El hombre que no debía amar Capítulo 3 — La grieta #2
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Capítulo 3 — La grieta #2

—Las colecciona como otros coleccionan sellos.

—¿Y usted?

—Yo colecciono incendios que apagar.

Daniel se sentó en el taburete más alejado, dejando uno vacío entre ambos. Una distancia mínima. Una concesión a la prudencia.

—¿Hay uno ahora?

Alexander no respondió de inmediato.

El camarero no estaba. El bar vacío tenía un aire suspendido, casi clandestino. De fondo, sonaba una música instrumental muy baja, probablemente programada para que nadie recordara que existía. La ciudad brillaba detrás de los ventanales con una indiferencia hermosa.

—Mi padre quiere reducir el presupuesto de restauración un treinta por ciento —dijo Alexander.

Daniel soltó una risa seca.

—Entonces su padre quiere que haga magia con cartón piedra.

—Quiere beneficios.

—Todos quieren beneficios. La diferencia está en cuánto están dispuestos a destruir para conseguirlos.

Alexander lo miró de lado.

—Habla como si el dinero fuera una ofensa personal.

Daniel apoyó los codos en la barra.

—No. Hablo como alguien que sabe lo que cuesta conseguirlo. Por eso me molesta que los que tienen demasiado lo gasten en hacer que todo parezca igual.

Alexander no pareció ofendido. Más bien interesado.

—¿Creció lejos de hoteles como este?

Daniel sonrió sin humor.

—Crecí limpiando oficinas donde hombres como los que duermen aquí dejaban vasos de café a medio terminar y papeles arrugados en el suelo.

Alexander se quedó quieto.

Daniel no sabía por qué lo había dicho.

Quizá por cansancio.

Quizá porque de noche las defensas pesaban más.

—Mi madre trabajaba en limpieza —continuó—. Mi padre conducía autobuses. Yo aprendí pronto que hay puertas principales y puertas de servicio. Y que mucha gente sonríe distinto dependiendo de por cuál entras.

Alexander dejó la copa sobre la barra.

—¿Por eso eligió este trabajo?

—¿Diseñar hoteles?

—Transformarlos.

Daniel pensó la respuesta.

No la profesional. No la bonita. La verdadera.

—Porque me gusta entrar en lugares que estaban hechos para excluirme y dejar algo mío dentro.

La frase quedó entre ellos.

Alexander no dijo nada.

Pero Daniel sintió que lo había entendido. No con compasión, que habría sido insoportable. Con una especie de respeto silencioso, más íntimo que cualquier pregunta.

—Eso sí debería estar en la propuesta —dijo Alexander al fin.

Daniel lo miró, sorprendido.

—¿Que quiero vengarme de los ricos con buen gusto?

—Que sabe por qué importa un espacio.

Daniel bajó la vista.

No estaba preparado para que Alexander lo entendiera.

Era mucho más fácil cuando discutían.

—¿Y usted? —preguntó Daniel—. ¿Por qué sigue aquí?

Alexander soltó una respiración lenta.

—Ya me lo preguntó antes.

—No respondió.

—No siempre responder es una obligación.

—No. Pero a veces es una salida.

Alexander miró hacia los ventanales.

Durante unos segundos, pareció que no iba a contestar. Daniel habría podido levantarse, decir buenas noches, regresar al comedor y salvarse de aquella conversación antes de que entrara en una zona demasiado peligrosa.

No lo hizo.

—Mi madre me dejó acciones del grupo —dijo Alexander—. No suficientes para controlar nada. Suficientes para impedir que mi padre venda este hotel sin mi firma.

Daniel lo observó en silencio.

—¿Quiere venderlo?

—Quiere convertirlo en una marca más rentable. Menos historia, menos costes, más habitaciones premium, menos espacios comunes. Dice que la nostalgia no paga dividendos.

—Su madre pensaba lo contrario.

Alexander giró la copa otra vez.

—Mi madre pensaba muchas cosas que mi padre consideraba poco prácticas.

—Como tocar el piano.

—Como quererme sin convertirme en una extensión del apellido.

Daniel sintió que algo se le cerraba en la garganta.

Alexander pareció darse cuenta de lo que acababa de decir. Enderezó la espalda, como si hubiera mostrado más de lo permitido.

—Da igual.

—No da igual.

—Daniel.

Su nombre sonó distinto esta vez. No como advertencia. Como súplica contenida.

Daniel entendió el límite y no lo cruzó.

—Vale.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Eso era lo peor.

