CAPÍTULO 23
«Siempre supe exactamente dónde estaba cada pieza del tablero. Hasta el día en que dejé de querer mirar el tablero.»
GRAYSON HOLT
Llevaba cuarenta minutos con un informe abierto en la pantalla, y no había leído una sola línea.
Eso no me pasaba. Nunca.
Leía contratos de noventa páginas sin perder el hilo.
Memorizaba cifras que otros hombres necesitaban apuntar.
Atravesaba reuniones de tres horas sin que un solo músculo de mi cara delatara lo que pensaba.
La concentración nunca había sido un problema; fue lo único que mi padre me enseñó que no tuve que desaprender después.
Y ahí estaba yo, mirando una hoja de proyecciones sin ver los números, porque lo único nítido en mi cabeza era el sonido que había hecho al reírse en mi cocina. Pequeño. Suelto. Real.
Me pasé la mano por el pelo y me obligué a cerrar el archivo.
Esto es justo el tipo de cosa que debilita a un hombre, pensé, oyendo la voz de mi padre dentro de la frase, y odiando que todavía supiera el camino.
Sin embargo, no logré convencerme. Porque, por primera vez en años, la debilidad no parecía un defecto. Parecía un lugar donde quería quedarme.
La puerta se abrió sin llamar.
—Tienes cara de haber dormido bien —dijo Logan, entrando con una carpeta bajo el brazo y aquella sonrisa que siempre precedía a un problema—. Lo cual es raro. Y sospechoso.
—Buenos días a ti también.
—No, en serio… —Se dejó caer en el sillón que tenía enfrente, soltó la carpeta sobre la mesa y me estudió con los ojos entornados—. Hay algo distinto en ti esta semana. Ayer sonreíste en una reunión. Lo vi. Megan lo vio. El director financiero por poco le da un infarto.
—No sonreí.
—Una media sonrisa, más o menos. —Levantó el pulgar y el índice, midiendo un espacio minúsculo en el aire—. Fue aterrador. Para lo que se estila en esta casa, fue prácticamente una carcajada.
No le di la satisfacción de una respuesta. Solo cogí la carpeta que había soltado y la abrí, cambiando de tema antes de que encontrara lo que buscaba.
—Ponme al día con el proyecto.
La sonrisa de Logan se cerró unos grados, convirtiéndose en algo más profesional. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—Hemos avanzado en casi todo. —Hablaba rápido, con la precisión de quien se había memorizado los detalles la noche anterior—.
Las parcelas de la cara norte ya están cerradas.
El departamento jurídico resolvió la traba con la constructora antigua.
Estamos dentro del calendario. —Una pausa breve—. Salvo por una piedra en el zapato.
Levanté la vista.
—La propietaria.
—La propietaria —confirmó, con un suspiro que no tenía nada de cansado, solo de calculador—.
La que no quiso ni oír las cifras. Mandamos al intermediario de nuevo, subimos la oferta, pusimos un plazo.
¿Sabes lo que hizo? —Abrió las manos—. Devolvió el documento sin leerlo hasta el final, por segunda vez. La mujer es de acero.
Algo en aquello me arrancó un casi respeto. No lo dije en voz alta.
—Entonces, ¿qué propones?
—Voy yo en persona. —Logan se recostó de nuevo, cruzando una pierna sobre la otra—.
Ya dije que lo haría si el intermediario fallaba, y ha fallado.
La gente así no responde al papel. Responde a la presencia.
Voy, me siento delante de ella y descubro lo que de verdad quiere.
—Ladeó la cabeza—. Todo el mundo quiere algo, Grayson. Tú mismo me lo enseñaste.
—Sé lo que te enseñé.
—Pues déjame hacer lo que mejor se me da. —Dio unos golpecitos en la carpeta—. Está todo aquí. La dirección, el historial del inmueble, el perfil de la propietaria. ¿Quieres echarle un vistazo antes? Al fin y al cabo, es tu proyecto.
La carpeta estaba ahí, a pocos centímetros de mi mano. E hice lo que hacía siempre.
