión fría en el pecho.

—No voy a tener esta conversación.

—Sí vas a tenerla.

El hombre de las gafas abrió otra carpeta y deslizó un documento sobre la mesa. Alexander no se acercó.