52
Amaneció a las siete y cuarenta y dos, y a Vega le pareció que tardaba muchísimo.
Para entonces la calle Cristo de los Doctores tenía cinta desde la esquina, cuatro coches patrulla, dos ambulancias, la comitiva judicial y catorce vecinos en bata al otro lado del cordón.
A las nueve llegó la primera cámara. A las diez había once, y a las diez y media, un dron que un agente hizo bajar a gritos.
Julia estaba en la parte de atrás de una ambulancia con una manta térmica sobre los hombros que no necesitaba y un vaso de agua que no se bebió.
Le habían mirado las pupilas, le habían tomado la tensión y le habían dicho tres veces que estaba bien, y la tercera vez lo habían dicho mirando a su madre y no a ella.
Vega se sentó a su lado en el estribo, con las manos entre las rodillas.
Estuvieron un rato sin hablar. Al otro lado de la calle, dos vecinos con el perro miraban la casa y no se iban, y un poco más allá, una mujer mayor le contaba algo a un policía municipal señalando la fachada con el bastón.
—¿Está muerto? —dijo Julia.
—Sí.
—¿Lo has visto tú?
—Sí.
Julia movió la cabeza despacio, dos veces, y se quedó mirando el bordillo.
—¿Me va a pasar algo a mí? —dijo—. Por lo de las fotos. Por mandárselas a ella.
—No.
—¿Seguro?
—Tienes dieciséis años y encontraste un documento en casa de tu abuelo —dijo Vega—. No, cariño. A ti no te va a pasar nada.
—Yo cené con él —dijo Julia—. Hace ocho horas.
—Ya.
—Hizo pasta con tomate. La que hace siempre. —Le castañeteaban los dientes con veintiocho grados—. Y hablamos de mates. Y luego recogió los dos platos y me dijo que subiéramos, y yo subí.
Vega le puso una mano en la espalda, con mucho cuidado, y su hija no se apartó.
Se quedaron así un rato, en el estribo de una ambulancia, mirando la casa donde había nacido la madre.
—Mamá.
—Dime.
—Cuando estábamos en la cocina, antes de subir. —Julia hablaba mirando el bordillo—. Le pregunté si tú y él os habíais peleado. Y me dijo que no. Y me dijo que os queríais mucho pero que hablabais poco, y que eso era cosa del abuelo.
Vega no dijo nada.
—Y luego me dijo una cosa rara.
—¿Qué te dijo?
—Que yo era la primera de la familia que preguntaba. —Julia se giró por fin—. Y me dio las gracias.
A las once menos cuarto, Ulloa se acercó al estribo de la ambulancia con otra mujer detrás.
—Vega.
Vega se levantó.
—Esta es la inspectora Herranz, de Asuntos Internos. —Ulloa lo dijo mirándola a la cara—. Y ahí detrás está el letrado de la Administración de Justicia, que quiere hablar contigo en cuanto terminemos aquí.
—Vale.
—Te van a tomar declaración esta tarde y va a ser larga.
—Lo sé.
—Y hay una cosa que te tengo que decir yo, porque me toca a mí.
—A Ulloa se le movió algo en la garganta—.
Con lo que me contaste anoche en el coche, y por lo que consta en el atestado, hay indicios de falsedad en documento oficial, de obstrucción y de un delito contra la Administración de Justicia de 2010.
La causa está prescrita en algunos extremos y en otros no, y eso lo decidirá un juez.
Pero desde esta mañana estás investigada.
—Vale.
—No vas a ir a un calabozo. Vas a ir con nosotros, vas a declarar con abogado y luego te vas a tu casa a esperar.
—Vale.
—¿Es todo lo que vas a decir?
Vega miró la casa de sus padres, con la puerta abierta y dos técnicos entrando con maletines.
—Gracias por decírmelo tú —dijo.
—Sonia —dijo Vega.
—Dime.
—El disparo.
Ulloa se quedó un segundo con la mandíbula apretada.
—Va a haber una investigación de eso también —dijo—. Es lo normal. Y voy a estar de baja administrativa hasta que se cierre.
—¿Estás bien?
