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Vega Navarro reconoció los hechos, uno por uno, de pie y en voz alta.
Falsedad en documento oficial cometida por particular y obstrucción a la justicia.
Dos años y seis meses de prisión, suspendidos por carecer de antecedentes y por la confesión, multa e inhabilitación especial para el ejercicio de la actividad pericial en cualquier procedimiento judicial durante ocho años.
Su abogado le explicó tres veces que era un buen resultado, que con la confesión y la ausencia de antecedentes no iba a pisar una cárcel y que la inhabilitación se cumple sola.
Vega le dijo tres veces que ya lo sabía.
Lo que no le dijo, porque no venía al caso y porque no lo habría entendido, es que llevaba desde agosto esperando aquella mañana como se espera una operación: no por lo que iba a pasar, sino porque después de aquello ya no quedaba nada por decidir.
Le pidieron el carné profesional en una ventanilla y lo entregó en un sobre.
Salió del juzgado por la puerta principal. Ya no había cámaras: hacía catorce meses de aquel agosto y la historia se había contado entera tres veces, con documental incluido, y en octubre había otras cosas.
La vista de revisión del caso Ruano se había celebrado cuatro meses antes.
Duró dos días.
El primero declararon los peritos y se proyectaron los cuatro acetatos superpuestos, y un catedrático de Granada al que Vega conocía de tres congresos explicó ante la Sala, con mucha educación, por qué un pabellón auricular implantado un centímetro por debajo del ángulo mandibular no puede proceder de la observación de un ser humano.
El segundo declararon las mujeres.
Tania Reig declaró la última, a las doce y veinte de la mañana del segundo día, con un vestido azul y sin abogado, porque no había querido personarse.
Le preguntaron por la noche del 23 de agosto y lo contó entero: la lámpara del pasillo, el hombre en el hueco de la puerta, la tubería del radiador, la llave en el felpudo de Amalia.
Y luego el presidente le preguntó si tenía algo que añadir.
—Sí —dijo Tania Reig—. Que a mí me tomaron declaración cuatro veces y las cuatro les dije que aquel hombre me puso un papel en la cara.
Y que en la comisaría me preguntaron dos veces si yo no lo habría visto antes por internet.
—Se colocó bien en la silla—. Y que la chica que estuvo once días en la cárcel me había avisado en marzo por un mensaje.
Y que si le hubieran hecho caso a ella en enero, cuando se presentó en una comisaría con una carpeta debajo del brazo, a mí no me habría entrado nadie en casa en agosto.
Nadie le preguntó nada más.
Vega leyó esa declaración tres meses después, en el auto, en la página veintinueve, transcrita entre comillas y con la fórmula manifiesta la testigo , y la leyó cuatro veces seguidas.
Era, palabra por palabra, todo lo que la instrucción había tenido delante desde julio y no había querido mirar. Lo había dicho una mujer de treinta y siete años que trabajaba en una gestoría de Vallecas y a la que nadie había citado como perito de nada.
Vega no fue a la vista de revisión.
Su abogado se lo había desaconsejado y la Sala no la había citado, porque su declaración constaba por escrito y firmada desde el primer día y nadie la discutía.
La leyó entera cuando se publicó el auto: cuarenta y una páginas en las que su nombre aparecía cincuenta y tres veces, siempre en tercera persona y siempre en el mismo tono administrativo, y en las que la palabra dolo aparecía nueve.
El auto de la Sala se publicó el 26 de junio y ocupó cuarenta y una páginas.
En los informativos de aquella noche fueron dos líneas.
El Supremo anula la condena de Joaquín Vidal Arranz por el asesinato de Estela Ruano y declara su inocencia. Vidal pasó dieciséis años y tres meses en prisión.
Irene Vidal Serrano fue absuelta de todo salvo de un delito leve de revelación de datos personales, por las setenta y ocho fotografías del corcho, y pagó una multa de setecientos veinte euros que le costeó una colecta de internet en once horas.
