CAPÍTULO 5
«En aquel instante, todavía creía que ciertos límites existían para ser respetados, hasta que ella me miró de aquella manera.»
GRAYSON HOLT
Cada minuto que pasaba veía más razones para estar allí con Hannah.
No era solo la belleza —aunque tenía una belleza que no se imponía, que se revelaba en los detalles—.
Era la forma en que sonreía avergonzada cuando se daba cuenta de que la observaban.
El gesto casi inconsciente con que se llevaba la mano al pelo cuando se quedaba sin respuesta.
La manera en que ocupaba su propio espacio sin pedir permiso, sin intentar agradar.
Cuando me dio las gracias por mis palabras, lo hizo con sencillez, como si los cumplidos no fueran algo habitual en su vida.
—Gracias —dijo, sosteniéndome la mirada un segundo más que antes—. No suele fijarse nadie de esa manera.
Había algo sincero en su voz, algo que no buscaba validación.
Volvimos a charlar, y la rigidez que solía arrastrar fue quedándose atrás poco a poco.
Me permití pequeños coqueteos: comentarios sutiles, miradas que se demoraban, observaciones que no eran evidentes.
Ella tardó un poco en darse cuenta, pero, cuando lo hizo, entró en el juego con una naturalidad que me pilló desprevenido.
Su sonrisa se volvió más suelta. La mirada, más atenta. Y, poco a poco, empezó a abrirse.
Habló de la rutina agotadora del restaurante. Del cansancio que no era solo físico. Habló de su madre, de la casa sencilla, de la sensación constante de que tenía que mantenerlo todo en pie, incluso cuando no estaba segura de cómo. No había autocompasión en sus palabras. Solo verdad.
Conté algo de mi rutina, que era consejero delegado de una empresa de la ciudad, pero no di demasiados detalles. Hasta me preparé para decir algo sobre el trabajo —un reflejo casi automático—, pero ella fue más rápida.
—Si de verdad quieres conocerme —dijo, con calma—, prefiero que no hablemos de trabajo.
Arqueé levemente las cejas, atento.
—No es desinterés —continuó—. Es solo que eso no define quién soy, y el dinero me da igual. Lo que quiero es ser feliz, nada más. Y, aunque adoro mi trabajo, hay algunas cosas que me duelen de ese tema.
La forma en que lo dijo no pareció ensayada. No había estrategia. Solo convicción.
Asentí, sintiendo algo raro en el cuerpo. Alivio, tal vez. La gente normalmente se acercaba a mí por interés, curiosidad o ambición. Con Hannah había sido al revés. Fui yo quien se acercó. Y, aun así, ella parecía querer mi compañía por lo que yo era allí, en aquel momento.
Llegaron los platos y la conversación fluyó con más naturalidad.
Observé cómo comía, cómo probaba cada sabor con auténtica atención, cómo comentaba sin pretender impresionar.
La forma en que se comportaba decía más de ella que cualquier discurso.
Había cuidado, presencia, un tipo de elegancia que no dependía del lugar.
La noche fue pasando sin que me diera cuenta. El restaurante se fue quedando más silencioso, las mesas de alrededor se vaciaron, y, cuando quisimos darnos cuenta, ya era tarde.
Nos marchamos y, en el camino de vuelta, el silencio entre nosotros no resultaba incómodo. Llegamos a su casa y aparqué el coche con más reticencia de la que me gustaría admitir. Salí primero y le abrí la puerta.
—Gracias por la cita —dijo, sonriendo y mirándome ahora a los ojos—. Ha estado muy bien.
La observé un instante, sintiendo que el impulso hablaba más alto que la cautela.
—No paro de pensar en cómo sabrá tu boca.
Las palabras se me escaparon antes de que pudiera reconsiderarlas. Vi el breve sobresalto en su rostro, seguido de algo que se parecía peligrosamente al deseo. Nos quedamos mirándonos, con la tensión creciendo en el espacio que nos separaba. Di un paso adelante. Ella no retrocedió.
De forma automática, le llevé la mano al rostro, sintiendo la piel caliente bajo mis dedos. Pasé el pulgar por su mejilla, bajando despacio hasta la boca, hasta los labios carnosos. Noté que se le entrecortaba la respiración.
—Será mejor que me pidas que me aparte —gruñí, con la voz ronca, intentando contenerme—. Porque, si no me lo pides, voy a seguir.
