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El piso nuevo era más pequeño y estaba en Ventas, en un cuarto sin ascensor con la escalera de terrazo, y tenía dos habitaciones: una para dormir y otra que daba a un patio interior y en la que cabía justo la mesa de dibujo y una silla.
Vega se mudó en enero, con dos furgonetas y sin ayuda.
Vendió la casa de antes en noviembre y la de Alcalá en marzo, esta última muy por debajo de tasación y a un comprador que sabía perfectamente lo que había pasado en el segundo piso y que regateó con eso.
Con lo de las dos casas pagó la multa, los abogados y la mitad de una responsabilidad civil que un juez fijaría más adelante, y le quedó lo justo para un cuarto sin ascensor en Ventas.
Trabajaba desde marzo en un taller de restauración de papel de la calle Lagasca, cuatro días a la semana y por las mañanas, reintegrando papel y estabilizando soportes de grabados del XIX.
El dueño era un hombre de setenta años que la había contratado en una entrevista de doce minutos y que, en once meses, no le había preguntado ni una sola vez por nada.
Los tres primeros meses fue de prácticas y sin cobrar, porque el dueño le dijo que no sabía si iba a servir y que prefería no mentirle.
Se le daba bien, y le sorprendió que se le diera bien. Tenía buen pulso y paciencia, y aquel oficio consistía en devolver a los papeles rotos la parte que les faltaba sin inventarse nada, y eso le parecía, algunos días, una broma que alguien le había preparado con mucho tiempo.
Los domingos venía Julia y cenaban en una mesa de cocina más pequeña que la de antes.
Hablaban de la selectividad, del taller, de un vecino del segundo que tocaba el saxofón a horas imposibles. A veces hablaban de Nacho, poco y con cuidado, y siempre lo empezaba Julia.
Una noche de diciembre dijo, mirando el plato:
—Yo le quería mucho.
—Ya lo sé.
—¿Eso está mal?
—No —dijo Vega—. Eso es lo que hay. Y no se arregla.
El sábado por la mañana bajó al trastero a por la caja.
La subió, la puso en la mesa de dibujo y encendió el flexo.
Dentro estaba todo lo que le habían devuelto en septiembre, cuando la causa quedó firme y el juzgado acordó la devolución de los efectos no relevantes: las láminas viejas, los cuadernos de espiral, dos carpetas de cursos y la reproducción a trescientos puntos del retrato de noviembre de 2010.
Y estaba lo otro, que no venía del juzgado y que llevaba un año en un sobre de papel manila.
La copia del retrato de Joaquín Vidal Arranz que Vega se había quedado el 17 de febrero, después de firmar el acta, con la autorización escrita del modelo.
Puso las dos cosas encima de la mesa de dibujo, una al lado de la otra, a la misma altura, con el flexo en medio.
A la izquierda, el de 2010. La cara larga, la ceja partida en el tercio medio, el párpado caído, los ojos hundidos, la implantación del pelo en pico. Un dibujo técnicamente impecable hecho por una chica de veinticinco años que sabía dibujar mejor que nadie de su promoción.
Y la oreja izquierda, un centímetro y dos milímetros por debajo de donde puede estar una oreja humana.
A la derecha, el de febrero, en papel de gramaje alto, con el grafito ya asentado y sin fijar.
Un hombre de cincuenta años con el tercio inferior vaciado, las líneas del entrecejo, las dos bolsas bajo los ojos, una cicatriz de tres centímetros bajo la ceja izquierda hecha con una guillotina de encuadernar en 2019, y las dos orejas en su sitio.
Vega acercó la silla y estuvo mirándolos un rato largo.
Los comparó, porque no sabía hacer otra cosa con dos papeles encima de una mesa. Puso los dos a la misma escala mentalmente, buscó la línea de los ejes en cada uno y recorrió los dieciséis puntos que había recorrido tantas veces en la mesa de luz de la casa de antes.
