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—Y eso es lo que no os he perdonado nunca —dijo Nacho.
Lo dijo tranquilo. Ese fue el detalle que Vega recordaría el resto de su vida: que su hermano dijo la peor frase de la noche sin levantar la voz, con las manos quietas sobre las rodillas, en el borde de la cama de sus padres.
—¿El qué?
—Que me borrasteis.
Julia, en el suelo, no se movía.
—Yo tenía diecisiete años y había hecho una cosa horrible —dijo—. Y a los quince días yo no existía. No había estado allí, no había salido de casa, no había pasado nada. Papá me miraba como se mira un mueble que se ha arreglado. Y tú… —Se paró—. Tú dejaste de mirarme, Vega. Dieciséis años.
—Nacho.
—¿Y qué querías? —dijo Vega—. ¿Que te entregara?
—Quería que me preguntarais.
—¿Qué?
—Que me preguntarais. —Y lo dijo con una sencillez horrible—. Uno de los dos. Cualquiera. En dieciséis años. «Nacho, ¿qué pasó aquella noche?» Seis palabras.
—Y todo lo que hice se lo disteis a otro. —Se le movió algo en la mandíbula—. Cada noche que yo salí a la calle, cada casa en la que estuve, cada mujer que dibujé. Todo eso lleva dieciséis años siendo de un hombre que se llama Joaquín Vidal y que está en Estremera.
—Tú le mandabas postales —dijo Vega.
—Yo le mandaba lo mío. —Y ahí, por fin, hubo otra cosa en la voz—. Una vez al año, en octubre. Para que alguien en este mundo supiera que existía.
—¿Y las de Madrid? —dijo Vega—. Este año. Paula Andreu. Rocío Balboa. Miriam Soler. Tania Reig.
Nacho tardó en contestar.
—Ese no era yo —dijo—. Eso lo hizo la niña esa.
—La niña esa no entró en ninguna casa.
—La niña esa cogió mi cara y la puso en internet. —Y ahí sí levantó la voz, por primera y única vez en toda la noche—. Mi cara, Vega. Puso mi cara en una página y se puso a escribirle a mujeres para decirles que tuvieran cuidado conmigo. ¿Y qué querías que hiciera? ¿Que me quedara en el sofá?
—Querías que la culparan a ella.
—Quería que dejaran de mirar. —Volvió a bajar la voz de golpe, y eso fue peor—. Nada más. Que dejaran de mirar y que todo volviera a estar como estaba.
Vega se apartó de la pared.
—¿Y Rosario Quintana?
—Esa señora iba a hablar. —Lo dijo igual que había dicho lo de la ventana del patio—. Y tú fuiste a verla un miércoles y yo fui detrás.
Julia soltó un ruido pequeño desde el suelo.
—Nacho, esa cara la dibujé yo —dijo Vega.
—Ya lo sé.
—Y llevas dieciséis años poniéndosela delante a mujeres a las que ibas a hacer daño, para que la describieran.
—Yo no me inventé esa cara. —Su hermano levantó las dos manos, con las palmas hacia arriba, y por primera vez sonó lo que era: un hombre que lleva media vida esperando decir una frase—. Tú dibujaste. Yo solo llevé lo que dibujaste.
Y entonces Vega hizo la única cosa que le quedaba por hacer.
Se giró hacia su hija.
—Julia. Mírame.
Julia levantó la cara del brazo.
—En noviembre de 2010, en la comisaría de Alcalá, yo hice un retrato robot con una testigo que se llamaba Rosario Quintana —dijo Vega—. Esa mujer me dijo tres veces que no le había visto la cara al hombre que salió del portal. Está grabado y está escrito y lo tengo en mi casa.
—Mamá…
—Déjame terminar, que es la primera vez.
Habló mirando a su hija y no a su hermano.
—Mi padre, tu abuelo, me pidió que ayudara a esa mujer a recordar una cara concreta.
Y yo lo hice. Le puse debajo de las láminas la ficha de un hombre del bloque y le fui poniendo delante los rasgos de ese hombre hasta que ella dijo que sí.
Y luego mi padre le dio una fotocopia de mi dibujo y esa mujer la llevó tres semanas en el bolso, y luego lo señaló en una rueda de reconocimiento, y ese hombre lleva dieciséis años en la cárcel.