Ella alzó la mirada, firme, los ojos brillando con una determinación que me desarmó por completo.
—No quiero que pares.
Fue suficiente.
Me incliné despacio, dándonos tiempo para saborear la anticipación, y la besé con la lentitud de quien quería grabar cada segundo en la memoria.
Al principio, nuestros labios solo se rozaron: un toque leve, casi reverente, como si estuviéramos tanteando los límites de algo deseado desde hacía mucho.
El calor de su boca contra la mía era sereno, acogedor, cargado de un aroma sutil de su piel.
Suspiró bajito, un sonido que vibró contra mis labios y prendió algo profundo en mí.
Ese suspiro fue el detonante; el beso, hasta entonces contenido, cobró vida.
Su boca se abrió para mí con una entrega total, sin reservas, y noté su sabor —dulce, ligeramente salado por el sudor de la tensión acumulada, mezclado con el calor húmedo que me invitaba a explorar más—.
Nuestras lenguas se encontraron en un baile lento, deliberado, como si cada movimiento fuera una confesión silenciosa del deseo que nos consumía desde hacía tanto tiempo.
La atraje por la cintura, las manos firmes contra la curva de su espalda, sintiendo el tejido fino de la ropa deslizarse bajo mis dedos mientras su cuerpo se amoldaba al mío.
Encajaba a la perfección, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar; el calor de su piel irradiaba a través de la ropa, y un escalofrío nos recorrió a los dos a la vez, resonando en oleadas que me oprimían el pecho y aceleraban mi pulso.
Su respiración se volvió irregular, corta y caliente contra mi boca, y yo seguí el ritmo, profundizando el beso con una urgencia creciente, pero aún controlada; no por falta de deseo, sino por las ganas de prolongarlo.
Mis manos subieron despacio por su espalda, trazando la línea de la columna, sintiendo cada músculo tensarse y relajarse bajo mi tacto.
Ella arqueó el cuerpo contra el mío, los pechos presionando contra el mío, y un gemido bajo se le escapó de la garganta.
Respondí con un gruñido ahogado, deslizando una mano hasta su nuca, enredando los dedos en su pelo suave, ladeándole la cabeza para tener acceso total.
El beso se intensificó entonces: las lenguas entrelazándose con más hambre, los dientes rozando levemente los labios hinchados, su sabor volviéndose más adictivo a cada segundo.
Ella correspondió con la misma intensidad, las manos subiendo hasta mi cuello, las uñas arañando levemente la piel, enviando chispas de placer por mi cuerpo. Sentí su corazón latir desacompasado contra el mío, sincronizándose en un ritmo frenético que hablaba de una química innegable.
Sentía el deseo, un fuego que nos consumía despacio: el calor de entre sus piernas presionando contra mí, mi erección evidente contra su vientre, provocando oleadas de necesidad que nos hacían movernos por instinto, buscando más contacto, más fricción.
Sin romper el beso, la guie hacia atrás, hasta que su espalda dio con la pared cercana, su cuerpo atrapado entre el hormigón frío y el calor del mío.
Mis manos bajaron hasta sus muslos, alzándola un poco, y ella me rodeó las piernas con las suyas, abriéndose a mí en una entrega completa.
El beso se volvió voraz: las bocas devorándose una a la otra, las respiraciones entrecortadas, los gemidos ahogados que resonaban en la noche silenciosa.
Sentí su placer crecer en cada temblor, en cada contracción de sus músculos contra los míos; ella sentía el mío, en la rigidez que palpitaba contra ella, en la forma en que mis manos apretaban su piel como si no quisiera soltarla nunca.
Cuando por fin nos separamos en busca de aire, jadeantes, los labios hinchados y enrojecidos, el mundo de alrededor todavía me daba igual.
—No es fácil —dijo, en un tono ligero—. Pero esto no va a pasar de un beso. No en la primera cita.
Ladeé la cabeza, divertido y seguro a la vez.
—Pues que sepas que tendremos más citas.
Ella no respondió. Solo me dedicó una última sonrisa antes de entrar en casa. Me quedé allí, observando hasta que la puerta se cerró.
Aquella noche lo entendí con absoluta claridad: cada segundo había valido la pena, y eso porque todavía no la había tenido por completo...