—No. —Le devolví la carpeta de un empujón—. Yo decido, tú ejecutas. No necesito minucias, necesito resultados. Resuélvelo con la propietaria y tráeme el terreno cerrado. No quiero saber de direcciones, de nombres ni de la vida de nadie. No tengo tiempo para eso. Quiero el proyecto en marcha.
Logan me miró un segundo más de lo necesario. Fue una mirada extraña, no la burlona de siempre, sino algo más atento, casi divertido por un motivo que no capté.
—Como quieras —dijo, por fin, cogiendo la carpeta de vuelta y dándole unos golpecitos en la palma de la mano—. Tú eres el jefe.
—¿Algo más? —pregunté.
Se levantó, pero no se fue. Se detuvo junto al sillón, la carpeta otra vez bajo el brazo, y me observó con ese aire de quien está decidiendo si merece la pena hurgar.
Decidió que sí. Logan siempre decidía que sí.
—¿Quién es ella? —quiso saber.
—¿Quién es quién?
—La mujer que ha hecho sonreír al hombre de hielo en una reunión de accionistas.
—Volvió a esbozar la sonrisa, pero por debajo había curiosidad de verdad—.
No me cuentas nada desde hace semanas, sales antes, no coges el teléfono por la noche.
Te conozco desde hace quince años, Grayson. Sé cuándo hay una mujer de por medio.
—No me interesa hablar de mi vida personal —dije, seco.
—Ya, pero la cuestión es justo esa. —Ladeó la cabeza, y el tono cambió—. Te vi.
Detuve lo que estaba haciendo.
—La semana pasada —continuó, sin prisa, observando mi reacción con el cuidado de quien deja una carta sobre la mesa solo para verle la cara al otro—. Saliendo de aquel bar de Chelsea, casi medianoche. Ibas con una mujer.
La mandíbula se me tensó antes de que pudiera evitarlo.
—Me quedé al otro lado de la calle, no me acerqué.
—Se encogió de hombros, pero los ojos no soltaron los míos—.
Pero vi lo suficiente. Menuda, discreta, guapa de una manera que no lo intenta.
No es tu tipo de siempre. Las mujeres con las que te veo en los eventos son otra cosa, todas iguales. Esa parecía… real.
—¿Has estado siguiéndome?
—He estado fijándome. Fijarme es mi trabajo. —La sonrisa no le llegó a los ojos—. Y hace mucho que no miras a nadie como la estabas mirando a ella. Es más, creo que nunca lo había visto pasar.
Apreté los puños bajo la mesa.
—Todo lo que te afecta me interesa —dijo, antes de que respondiera, el tono ligero, pero la mirada no—. Negocios, ¿recuerdas? Yo te cubro las espaldas. Y es difícil cubrirle las espaldas a un hombre que está mirando hacia otro lado.
—Mis espaldas están bien.
—Estaban —corrigió, en voz baja. Y entonces volvió a sonreír, desarmando el peso de su propia frase—.
Pero vale. Guárdate tus secretos de momento.
Lo acabo descubriendo todo tarde o temprano.
—Dio dos golpes en el marco de la puerta, en un gesto que parecía más amenaza que despedida—. Siempre lo descubro.
Y salió.
Me quedé solo en el despacho, con el silencio volviendo despacio, pesado de esa forma que solía gustarme.
Aquel día no me gustó.
Miré el teléfono sobre la mesa, y las ganas de cogerlo, de llamarla, de oír aquella voz en mitad de una tarde cualquiera, fueron más fuertes que cualquier informe que me esperara.
Era eso lo que me asustaba. No el deseo —ya había deseado antes—. Era la necesidad. La forma en que se había infiltrado en los rincones de mi rutina donde no entraba nada ni nadie. La forma en que, por primera vez en la vida, había algo que no lograba controlar y, peor aún, que no quería controlar.
Cogí el teléfono.
Y, mientras tecleaba su nombre en la pantalla, no se me pasó por la cabeza —ni por un segundo— que, en ese preciso instante, a pocas manzanas de allí, Logan estaba abriendo una carpeta con una dirección que lo cambiaría todo.
Una dirección con el nombre de una calle tranquila del Upper West Side. Y el nombre de un pequeño bistró.