Capítulo 4 — Demasiado cerca
Alexander Whitmore recibió la orden de viajar con Daniel Reyes a las siete y veinte de la mañana.
Su padre no la llamó orden, por supuesto. Charles Whitmore no necesitaba una palabra tan vulgar. La dejó caer sobre la mesa durante el desayuno ejecutivo, entre una taza de café negro y un informe de ocupación trimestral.
—Quiero que lleves al señor Reyes al Whitmore Harbor.
Alexander levantó la vista del documento.
—¿A Newport?
—Necesita entender nuestra línea de restauración costera.
—El Harbor fue reformado hace seis años.
—Precisamente.
Alexander sostuvo la mirada de su padre durante un segundo más de lo recomendable.
El Whitmore Harbor era una propiedad menor dentro del grupo, un hotel de lujo frente al Atlántico que había perdido cualquier rastro de personalidad después de una renovación carísima y obediente. Habitaciones blancas, lámparas orgánicas, restaurante minimalista, aroma a sal marina embotellada. Rentable, sí. También intercambiable. Podría haber estado en Newport, en California o en la portada de una revista que nadie leía más de una vez.
Daniel lo odiaría.
Charles también lo sabía.
—No creo que sea necesario —dijo Alexander.
—Yo sí.
Margaret, sentada a la izquierda de Charles, fingió revisar unas cifras en la tableta. No participaba, pero escuchaba. Margaret siempre escuchaba.
—Tenemos cuarenta y ocho horas para la propuesta —añadió Alexander—. Sacarlo de Manhattan ahora retrasará el trabajo.
—O evitará que el señor Reyes convierta el Grand en una fantasía sentimental sin control presupuestario.
—Daniel no trabaja así.
El silencio fue mínimo.
Suficiente.
Charles dejó la taza sobre el plato con un sonido limpio.
—Daniel.
Alexander no apartó la mirada.
—El señor Reyes —corrigió, demasiado tarde.
Su padre lo observó con esa calma suya que nunca era calma, sino cálculo.
—Creía que apenas lo conocías.
—Lo conozco lo suficiente para saber que no improvisa.
—Qué rápido.
Margaret levantó los ojos de la tableta apenas un instante.
Alexander sintió una irritación fría subiéndole por el pecho. No por la insinuación. No exactamente. Había vivido toda su vida bajo la vigilancia de hombres y mujeres expertos en detectar debilidades. Una mirada sostenida demasiado tiempo. Una cena cancelada. Una fotografía inconveniente. Un nombre repetido con una familiaridad que no encajaba.
Lo que le molestó fue la facilidad con la que su padre había encontrado la grieta.
Daniel.
—Saldréis en una hora —dijo Charles—. Volved mañana por la mañana. Quiero la propuesta sobre mi mesa antes de las seis.
—¿Mañana?
—El Harbor está completo por una boda. He reservado la suite Beacon. Dos dormitorios. No tendrás que compartir cama con tu diseñador, si eso te preocupa.
La frase fue pronunciada sin vulgaridad, sin burla abierta, sin levantar la voz.
Precisamente por eso golpeó peor.
Alexander sintió cómo todos sus músculos se endurecían.
Margaret bajó la vista.
Charles cortó una porción mínima de tostada.
—No me mires así, hijo. Solo estoy hablando de logística.
Alexander dejó el informe sobre la mesa.
—Por supuesto.
—Y, Alexander.
Él se detuvo antes de levantarse.
—Sí.
Charles lo miró con una sonrisa pequeña, casi amable.
—Recuerda qué está en juego.
Alexander no preguntó si se refería al hotel, al grupo o a la vida entera que su padre había diseñado para él desde antes de que tuviera edad suficiente para resistirse.
No hacía falta.
Una hora después, Daniel Reyes apareció en la entrada privada del Whitmore Grand con una mochila negra al hombro, una carpeta de planos bajo el brazo y el pelo todavía húmedo por la ducha. Llevaba un abrigo oscuro, vaqueros y una bufanda gris anudada sin cuidado. Parecía más descansado de lo que debería después de haber trabajado hasta entrada la madrugada.
O quizá Alexander lo miraba demasiado.
El coche esperaba junto a la acera, con el conductor de pie junto a la puerta trasera. El cielo sobre Manhattan tenía ese color de metal apagado que anunciaba tormenta.
Daniel se detuvo al verlo.
—¿Newport?
Alexander abrió la puerta del coche.
—Buenos días a usted también.
—Buenos días. ¿Newport?
—Mi padre cree que debería ver el Whitmore Harbor antes de cerrar la propuesta.
Daniel lo estudió con una expresión imposible de leer.
—¿Y usted qué cree?
—Creo que discutirlo en la acera no hará que el viaje sea más corto.
Daniel miró el coche. Luego a Alexander.
—¿Vamos solos?
Alexander sintió la pregunta en algún lugar incómodo.
—El conductor no cuenta como mobiliario.
—Me refería a Claire.
—Claire tiene suficiente instinto de tiene suficiente instinto de supervivencia para no acompañarnos.
Daniel soltó una risa breve.
Una risa pequeña. Sin intención de seducir. Sin cálculo.
Alexander abrió más la puerta.
—Después de usted.
Daniel entró en el coche y se sentó junto a la ventana. Alexander rodeó el vehículo y ocupó el asiento contrario. Entre ambos quedó un espacio amplio, tapizado en cuero negro, diseñado para que dos ejecutivos pudieran viajar sin rozarse jamás.
A Alexander le pareció insuficiente.
