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Vega lo vio en la televisión de la cocina, de pie, con un café que se le enfrió entero.
Llevaba veintitrés días sin trabajar. La Policía había resuelto su colaboración el mismo lunes, el colegio profesional le había abierto un expediente el martes y su abogado le había dicho que se preparara para dos años de procedimiento y que no hablara con nadie.
Salía poco. Hacía la compra a primera hora, cuando no había nadie, y había dejado de ir a la frutería de siempre porque la frutera la miraba de una manera.
Julia venía los domingos y su padre la traía en coche y no subía.
Ruth Colomer la había llamado dos veces. Merche Ibarra, cuatro, y en la última le había dicho que si quería tomar un café, ella cogía el metro.
Vega no había cogido ninguna.
En la pantalla se veía el muro color arena del Centro Penitenciario Madrid VII, la garita y la puerta pequeña de personal, con dieciséis cámaras alineadas en la acera de enfrente detrás de una valla de obra que alguien había puesto esa misma mañana.
El presentador dijo que la Sala Segunda había acordado, a instancia del Ministerio Fiscal, la suspensión de la ejecución de la condena mientras se tramitaba el recurso de revisión, y que era una decisión excepcional, y que en los últimos cuarenta años se contaban con los dedos de las manos.
Luego se calló, y en la realización tuvieron el buen gusto o la pereza de dejar el plano quieto.
Fue un plano largo, de dos minutos y cuarenta segundos, sin música y sin voz.
La puerta pequeña se abrió a las nueve y veintiuno, seis minutos después de la hora que habían dado.
Salió un funcionario primero, con una carpeta. Detrás salió un hombre de cincuenta años, con un pantalón de pinzas que le venía grande de cintura y una camisa azul claro con las marcas del doblado todavía marcadas en las mangas.
Llevaba una bolsa de deporte azul en la mano derecha y no llevaba nada más: ni maleta, ni cajas, ni una sola de las cosas que se acumulan en dieciséis años y tres meses.
Se paró en el segundo escalón, con una mano en el pasamanos, y no volvió a moverse durante once segundos.
No miró a las cámaras. Miró al frente, a la carretera, y luego un poco hacia arriba, y estuvo así unos segundos, quieto, con la bolsa colgando.
Vega, de pie en su cocina, se dio cuenta de dos cosas a la vez.
La primera fue que su hermano llevaba muerto veinticuatro días y que ella no había llorado todavía.
La segunda fue que estaba mirando la cara de aquel hombre en una pantalla y no estaba midiendo nada. No la implantación del pelo, ni la distancia interpupilar, ni el ángulo del maxilar. Nada. Llevaba treinta segundos mirando una cara como la mira todo el mundo.
Joaquín Vidal Arranz bajó los dos escalones y echó a andar por la acera.
A veinte metros, al otro lado de la valla de obra, en la esquina, había una chica de veinticuatro años con una sudadera negra y las manos metidas en los bolsillos del canguro.
Los cámaras la habían visto y la habían tenido en plano toda la mañana, y por eso, cuando él se paró delante de ella, hubo un movimiento de trípodes que se oyó en el directo.
Vega se acercó a la pantalla sin darse cuenta, hasta quedarse a un metro.
No se abrazaron.
Se quedaron uno frente al otro, a metro y medio, y él dijo algo corto y ella contestó algo corto, y luego él levantó una mano y se la puso a su hija en el hombro, y se la dejó ahí.
Estuvieron así ocho segundos, que en un directo son muchísimo, y en el plató nadie habló por encima, y eso fue lo único elegante que hizo aquella mañana la televisión española.
Después ella cogió la bolsa de deporte y echaron a andar los dos hacia un coche gris que esperaba con las luces puestas, y el plano los siguió hasta que se subieron, y a Vega le pareció que andaban raro, desacompasados, como andan dos personas que no han andado nunca juntas por una calle.
Y no era una impresión. Era exactamente eso: cuando lo detuvieron, aquella niña tenía siete años.
El coche arrancó.
El presentador volvió a hablar y Vega quitó el volumen.
Volvió a poner el volumen un momento.
En el plató, dos tertulianos discutían sobre si el Estado iba a indemnizar y con qué baremo, y una abogada explicaba que el procedimiento por error judicial es distinto del de revisión y que puede tardar años, y que la media de las indemnizaciones por prisión indebida en España está por debajo de lo que la gente se imagina.
Nadie dijo el nombre de Estela Ruano en catorce minutos.
Vega quitó el volumen otra vez.
Se acordó, sin querer acordarse, de una tarde de 2014 en Salamanca: doscientas personas en un aula magna, ella con treinta y tres años y un puntero láser, el retrato proyectado a tres metros de alto, y una fila de asientos delante llena de gente tomando apuntes.
Aquel día había hablado cincuenta minutos y había terminado con una ovación.
El móvil vibró en la encimera a los diez minutos. Era Ulloa.
—¿Lo has visto?
—Lo he visto.
—Yo también. —Se oía una cocina de fondo, un niño—. Estoy de baja y me paso el día viendo cosas.
—¿Cómo estás?
—Mal. —Ulloa lo dijo sin rodeos—. La instrucción del disparo va a durar meses y me han dicho tres veces que no me preocupe, que es lo que se dice. Y yo llevo veinticuatro días durmiendo cuatro horas.
—Ya.
—Vega, no te llamo para eso.
—¿Para qué me llamas?
Hubo una pausa.
—Para decirte que lo que has visto esta mañana ha pasado porque tú te sentaste en un coche a las tres de la madrugada y me lo contaste todo.
—Ulloa habló deprisa, como quien se quita algo—.
Eso es lo que ha pasado, y hoy no lo va a decir nadie en ninguna televisión, y me parecía mal que no te lo dijera alguien.
—También ha pasado porque yo lo hice —dijo Vega.
—Sí. Las dos cosas.
—No son iguales.
—No, no son iguales, y por eso he tardado veinticuatro días en llamarte. —Un ruido de silla—. Pero es que las dos son verdad y la gente solo va a contar una.
—Sonia.
—Dime.
—¿Tú vas a volver?
—A la UDEV, sí. Cuando se cierre lo del disparo. —Un silencio—. Y voy a volver siendo peor policía en una cosa y mejor en otra, y todavía no sé cuál de las dos gana.
—¿Cuál es la peor?
—Que ya no me voy a fiar de un caso que encaja.
Colgaron a los dos minutos.
Vega se quedó en la cocina con la televisión sin sonido.
Fue al estudio, abrió el archivador y sacó la carpeta de la letra R, que estaba vacía desde hacía veintitrés días porque la comisión judicial se había llevado los cuatro folios de papel cebolla, la reproducción de 2010 y la funda con los cuatro acetatos, y le había dejado un recibo.
Se quedó con la carpeta vacía en las manos y la volvió a meter en su sitio.
Luego fue al cuarto de Julia, que llevaba veintitrés días sin dormir allí, y se sentó en el borde de la cama.
En la estantería seguían los libros de texto y la mochila colgada de la silla.
Vega miró la cama, y la persiana bajada, y la esquina de la mochila, y se le puso delante, sin que ella lo llamara, el encuadre exacto de la última página dibujada de un cuaderno de 2026.
Se levantó y salió del cuarto.
Se sentó por fin, con el café frío delante, en la silla en la que se sentaba Julia.
En la pantalla, un rótulo repetía en bucle el nombre de un hombre de cincuenta años que llevaba una hora en la calle y que iba en un coche gris hacia un piso de Usera que no conocía, con una hija a la que había echado de su vida hacía dieciséis meses.