En la puerta del juzgado, un periodista le preguntó si se sentía reparada y ella contestó que no sabía lo que significaba eso.
Paula Andreu vendió el piso de Prosperidad en marzo y se fue a Alicante, y en junio le escribió a Vega un mensaje de cuatro líneas para decirle que estaba bien y que había vuelto a dormir con la ventana abierta.
Rocío Balboa declaró en la vista de revisión y no quiso hablar con ningún medio.
Tania Reig contestó a dos entrevistas y en las dos dijo lo mismo que había dicho en la sala.
Julia empezó segundo de bachillerato en septiembre, aprobó todo y sacó un notable alto en Historia.
Iba a ver a Vega los domingos, y a veces los miércoles, y cenaban en la cocina y no hablaban del caso, y luego un día de noviembre, sin venir a cuento, Julia dijo:
—He quedado con Irene.
Vega dejó el tenedor.
—¿Con Irene Vidal?
—Sí. Hemos quedado dos veces. —Julia movió el vaso dos dedos a la izquierda y no la miró—. En una cafetería. Hablamos.
—¿De qué habláis?
—De nada. De la uni. Ella quiere estudiar Derecho.
Vega estuvo un rato sin decir nada, con el tenedor todavía en el plato.
—¿Te parece mal? —dijo Julia—. Porque si te parece mal lo dejo, ¿eh? Te lo digo en serio.
—No.
—Es que si te parece mal…
—Julia, mírame. —Vega esperó a que su hija levantara la cabeza del plato—. Ella tenía siete años y tú tenías quince. Y las dos encontrasteis lo mismo por vuestra cuenta y ninguna de las dos se lo pudo contar a su padre.
Julia se quedó quieta con el vaso a medio camino.
—No me parece mal —dijo Vega—. Me parece lo único que tiene sentido de todo esto.
—Mamá —dijo Julia, al final de aquella cena de noviembre—. ¿Tú vas a volver a dibujar?
—No para un juzgado.
—No, digo dibujar.
Vega recogió los dos platos.
—No lo sé —dijo—. Llevo casi tres años sin coger un lápiz para nada que no sea un papel roto de otro.
—Pues deberías.
—¿Por qué?
—Porque se te da bien. —Julia se encogió de hombros con una naturalidad que le hizo daño—. Y porque es lo único de esta familia que no ha hecho daño a nadie.
En el juicio de octubre, después de la conformidad y antes de que el presidente levantara la sesión, le preguntaron si quería decir algo.
Vega se puso de pie.
Había preparado tres folios en su casa, la noche anterior, y los llevaba doblados en el bolsillo interior de la chaqueta, y no los sacó.
Miró la sala. Había once personas: el tribunal, la fiscal, los dos abogados, la letrada de la Administración de Justicia, dos agentes, un periodista y, en la última fila, con la mochila en las rodillas, su hija de dieciocho años, que había pedido permiso en el instituto y había ido sola en metro.
—Llevo veinte años enseñando en cursos de formación que un retrato robot es una hipótesis dibujada y que no sirve para condenar a nadie —dijo—. Lo he dicho delante de más de mil agentes. Lo decía todos los julios en Ávila, con el caso Ruano proyectado en la pared, poniéndolo de ejemplo.
La sala estaba en silencio.
—Y ahora tengo que decir la otra mitad, que no la he dicho nunca. —Habló mirando al tribunal—. Un retrato no encuentra culpables. Los fabrica, si nosotros se lo permitimos. Y lo hace deprisa, y sin ruido, y con la colaboración honrada de mucha gente que no está mintiendo.
Se paró un momento.
—Yo lo permití. Yo lo hice. Y luego me pasé dieciséis años explicando en clase cómo se evita.
Se sentó.
En la última fila, su hija no se movió.
El presidente le dio las gracias, dijo la fórmula y levantó la sesión a la una menos veinte.
En el pasillo, Julia la estaba esperando de pie, con la mochila colgada de un hombro, y no le dijo nada. Le cogió la mano y bajaron juntas los tres tramos de escalera.