Capítulo 4 — Demasiado cerca #2
Alexander sintió que aquella frase lo dejaba sin defensa.
No porque fuera injusta.
Porque era exacta.
—No se lo pediré.
Daniel lo estudió como si quisiera comprobar si mentía.
—Bien.
El coche siguió avanzando bajo la lluvia.
Durante un largo rato no hablaron.
Alexander pensó en todas las veces que había elegido el silencio porque parecía la opción menos dañina. Pensó en los hombres que había dejado ir antes de que pudieran pedirle algo. En habitaciones de hotel en ciudades donde nadie lo conocía. En mensajes borrados. En nombres guardados sin apellido. En una vida afectiva construida con salidas de emergencia.
Nunca había pensado en sí mismo como cruel.
Cobarde, quizá.
Prudente, casi siempre.
Cruel, no.
Pero de pronto imaginó a Daniel en el lugar de esos hombres. Daniel saliendo de una habitación antes del amanecer. Daniel aceptando que no se le mencionara en público. Daniel convertido en una excepción privada dentro de una vida impecable.
Algo en él rechazó la imagen con violencia.
—Mi madre lo sabía —dijo.
La voz le salió baja.
Daniel giró la cabeza.
—¿Qué?
Alexander mantuvo la vista al frente.
—Que me gustaban los hombres.
El silencio cambió.
No se volvió incómodo. Se volvió atento.
Daniel no dijo nada. No lo empujó. No lo felicitó. No convirtió la confesión en una escena.
Alexander agradeció eso más de lo que habría sabido decir.
—Tenía diecinueve años —continuó—. Estaba en la universidad. Me había enamorado de un chico del equipo de remo. O creía que me había enamorado. En realidad, creo que solo era la primera vez que alguien me miraba como si no supiera mi apellido.
Daniel escuchaba.
—Mi madre vino a visitarme un fin de semana y lo entendió antes de que yo dijera nada. No me preguntó si era gay. No me preguntó si estaba confundido. Solo me dijo que tuviera cuidado con la gente que quisiera convertirme en una versión más cómoda de mí mismo.
Daniel bajó la mirada.
—Parece que lo entendía bien.
—Sí.
—¿Y su padre?
Alexander soltó una risa sin humor.
—Mi padre entiende lo que le conviene entender.
—¿Lo sabe?
Alexander tardó en responder.
—Sabe lo suficiente para usarlo cuando quiere.
Daniel apartó la vista hacia la carretera mojada.
—Lo siento.
Alexander pensó en decir que no hacía falta.
Otra vez.
Pero esta vez no lo hizo.
—Gracias.
La palabra quedó entre ellos, sencilla y extraña.
Al llegar a Newport, la tormenta había empeorado. El Atlántico aparecía oscuro detrás de una línea de casas elegantes y árboles inclinados por el viento. El Whitmore Harbor se levantaba frente al mar con fachadas blancas, ventanales altos y una terraza cerrada por el mal tiempo. Parecía perfecto en la manera en que lo parecen los lugares que no quieren que nadie mire demasiado cerca.
Daniel bajó del coche y se quedó bajo la lluvia unos segundos, observando el edificio.
Alexander salió detrás de él, paraguas en mano.
—Va a mojarse.
—Ya lo estoy.
—Era una advertencia, no un diagnóstico.
Daniel le lanzó una mirada rápida, pero aceptó el paraguas cuando Alexander se acercó.
El gesto los dejó demasiado próximos.
Bajo la tela negra, el ruido de la lluvia se volvió íntimo. Daniel olía a jabón limpio, lana húmeda y café. Alexander notó una gota resbalando desde el pelo de Daniel hasta el cuello de su camisa y tuvo el impulso absurdo de seguirla con los dedos.
No lo hizo.
—¿Veredicto preliminar? —preguntó.
Daniel miró el hotel.
—Parece un hombre rico intentando demostrar que es relajado.
Alexander no pudo evitar la sonrisa.
—Eso ha sido muy específico.
—Y muy exacto.
Entraron juntos.
El vestíbulo del Harbor era luminoso, impecable, azul y blanco en todas las tonalidades posibles. Había jarrones con ramas secas, sofás de lino, una chimenea moderna que parecía no haber quemado madera jamás y un aroma artificial a salvia marina. Todo estaba bien. Todo era correcto.
Todo era profundamente olvidable.
El director, un hombre llamado Peter Langford, los recibió con entusiasmo nervioso. Saludó a Alexander con reverencia corporativa y a Daniel con curiosidad profesional.
—Esperamos que la estancia sea útil para el proyecto del Grand —dijo Peter mientras les entregaban las tarjetas de la suite—. Lamentablemente, por la boda de esta tarde y la tormenta, el hotel está al completo. La suite Beacon es la única disponible, pero tiene dos dormitorios independientes.
Daniel miró a Alexander.
Alexander no lo miró a él.
—Gracias, Peter —dijo—. Será suficiente.
Subieron en ascensor sin hablar.
No era el mismo silencio que en el coche. Este tenía una conciencia nueva. Más densa. La confesión de Alexander seguía entre ellos, invisible pero presente, como una prenda que ninguno sabía dónde dejar.
La suite Beacon ocupaba la última planta, con vistas al mar embravecido. Era enorme, decorada en blancos, grises y azules pálidos. Tenía un salón central, dos dormitorios opuestos y una terraza impracticable por el viento. Una botella de champán descansaba en una cubitera junto a una tarjeta de bienvenida.
Daniel la leyó en voz alta.
—“Bienvenidos a una experiencia de serenidad atlántica.”
Miró por el ventanal, donde la lluvia golpeaba con furia.
—El Atlántico no parece informado.
Alexander dejó su maletín sobre una butaca.
—Puede ocupar el dormitorio de la izquierda.
—¿Hay jerarquía también en las habitaciones?
—La izquierda tiene mejor escritorio.
Daniel lo miró, sorprendido quizá por la consideración.
—Gracias.
Alexander se quitó el abrigo.
El movimiento fue simple, cotidiano, pero Daniel lo siguió con los ojos apenas un segundo más de lo necesario. Alexander lo vio. Daniel se dio cuenta de que lo había visto. Ambos apartaron la mirada.
Aquello no podía continuar así.
Y, sin embargo, continuó.
Durante las siguientes tres horas recorrieron el hotel.
Daniel fue implacable.
Señaló materiales falsamente nobles, decisiones decorativas sin raíz, espacios pensados para fotografías pero no para ser vividos. Alexander discutió algunos puntos, defendió otros por obligación y acabó reconociendo más de lo que habría esperado.
En el restaurante, Daniel se quedó quieto ante una pared cubierta de remos antiguos comprados claramente como decoración.
—Esto me ofende.
Alexander miró la pared.
—Son remos.
—Son remos sin historia usados para simular historia. Es peor.
—¿Quiere entrevistar a los remos antes de juzgarlos?
Daniel lo miró.
—No me tiente.
Peter, que los acompañaba a una distancia prudente, no sabía si reír.
Alexander sí.
Lo notó tarde.
Se estaba divirtiendo.