Julia estaba llorando sin hacer ruido, con la boca abierta y las dos manos abiertas sobre las rodillas.
—Y eso es lo que hice —dijo Vega—. Y no fue tu abuelo. Fui yo. Él me lo pidió y yo cogí el lápiz.
—Y hay una cosa más y esa no la sabe nadie —dijo Vega—. En aquel dibujo hay una oreja que no existe. La bajé un centímetro por debajo de donde puede estar una oreja humana.
—Eso lo dijiste en la tele —dijo Julia—. Dijiste que fue un error.
—No fue un error.
Nacho levantó la cabeza.
—Lo hice a propósito. —Vega no le miró—. Lo hice para que un día alguien lo midiera, y viera que esa cara no podía existir, y todo se cayera sin que yo tuviera que decir nada. Y luego me pasé dieciséis años enseñando ese dibujo en clase y esperando a que alguien lo mirara.
—¿Y nadie lo miró? —dijo Julia.
—Nadie.
Vega se giró por fin hacia su hermano.
Y le vio lo que llevaba diez minutos esperando ver, y no fue rabia.
Fue la cara de un hombre al que acaban de quitarle lo único que tenía.
—Ya está —dijo Vega—. Ya no hay secreto.
Nacho se quedó mirando a su hermana durante lo que a Vega le pareció mucho tiempo y que después, en la declaración, calculó en cuatro o cinco segundos.
Después se levantó de la cama.
Ulloa dio medio paso y él lo notó y se quedó quieto, con las manos abiertas y separadas del cuerpo, y no hizo nada.
—Dibújame —dijo.
—¿Qué?
—Dibújame a mí. —Le temblaba la voz, y era la primera vez en toda la noche—. Ahora. Aquí. Con lo que sea, con un boli, en un papel de la cocina. Y que salga en todos los sitios donde ha salido el otro. Yo. Con mi cara.
—Nacho.
—Es lo único que te he pedido en mi vida, Vega. —Dio un paso hacia ella—. Dieciséis años. Dile a la gente quién era.
Vega Navarro miró a su hermano en el dormitorio de sus padres.
Le miró la cara con la parte de ella que llevaba veinte años mirando caras, y por primera vez en su vida no midió nada. No vio el maxilar de su padre ni la implantación del pelo de su madre ni la asimetría de la comisura que compartían los dos hermanos.
Vio a un hombre de treinta y tres años pidiendo que lo dibujaran.
Y entendió, con una claridad que le llegó tarde y entera, que aquello era lo único que su hermano había querido en dieciséis años; que las mujeres dormidas, y los cuadernos, y las postales de octubre, y el papel doblado en cuartos, y las dos muertas, todo eso eran maneras torpes y monstruosas de pedir lo mismo.
Que alguien le pusiera cara.
—Esta vez no —dijo.
Lo que pasó después duró menos de tres segundos y Vega no consiguió nunca ordenarlo del todo.
Nacho se giró hacia el rincón donde estaba Julia y dio dos pasos rápidos, y Vega se movió, y Ulloa gritó una vez, y Julia se echó hacia atrás contra el armario con los brazos por delante.
Y sonó el disparo.
Nacho Navarro cayó de lado sobre la moqueta del dormitorio de sus padres, entre la cama y el armario, y no se movió.
Vega llegó al suelo un segundo después.
Le puso las dos manos donde había que ponérselas y gritó algo hacia la puerta, y por la escalera subían pasos, muchos, y alguien apartó a Julia y alguien encendió la luz grande del techo.
Ulloa estaba de pie a un metro con el arma todavía en las dos manos y el cañón hacia el suelo, y no se movía, y respiraba muy deprisa.
En la puerta había cuatro personas.
Alguien decía por radio una dirección y una palabra, y la repetía.
Su hermano tenía los ojos abiertos y la miraba.
Movió la boca.
No salió nada, y volvió a intentarlo, y Vega se agachó hasta pegar el oído a su cara.
—Dibújame.
Vega Navarro le puso la mano en la cara a su hermano, en la mejilla, y se la dejó ahí.
—Nacho.
Y no dijo que sí, y no dijo que no, y estuvo con la mano en esa cara hasta que alguien la levantó del suelo por debajo de los brazos y la sacó de la habitación.