—No —dijo Ulloa—. Y no me lo preguntes más, por favor.
Herranz se acercó y fue correcta y breve.
Le preguntó si necesitaba algo, si tenía a alguien que se pudiera hacer cargo de la menor y si prefería salir por la parte de atrás.
Vega dijo que no necesitaba nada, que el padre de la niña ya venía en camino desde Getafe y que no, que no quería salir por detrás.
—¿Por qué por delante? —dijo Ulloa, muy bajo.
—Porque llevo cinco semanas saliendo por detrás.
Salió por delante.
Anduvo los cuarenta metros que había desde la puerta de la casa de sus padres hasta el coche entre las cámaras, con las manos a los lados, sin taparse, con la ropa del día anterior y la sangre de su hermano ya seca en el puño derecho y en la manga de la camisa, y no contestó a ninguna de las once preguntas que le hicieron a gritos.
La declaración duró cinco horas y veinte minutos, con dos pausas y un abogado que Vega había llamado desde el coche y que resultó ser el hermano de una compañera de la facultad.
Contó todo lo que había contado en la A-2, otra vez, en orden, con fechas, y firmó cada folio.
A las nueve de la noche de aquel sábado, un juzgado de instrucción de Alcalá de Henares acordó la incoación de diligencias previas y la remisión de testimonio a la Sala que había dictado la sentencia de 2011.
A las once, en su casa, Vega abrió el archivador del estudio, sacó de la letra R la carpeta de plástico con los cuatro folios de papel cebolla y se la entregó a la comisión judicial que la estaba esperando en el salón.
Habían pasado treinta y ocho días desde la noche en que la sacó del trastero y la guardó en el bolso entre la agenda y el neceser.
Firmó el acta de entrega en la mesa de la cocina, de pie.
El domingo por la mañana, Sergio se llevó a Julia a su casa. Se despidieron en el portal, las dos de pie en la acera, y no supieron abrazarse bien.
—Te llamo esta noche —dijo Vega.
—Vale.
—Julia.
—¿Qué.
—Lo que hiciste en la cocina de casa el jueves pasado. —Vega tragó—. Preguntarme. Eso fue lo que hizo falta.
Julia se metió en el coche sin contestar y no cerró la puerta hasta que su madre se dio la vuelta.
El domingo por la noche, el pódcast A cara descubierta publicó un episodio de cincuenta y ocho minutos titulado «El documento».
El episodio empezaba con dos minutos de silencio y un aviso: que lo que iban a escuchar era la transcripción íntegra de una diligencia policial de 26 de octubre de 2010 que nunca formó parte del sumario del caso Ruano, y que se la había facilitado, con su autorización expresa y por escrito, Irene Vidal Serrano, hija del condenado.
Lo leyeron entero. Las cuarenta y una preguntas y las cuarenta y una respuestas, con las pausas marcadas entre paréntesis, sin música de fondo, sin cortes y sin un solo comentario del presentador.
No dijeron el nombre de Vega Navarro ni una sola vez en cincuenta y ocho minutos, y eso, en un pódcast de crímenes reales, fue una decisión.
Al llegar a la tercera respuesta, el presentador la repitió dos veces, despacio.
Un hombre normal. No le vi bien. Iba oscuro.
Aquella noche el episodio se descargó cuatrocientas mil veces. A la mañana siguiente lo abría el informativo de las nueve, y a mediodía lo había citado un diputado en una comisión.
A la mañana siguiente, el abogado de oficio de Joaquín Vidal Arranz, que llamaba a su cliente en febrero y en octubre, presentó un escrito de nueve páginas ante la Sala de lo Penal.
Era el primer escrito que presentaba en catorce años.
Ese mismo lunes, a las once y media de la mañana, en el módulo cuatro del Centro Penitenciario Madrid VII, un funcionario entró en el taller de encuadernación y le dijo a un interno de cincuenta años que dejara lo que estaba haciendo, que tenía una llamada.
Joaquín Vidal Arranz se limpió las manos en el mandil, marcó con una tira de papel la página del acta municipal que estaba cosiendo, la dejó abierta boca abajo sobre la mesa y fue detrás del funcionario por el pasillo.