El hombre que no debía amar Capítulo 4 — Demasiado cerca #3
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Capítulo 4 — Demasiado cerca #3

No recordaba la última vez que trabajar con alguien había sido algo más que una sucesión de decisiones, riesgos y renuncias. Daniel no lo hacía fácil, pero lo hacía vivo. Cada sala que atravesaban parecía despertarse un poco bajo su mirada crítica. Cada objeción llevaba detrás una idea. Cada comentario punzante escondía una defensa feroz de algo que Alexander llevaba años olvidando: que los lugares, como las personas, no estaban hechos solo para funcionar.

Al atardecer, la tormenta cortó la carretera principal.

Peter recibió la llamada en recepción y palideció.

—Me temo que no podrán volver a Manhattan esta noche. Hay árboles caídos y la policía ha cerrado el acceso hasta mañana.

Daniel miró a Alexander.

Alexander no necesitó mirar a Daniel para saber lo que ambos estaban pensando.

La suite.

Dos dormitorios.

Una tormenta.

Demasiado tiempo.

Demasiado cerca.

—Entiendo —dijo Alexander—. Gracias, Peter.

Subieron de nuevo al último piso mientras la boda continuaba abajo, reducida por el temporal pero no cancelada. Desde la suite llegaban ecos lejanos de música, risas, copas. Una celebración ajena vibrando bajo sus pies.

Daniel dejó la carpeta sobre la mesa del salón.

—Podemos trabajar un par de horas más.

—Podemos cenar primero.

Daniel arqueó una ceja.

—¿Está sugiriendo una pausa?

—Estoy sugiriendo que no he comido desde las siete.

—Casi humano.

Alexander llamó al servicio de habitaciones.

Pidieron dos platos sencillos, café para Daniel y agua con gas para Alexander. Cuando la comida llegó, se sentaron en extremos opuestos de la mesa del salón, con los planos entre ambos como una frontera civilizada.

Duró poco.

Daniel empezó a mover papeles. Alexander acercó su silla para revisar un boceto. Daniel señaló una línea. Alexander corrigió una proporción. Las manos de ambos coincidieron sobre el mismo plano.

Se tocaron.

Nada más que los dedos.

Alexander retiró la mano de inmediato.

Daniel no.

La dejó allí un segundo más, sobre el papel, como si quisiera demostrar que no tenía miedo del contacto, pero sí de lo que podía significar.

—Alexander —dijo en voz baja.

Él no levantó la vista.

—No diga mi nombre así.

—¿Así cómo?

Como si pudiera perdonarme cosas que aún no he hecho.

Como si pudiera pedirme otras que no sé si tengo valor para dar.

Como si quisiera tocarme y al mismo tiempo supiera que no debería.

Alexander no dijo nada de eso.

Levantó la mirada.

Daniel estaba muy cerca. La luz del salón suavizaba la línea de su mandíbula, el cansancio bajo sus ojos, la boca entreabierta apenas. No había provocación en él. Solo tensión. Deseo contenido por una voluntad que Alexander respetaba demasiado como para romperla.

—No puedo ser un lugar donde usted se esconda —dijo Daniel.

Alexander cerró los ojos un instante.

—Lo sé.

—No creo que lo sepa del todo.

—Estoy intentando saberlo.

Daniel respiró despacio.

Abajo, la música de la boda cambió. Una canción lenta subió por el hueco del edificio, amortiguada por techos, paredes y lluvia.

Daniel miró hacia el suelo, como si aquel sonido también le pareciera una crueldad del destino.

Alexander debería haberse levantado.

Debería haber puesto distancia.

Debería haber recordado a su padre, el contrato, la investigación que probablemente ya habría encargado, la facilidad con la que una vida entera podía empezar a arder por una sola decisión.

Pero Daniel estaba allí.

No como un capricho.

No como una salida de emergencia.

Como una pregunta.

Como una posibilidad.

—No quiero esconderlo —dijo Alexander.

Daniel sostuvo su mirada.

—¿El qué?

Alexander sintió que la respuesta podía cambiar algo aunque no hiciera nada.

Aunque no lo tocara.

Aunque no cruzara todavía la línea.

—Esto.

La palabra fue mínima.

Pero lo llenó todo.

Daniel se quedó inmóvil.

Sus ojos descendieron un instante a la boca de Alexander y volvieron a subir. Rápido. Involuntario. Suficiente.

Alexander notó el golpe del deseo como una presión en las costillas.

Daniel apartó la silla despacio y se levantó.

—Voy a dormir.

La frase fue sensata.

Correcta.

Necesaria.

También sonó como una retirada dolorosa.

Alexander se levantó también.

—Daniel.

Él se detuvo de espaldas.

—No me siga.

Alexander se quedó quieto.

Daniel tardó unos segundos en girarse.

No parecía enfadado. Eso habría sido más sencillo. Parecía afectado. Y eso a Alexander le resultó insoportable.

—No porque no quiera —dijo Daniel.

La confesión quedó suspendida entre los dos.

Alexander sintió que algo dentro de él cedía.

Daniel tragó saliva.

—Precisamente porque quiero.

Alexander no pudo responder.

Daniel caminó hacia el dormitorio de la izquierda y cerró la puerta con suavidad.

No con rabia.

No con desprecio.

Con cuidado.

Como se cierran las puertas cuando uno sabe que, si las deja abiertas, quizá ya no pueda volver a salir.

Alexander permaneció solo en el salón, con los planos extendidos sobre la mesa, la cena a medio terminar y el sonido lejano de una boda celebrando el amor de otros bajo sus pies.

Durante mucho tiempo no se movió.

Después se acercó al ventanal.

La tormenta golpeaba el cristal con fuerza. Al otro lado, el Atlántico se agitaba oscuro, inmenso, imposible de controlar.

Alexander apoyó una mano sobre el vidrio frío.

Por primera vez en años, no pensó en cómo apagar el incendio.

Pensó en lo que pasaría si lo dejaba arder.