El coche se incorporó al tráfico de la mañana. Durante los primeros minutos, ninguno habló. Daniel sacó su libreta, revisó unas notas y comenzó a trazar líneas sobre un plano del comedor antiguo. Alexander intentó responder correos en su teléfono, pero la concentración se le deshilachaba cada vez que Daniel movía el lápiz o fruncía el ceño ante una idea.
Era absurdo.
Alexander había compartido salas, aviones privados y cenas interminables con hombres atractivos antes. Hombres disponibles. Hombres discretos. Hombres que entendían las reglas antes de que fuera necesario explicarlas. Hombres que no pedían nada que no pudiera desaparecer antes del amanecer.
Daniel no pertenecía a esa categoría.
Daniel miraba las cosas como si merecieran verdad.
Y eso era mucho más peligroso que la belleza.
—El Harbor no le va a gustar —dijo Alexander al fin.
Daniel no levantó la vista.
—¿Entonces por qué vamos?
—Porque mi padre quiere que no le guste.
Ahora sí lo miró.
—Eso ha sido casi honesto.
—Estoy probando una nueva estrategia.
—Le sienta raro.
Alexander sintió, contra su voluntad, el impulso de sonreír.
—El Harbor es rentable —dijo—. Altísima ocupación en temporada, bodas, eventos privados, clientes internacionales.
—Me está preparando para odiarlo menos.
—Le estoy preparando para no decir delante del director que es un cadáver caro.
Daniel cerró la libreta.
—¿Lo es?
Alexander miró por la ventana. Manhattan empezaba a disolverse detrás de ellos, sustituida por carriles de salida, puentes y una luz gris que caía sobre los edificios como polvo.
—Sí.
Daniel no dijo nada durante unos segundos.
—Entonces no lo diré delante del director.
—Gracias.
—Lo diré después, cuando estemos solos.
Alexander giró la cabeza.
Daniel estaba sonriendo.
No mucho. Lo justo para que el viaje pareciera de pronto un error de cálculo mucho más grave.
Pasaron casi dos horas entre tráfico, lluvia fina y llamadas de trabajo. Daniel recibió una de Mateo y contestó con los auriculares puestos, girándose hacia la ventana. Alexander no quería escuchar. De verdad que no.
Pero el coche era silencioso.
Demasiado silencioso.
—Estoy trabajando —dijo Daniel en voz baja—. No, no ha pasado nada. Mateo, por favor… Sí, es él. No. No voy a hacer eso.
Alexander mantuvo la vista fija en su propio teléfono, aunque no leía nada.
Daniel suspiró.
—Porque no soy la crisis existencial de ningún hombre, ¿vale? Ni su proyecto de salida del armario, ni su acto de rebeldía, ni el error bonito que luego se oculta debajo de una alfombra carísima.
Alexander dejó de respirar.
Daniel guardó silencio mientras escuchaba la respuesta de su amigo.
—Lo sé —dijo después, más bajo—. Por eso tengo cuidado.
No soy la crisis existencial de ningún hombre.
Ni su proyecto de salida del armario.
Alexander sintió la frase como una mano cerrándose en torno a algo que no había querido nombrar.
Daniel terminó la llamada unos minutos después y se quitó los auriculares. No parecía consciente de cuánto había dejado entrar en el coche.
Alexander debería haber fingido que no había oído nada.
Era lo correcto.
Era lo seguro.
—Tiene razón —dijo.
Daniel se quedó quieto.
—¿Quién?
—Su amigo.
La expresión de Daniel cambió despacio. Primero sorpresa. Luego comprensión. Después algo más duro.
—¿Ha estado escuchando?
—No intencionadamente.
—Eso dicen todos los hombres con chófer y coches insonorizados.
—Daniel.
—No.
Alexander cerró la boca.
Daniel apartó la libreta de sus rodillas y se volvió hacia él por completo.
—Si ha oído algo, al menos tenga la decencia de no usarlo como si le perteneciera.
—No pretendía hacerlo.
—Entonces no lo haga.
La lluvia empezó a golpear con más fuerza contra los cristales. El conductor mantuvo la vista al frente.
Alexander sintió el viejo reflejo de cerrar una puerta. Volver al tono profesional. Recordarle a Daniel quién era, dónde estaban, qué límites no debía cruzar. Era fácil. Llevaba toda la vida haciéndolo.
Pero la frase seguía allí.
El error bonito que luego se oculta debajo de una alfombra carísima.
—No está equivocado —dijo Alexander.
Daniel lo miró sin suavizarse.
—¿En qué?
Alexander apretó el teléfono entre los dedos.
La verdad tenía un peso extraño cuando llevaba años sin usarse.
—En tener cuidado conmigo.
Daniel no respondió.
Alexander miró la lluvia.
—Hay cosas de mi vida que no son simples.
—La vida de nadie lo es.
—Lo sé.
—No, Alexander. Con respeto: no sé si lo sabe. Para usted, lo complicado es que su padre se enfade, que un consejo de administración hable, que una revista insinúe algo. Para otros, lo complicado ha sido perder familia, amigos, trabajo, seguridad. Lo complicado ha sido caminar por la calle midiendo si puedes tocar una mano o no.
Alexander volvió la vista hacia él.
Daniel no hablaba con rabia. Eso habría sido más fácil. Hablaba con cansancio. Con una dignidad seca.
—No le estoy pidiendo que me explique nada —dijo Daniel—. Pero tampoco me pida que trate su miedo como si fuera más importante que mi derecho a no esconderme.