Distancia interpupilar respecto a la anchura del cráneo: no coincidía.
Altura del tercio medio: no coincidía.
Ángulo del maxilar: no coincidía.
Implantación del pelo: coincidía. Era lo único.
Dieciséis puntos y uno solo en común, y ese por casualidad, porque en noviembre de 2010 ella había copiado el nacimiento del pelo de una fotografía de ficha policial en la que se veía bien.
Los dos eran suyos. Esa era la parte que había tardado casi tres años en poder sostener sin apartar la vista: que los dos habían salido de la misma mano, con el mismo lápiz, con el mismo método y con la misma técnica.
La única diferencia entre los dos era a quién había estado mirando ella mientras dibujaba.
Hubo un momento, hacia el final, en que le vino la idea de guardarlos los dos.
Meterlos en una funda, ponerlos juntos en el archivador, dejarlos ahí. Los papeles no se destruyen, decía su oficio nuevo: se estabilizan, se reintegran, se guardan en un sobre neutro y se dejan para el que venga después.
Estuvo con esa idea un minuto entero, dándole vueltas con todo el vocabulario del oficio nuevo puesto por encima, y al final le pareció lo que era: una cobardía con muy buenos modales.
Cogió el de 2010 con las dos manos.
Era una reproducción de imprenta de treinta por cuarenta, en papel satinado, amarilleada por los bordes, con una trama de puntos gruesa.
No era el original: el original estaba en un juzgado de Alcalá de Henares, dentro de una pieza de convicción, con una etiqueta y un número, y allí se iba a quedar para siempre, porque los documentos de un procedimiento no se destruyen.
Aquello no destruía nada. No borraba dieciséis años, no sacaba a nadie de ninguna cárcel, no le devolvía la cara a Estela Ruano ni a Miriam Soler ni a Rosario Quintana, y no era un gesto que fuera a cambiar absolutamente nada en el mundo.
Vega Navarro lo rompió igual, allí de pie, sin ceremonia y sin decir nada.
Lo rompió por la mitad, y luego las dos mitades por la mitad, y luego siguió hasta que no quedó ningún trozo en el que se pudiera reconocer una cara, y echó los trozos a la papelera de debajo de la mesa.
Se quedó un rato de pie mirando la papelera de debajo de la mesa.
Y comprobó, con una parte de sí misma que llevaba tres años esperando la ocasión de comprobarlo, que no sentía absolutamente nada. Ni alivio, ni liberación, ni el peso que se quita. Nada.
Aquello no era una ceremonia. Era una mujer de cuarenta y cuatro años rompiendo una fotocopia en un cuarto de doce metros un sábado por la mañana.
Después se sentó.
Cogió el otro, el de febrero, y lo puso derecho contra la pared, apoyado en la pared del fondo, a la altura de los ojos.
Lo miró un rato largo, desde la silla, con las manos en las rodillas.
No lo midió.
Se quedó sentada delante de aquel dibujo en un cuarto de doce metros que daba a un patio, con el flexo encendido a las once de la mañana de un sábado, mirando la cara de un hombre de cincuenta años a la que no le faltaba nada y a la que no le sobraba nada.
Le había costado dieciocho años hacer un retrato honesto.
El domingo lo dejó donde estaba, apoyado en la pared.
El lunes por la mañana, antes de irse al taller, lo metió en una funda rígida con una hoja de seda por delante, escribió una dirección de Usera en el sobre y lo dejó en la mesa del recibidor para bajarlo a Correos.
No puso remitente, porque la dirección de aquel sobre la conocía el destinatario y la suya no le hacía ninguna falta a nadie.
Dentro no metió ninguna nota. Ni una línea, ni una firma, ni una fecha.
No hacía ninguna falta. El hombre que iba a abrir aquel sobre llevaba trece años en un taller de encuadernación y sabía perfectamente cómo se manda un dibujo para que llegue entero.
Y lo iba a reconocer a la primera, sin abrir la funda del todo, porque era su cara.