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La visita la había pedido él.
Estaban el letrado de Joaquín —un abogado de treinta y muchos años que había cogido el asunto en septiembre y que hablaba de la revisión con una energía que no se le contagiaba a nadie—, el abogado de Vega, una procuradora que se fue a los cinco minutos y ellos dos.
Joaquín llegó con veinte minutos de antelación y esperó de pie en el pasillo, porque nadie le dijo que podía sentarse.
Llevaba una chaqueta de punto y unos zapatos nuevos que le hacían ruido en la moqueta.
Había engordado cuatro o cinco kilos y se le notaba en la cara, y tenía la piel de otro color, y se había dejado el pelo un poco más largo por arriba.
—Señora Navarro.
—Señor Vidal.
—Siéntese, que esto no va a durar mucho.
Se sentaron uno enfrente del otro, con la mesa ovalada en medio y los dos abogados en los extremos, mirándose entre ellos como se miran los abogados cuando no entienden por qué están en una habitación.
—Le voy a preguntar una cosa —dijo Joaquín—. Y quiero que sepa que no es una trampa y que no la voy a usar contra usted. Mi abogado me ha dicho que se lo diga así.
—Consta —dijo el abogado de Vega.
—Pregunte.
Joaquín puso las dos manos encima de la mesa, una encima de la otra, como las ponía en el locutorio.
—¿Usted sigue dibujando?
Vega tardó en contestar.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque tengo un procedimiento abierto y una inhabilitación pedida por la fiscalía —dijo—. Y porque no me sale.
—Ya. —Joaquín movió una mano—. Pues yo quiero que me haga un retrato.
En la sala, el abogado joven se movió en la silla.
—Joaquín, ya lo hemos hablado…
—Ya lo hemos hablado tres veces y sigo queriendo. —No levantó la voz—. Y no es para nada. No es para el recurso, ni para la prensa, ni para el libro ese que dice usted que me van a proponer. Es para mí.
Se giró hacia Vega.
—Usted me hizo una cara hace dieciséis años y con esa cara me han conocido cuarenta millones de personas. —Habló despacio—. Yo quiero una mía. Hecha por usted. Mirándome.
Vega tenía las manos en el regazo.
—Señor Vidal, yo no…
—Es lo único que le voy a pedir en mi vida —dijo Joaquín—. Y usted me debe una cara.
—Señor Vidal —dijo el abogado de Vega—, mi clienta tiene un procedimiento abierto y todo lo que haga con usted puede acabar en un juzgado.
—Pues que acabe.
—Le estoy diciendo que esto no le conviene a ella.
—Y yo le estoy diciendo que no se lo estoy pidiendo a usted. —Joaquín no levantó la voz ni una vez en toda la reunión—. Se lo estoy pidiendo a ella, que está aquí delante y tiene boca.
Los dos abogados se miraron.
Vega miró la mesa ovalada, la moqueta gris, la ventana que daba a la calle Alcalá.
—¿Con testigos? —dijo.
—Con los que usted quiera.
—Y con acta.
—Con acta y con lo que haga falta. —Joaquín se echó un poco hacia atrás—. Yo no vengo a tenderle una trampa, señora. Se lo he dicho al entrar.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Entonces sí —dijo Vega.
La sesión fue el 17 de febrero, en la misma sala, a las once de la mañana, con los dos abogados presentes y un acta que firmaron los cuatro al terminar.
Vega llevó lo suyo en una carpeta que llevaba once meses cerrada en un armario: papel de gramaje alto, tres lápices de grafito blando, la goma moldeable, un afilador y un pie de rey que no llegó a usar.
Los lápices los afiló en su casa, la noche antes, sentada a la mesa de la cocina, y tardó veinte minutos en afilar tres lápices.
Colocó la silla de él contra la pared, a metro ochenta, con la luz de la ventana entrando de tres cuartos por la izquierda, que es la luz que enseña la estructura sin dramatizarla.
—¿Aquí?
—Ahí.
—¿Cómo me pongo?
—Como esté cómodo. Va a ser una hora larga.
—¿Puedo hablar?