La incomodidad habría sido útil. Los habría devuelto a su sitio. Pero allí, sentados en un bar cerrado a la una de la madrugada, con un taburete vacío entre ambos y demasiadas cosas sin decir, Daniel sintió una calma extraña. Una intimidad prematura. Una de esas conexiones que no deberían existir porque aún no han tenido tiempo de justificarse.

Alexander miró el taburete vacío entre ellos.

Daniel también.

Ninguno se movió.

—Debería irse a casa —dijo Alexander.

—Probablemente.

—Necesita dormir.

—Usted también.

—Yo duermo poco.

—Eso explica bastante.

Alexander lo miró con una ceja ligeramente alzada.

—¿Qué explica?

—Su carácter.

—Mi carácter es excelente.

—Su carácter necesita restauración estructural.

Esta vez Alexander rió.

No mucho. No con libertad completa. Pero rió.

Y Daniel se quedó mirándolo como un idiota.

La risa le cambiaba la cara. Le quitaba años, peso, apellido. Hacía que sus ojos grises parecieran menos fríos y más vivos. Durante un instante, Daniel pudo imaginar al hombre que Alexander habría sido en una vida donde nadie le hubiera enseñado a cerrar todas las puertas antes de sentir algo.

El problema fue que Alexander dejó de reír y lo encontró mirándolo.

La atmósfera cambió.

No de golpe.

Más bien como cambia la luz antes de una tormenta.

Alexander apartó la vista primero, pero no lo bastante rápido.

Daniel sintió el impulso.

Levantarse. Cruzar el taburete vacío. Acercarse lo suficiente para comprobar si aquella tensión era real o solo una invención peligrosa nacida del cansancio, la noche y una conversación demasiado honesta.

No lo hizo.

Pensó en Mateo.

Pensó en Eric.

Pensó en su propia regla.

No ser el secreto de nadie.

—Tengo que volver al comedor —dijo Daniel.

Alexander asintió.

—Sí.

Pero Daniel no se levantó.

Y Alexander tampoco volvió a mirar la copa.

—¿Daniel?

—¿Sí?

Alexander sostuvo su mirada.

—No soy mi padre.

La frase fue suave.

Casi innecesaria.

Casi desesperada.

Daniel sintió que esa era la grieta verdadera: no la tristeza, no el control, no la jaula. La necesidad de ser visto como algo distinto de aquello que lo había construido.

—Todavía no sé quién es usted —respondió Daniel.

Alexander no apartó los ojos.

—Yo tampoco.

Daniel tragó saliva.

Ahí estaba el peligro.

No en que Alexander Whitmore fuera rico, poderoso, guapo o inaccesible. No en que su padre pudiera destruirle el contrato con una llamada. No en que el hotel fuera el tipo de proyecto que podía abrirle todas las puertas que antes había tenido cerradas.

El peligro era ese.

Un hombre que no sabía quién era mirándolo como si Daniel pudiera ayudarlo a descubrirlo.

Daniel se levantó del taburete.

—Buenas noches, Alexander.

Alexander no respondió enseguida.

—Buenas noches, Daniel.

Daniel salió del bar sin mirar atrás.

Lo consiguió hasta llegar al vestíbulo.

Entonces se detuvo junto a la escalera principal, apoyó una mano en la barandilla de bronce y soltó el aire que llevaba demasiado tiempo reteniendo.

No había pasado nada.

Ni un beso.

Ni una promesa.

Ni una caricia.

Nada que pudiera lamentar.

Y, aun así, mientras regresaba al comedor antiguo y recogía sus planos con las manos menos firmes de lo que habría querido, Daniel tuvo la certeza incómoda de que algo acababa de empezar.

Algo pequeño.

Algo imposible.

Algo que, si no tenía cuidado, podía incendiarlo todo.

Arriba, en una de las plantas nobles del Whitmore Grand, Charles Whitmore observaba el vestíbulo desde el corredor privado que daba a los ascensores ejecutivos.

Había visto a Daniel salir del bar.

Había visto a Alexander quedarse dentro.

No necesitaba haber oído una sola palabra para entender lo suficiente.

Sacó el teléfono del bolsillo de la chaqueta y marcó un número.

—Margaret —dijo cuando contestaron—. Quiero que revises a fondo el estudio de Daniel Reyes. Contratos anteriores, deudas, socios, cualquier debilidad.

Escuchó la respuesta sin cambiar de expresión.

—No. Todavía no vamos a hacer nada.

Miró hacia el vestíbulo vacío, hacia la escalera antigua, hacia la puerta cerrada del bar donde su hijo seguía sentado a oscuras.

—Primero quiero saber cuánto costaría apartarlo.