CAPÍTULO 6
«Algunas propuestas no hablan de dinero, sino de lo que estamos dispuestos a perder.»
HANNAH brOOKS
Mi amiga parecía una garrapata pegada a mi espalda, y me pasé toda la mañana oyendo las mismas provocaciones mientras cortaba verduras, colocaba platos y fingía concentración.
—Lo prometiste... —recordó Lily, por tercera vez, apoyada en la barra, con aquella sonrisa que siempre precedía a algún lío.
—Prometiste contarlo en la comida —añadió Chloe, sentada en una de las mesas vacías, removiendo el café con una calma estratégica—. Y yo no trabajo aquí. He venido precisamente para los cotilleos jugosos.
Respiré hondo, intentando ganar tiempo. La hora de comer empezaba a animar el The Corner Plate.
Los clientes entraban poco a poco, los de siempre, los que sabían qué pedir sin mirar la carta.
El olor a comida llenaba el local, y yo me sentía, como casi siempre, en mi sitio.
Sin embargo, aquella mañana había sido distinta.
Estaba distraída, demasiado ligera para alguien que había pasado años sujetándolo todo con fuerza.
—Vale —cedí, por fin, apoyando los codos en la barra cuando el movimiento dio una tregua—. Ahora.
Las dos se inclinaron a la vez, exageradamente atentas.
Conté lo de la cena, empezando por lo básico, intentando mantener la compostura.
El restaurante demasiado elegante para mí, la sensación de estar fuera de lugar, la forma en que él parecía a gusto en cualquier escenario.
Pero, a medida que hablaba, los recuerdos volvían con más fuerza, y mi voz acababa delatando lo intenso que había sido todo.
—Me escuchó —dije, aún sorprendida—. De verdad. No parecía solo interesado en impresionar...
—Eso ya es sospechoso —interrumpió Lily, riéndose.
Conté cómo me miraba, como si estuviera registrando detalles que yo misma ignoraba. Hablé de las palabras que usó para describirme, de las cosas que notó sin que yo dijera nada. Y, cuando llegué al final de la noche, ya tenía las mejillas calientes.
—Me besó —añadí, bajando la voz sin darme cuenta.
—¡¿CÓMO QUE TE BESÓ?! —Lily prácticamente gritó.
—Lily —la reprendí, con una risa nerviosa—. Solo fue algo intenso.
Las dos empezaron a montar teorías, exagerando cada detalle.
—Apuesto a que te arrinconó contra la pared —me provocó Chloe.
—Apuesto a que ya está enamorado —remató Lily.
—Estáis flipando —comenté, aunque una parte de mí disfrutaba del delirio—. Fue solo un beso. Y dejé bien claro que no iba a pasar de ahí.
—En la primera cita —corrigió Chloe, con una sonrisa afilada.
Puse los ojos en blanco, pero no logré esconder la sonrisa. Durante unos minutos, nos reímos juntas, inventando escenas que nunca habían pasado, poniendo frases en boca de otros, exagerando los gestos. Aquella emoción compartida me sentaba bien. Hacía tiempo que no me lo permitía.
Fue entonces cuando se abrió la puerta.
La campanilla sonó, y algo en el ambiente cambió. Un hombre entró con pasos decididos, demasiado bien vestido para la sencilla hora de comer del bistró. Traje claro, postura rígida, una mirada que barría el espacio como quien busca a alguien en concreto. No parecía interesado en la comida.
—Uy... —murmuró Lily—. Ese no ha venido por el plato del día.
Suspiré y fui hacia él, asumiendo de forma automática el papel que siempre asumía allí.
—Buenas tardes —saludé—. ¿En qué puedo ayudarle?
Me miró con una atención calculada.
—¿Hannah Brooks?
Asentí, sintiendo ya cómo se instalaba una incomodidad.
—No he venido a comer —avisó, yendo directo al grano—. Necesito hablar con usted.
Antes de que respondiera, me tendió una tarjeta.
—Soy un intermediario —continuó—. Estoy autorizado a hacerle una generosa oferta económica por el local.
—No está en venta —respondí, firme, devolviéndole la tarjeta.
Pareció sorprendido, como si no estuviera acostumbrado a oír aquello.
—Solo le pido que me escuche. Es una oportunidad única, cifras así no aparecen dos veces.
—Le he dicho que no está en venta —repetí, manteniendo la voz estable—. Y no me interesa escuchar ofertas. Por favor, márchese.
Hubo un silencio incómodo. Me miró fijamente unos segundos, quizá intentando calcular si insistir serviría de algo. No sirvió.
—Piénselo bien —dijo, por fin—. La gente suele arrepentirse de las decisiones impulsivas.
—Yo no —respondí—. Y ahora, por favor, será mejor que se vaya.
Respiró hondo, asintió con rigidez y se marchó sin decir nada más. La campanilla volvió a sonar, y el ruido pareció más fuerte que antes.
Volví junto a las chicas, sintiendo algo pesado en el pecho.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Lily, sin el tono bromista de antes.
—Una oferta para comprar el bistró —expliqué, breve—. Otra vez.
Chloe frunció el ceño.
—¿Otra vez?
Asentí.
—No es solo un local —continué, sintiendo que se me cerraba la garganta—. Era de mi padre. Es lo único que todavía es suyo… que todavía es nuestro.
Las dos se quedaron calladas. Lily fue la primera en abrazarme, con cuidado. Chloe solo puso su mano sobre la mía, firme.
Respiré hondo, intentando alejar el recuerdo que se empeñaba en volver. La voz de mi padre en la cocina, el olor a comida, la herencia que no era dinero, sino historia.
—Oye —dijo Lily, con suavidad—. Esto no cambia quién eres. Ni lo que has construido aquí.
Asentí, agradecida. El movimiento volvió a crecer, y me recompuse, como siempre hacía. Pero, mientras volvía a los fogones, una parte de mí no podía dejar de pensar en el contraste absurdo de aquella mañana.
Entre risas, besos y ofertas frías, algo había empezado a moverse. Y yo todavía no sabía si aquello sería mi salvación o mi ruina.