—Puede hacer lo que quiera menos moverse mucho.
Vega se sentó en una silla sin brazos, puso el papel en la carpeta rígida, apoyó el canto en la rodilla, levantó la vista y lo miró.
Y empezó.
Empezó por el volumen, como se empieza siempre: la caja del cráneo, la línea de los ejes, la altura de los tres tercios. Luego el maxilar, que en aquel hombre había cambiado desde 2010 porque el tercio inferior se le había vaciado y la mandíbula tiraba hacia abajo en el lado derecho.
Puso la implantación del pelo, con la entrada más profunda a la derecha, que era la única cosa de aquella cara que ella había dibujado bien en 2010 y que había dibujado bien por casualidad.
Puso el párpado.
El párpado derecho de Joaquín Vidal Arranz caía dos milímetros más que el izquierdo. Eso era verdad. Lo había sido siempre. Era el único rasgo del retrato de 2010 que existía de verdad en aquella cara, y Vega lo miró durante casi un minuto antes de trazarlo.
Puso las líneas del entrecejo, dos verticales muy marcadas que no estaban en 2010 y que no las hace la edad.
Las dos bolsas bajo los ojos. La cicatriz pequeña, de tres centímetros, que le cruzaba la ceja izquierda por debajo y que no era una ceja partida ni se le parecía en nada, y que se había hecho en el taller de encuadernación en 2019 con la guillotina.
Y puso las orejas.
Las dos, en su sitio, a la altura a la que están las orejas humanas: el borde superior a la altura del canto externo del ojo, el lóbulo a la altura de la base de la nariz. Bandeja siete, lámina once de veinticuatro.
Le llevó cincuenta minutos justos llegar hasta ahí.
Y a los cincuenta minutos, mientras trabajaba la sombra bajo el pómulo derecho con el canto del lápiz, muy despacio, en tramas cortas, Vega Navarro se dio cuenta de que estaba llorando.
No paró.
Siguió midiendo, siguió tramando, siguió levantando la vista cada seis o siete segundos para comprobar el modelo, con la cara mojada y sin hacer ruido, y las lágrimas le cayeron dos veces sobre el papel y las secó con el canto de la mano y siguió.
Joaquín no dijo nada. Ni una palabra, ni un movimiento, ni un carraspeo.
Estuvo hora y veinte minutos sentado contra una pared, quieto, mirándola trabajar, y en algún momento de esa hora y veinte los dos abogados dejaron de mirar el móvil.
A la hora, Joaquín habló por primera vez.
—¿Puedo preguntarle una cosa mientras trabaja?
—Puede.
—¿Qué está haciendo ahora mismo?
Vega no levantó la vista del papel.
—Ahora mismo estoy poniendo la sombra que le hace el pómulo derecho —dijo—. Con el canto del lápiz, no con la punta. Y estoy comprobando cada pocos segundos que la distancia entre el ojo y la oreja es la que es y no la que yo creo que es.
—¿Y eso hay que comprobarlo?
—Eso hay que comprobarlo siempre. —Midió con el lápiz en el aire, con el brazo estirado—. La mano tira de lo que ya sabe. Si la dejas, te dibuja una cara que has hecho antes.
Joaquín se quedó callado un momento.
—Como en 2010 —dijo.
—Como en 2010.
A las doce y veinte, Vega separó el papel del cuerpo y lo miró desde un brazo de distancia.
Después le dio la vuelta al papel y se lo enseñó, sujetándolo con las dos manos por los bordes.
Joaquín se levantó de la silla, se acercó despacio y se quedó de pie delante del dibujo, a un metro, con las manos colgando y sin tocarlo.
Estuvo callado mucho rato.
—¿Es así? —dijo Vega—. ¿Se le parece, no se le parece, o le falta algo?
Y Joaquín Vidal Arranz, que había pasado dieciséis años y tres meses en prisión por el retrato de un hombre que no existía, se quedó mirando el suyo y dijo:
—Está más viejo de lo que yo pensaba.
Y luego, al cabo de un rato:
—Es la primera vez en dieciséis años y tres meses que alguien me mira una hora seguida.