50
El dormitorio de sus padres tenía la cama grande sin hacer, con una colcha de rayas que Vega no veía desde el entierro, y una lámpara de mesilla encendida.
Julia estaba sentada en el suelo, con la espalda contra el armario, abrazada a sus propias rodillas.
Tenía los ojos rojos y el pelo revuelto y estaba entera.
—Mamá.
—Estoy aquí, cariño.
—No me ha hecho nada. —Lo dijo deprisa, con la voz rota—. Mamá, de verdad, no me ha hecho nada, hemos cenado y luego me ha dicho que te estaba esperando y que no me moviera.
Nacho estaba sentado en el borde de la cama de sus padres, con los codos en las rodillas y las manos colgando entre ellas.
No tenía nada en las manos ni cerca de las manos.
Llevaba la misma camisa del jueves y las zapatillas quitadas, colocadas junto a la mesilla, una al lado de la otra.
—Hola, Vega —dijo—. Has tardado.
—He ido a tu casa.
—Ya. —Se miró las manos—. Se me ocurrió tarde que ibas a ir allí primero.
Ulloa entró detrás de Vega y se quedó a la derecha de la puerta, con la mano abierta a la altura del cinturón y sin sacar nada.
—Ignacio Navarro.
—Ya sé quién soy, inspectora. —Nacho no la miró—. ¿Cuántos hay abajo?
—Los suficientes.
—Vale. —Se pasó la mano por la nuca—. Pues que no suban, que aquí no hace falta nadie más.
—Nacho —dijo Vega—. Deja que la niña baje.
—Baja tú con ella si quieres.
—Nacho.
—Que no la estoy sujetando, Vega. —Y abrió las dos manos delante, como para que se vieran—. Mírame. No tengo nada. No he tenido nada en toda la noche.
—La niña puede irse cuando quiera. —Levantó la vista por primera vez—. Julia, ¿tú quieres irte?
Julia miró a su madre.
—Vete —dijo Vega.
Julia no se movió.
—Julia. Vete abajo con la inspectora.
—No.
—Julia…
—Que no. —Se le quebró la voz y aun así lo dijo entero—. Llevo cinco meses esperando a que alguien me lo cuente. Y aquí están los dos.
En el dormitorio se hizo un silencio de tres segundos.
Vega miró a Ulloa. Ulloa no movió un músculo de la cara, y aquello, viniendo de ella, era un permiso.
Y Nacho se rio.
Fue una risa corta, dos notas, sin nada de amenaza, y fue lo más insoportable de toda la noche.
—Es tuya, ¿eh? —dijo—. Es igual que tú.
—Nacho.
—Siéntate, anda. —Señaló la silla de la esquina, la de la ropa—. Que llevo desde las siete pensando cómo se empieza esto y no se me ha ocurrido nada.
Vega no se sentó.
Miró la habitación, porque era lo único que podía hacer para no mirar a su hija en el suelo. La cómoda de su madre con el tapete. El espejo del armario con una grieta en la esquina desde 1998. La mesilla de su padre, con el cajón entreabierto.
Y encima de la cómoda, apoyada contra el espejo, una fotografía enmarcada de los tres en Peñíscola, en el 96, que ella había visto en marzo dentro de una bolsa de farmacia en el trastero de su propia casa.
Su hermano la había traído.
—¿Has cenado con ella? —dijo Vega.
—Le he hecho pasta.
—¿Y luego?
—Y luego le he dicho que subiera y que te esperáramos. —Nacho se encogió de hombros—. Y le he dicho que no cogiera el teléfono. Y no lo ha cogido.
—Nacho.
—Empieza tú, si quieres, que se te da mejor. —Levantó la vista—. Porque yo llevo desde las siete de la tarde pensándolo y no se me ha ocurrido por dónde.
—Empieza por Estela Ruano —dijo Vega—. Por el principio y entero.
Su hermano se quedó mirando la colcha de rayas.
—Se llamaba Estela Ruano y tenía veintiún años, y eso tú ya lo sabes.
—Habló despacio, sin ningún énfasis, como quien explica una avería a un seguro—.
Yo la veía por la calle desde el verano.
Vivía en el bloque de la esquina de Sandoval y Rojas y volvía tarde, y yo tenía diecisiete años y no dormía.
—Nacho.
—Déjame acabar, que me has preguntado tú.
Se pasó la lengua por el labio.
—La ventana del patio no cerraba. Llevaba meses sin cerrar y ellas se quejaban al casero. —Movió una mano, dos centímetros—. Entré cuatro veces. Las cuatro me quedé en el pasillo. No la toqué nunca, Vega. Yo solo quería mirarla dormir.
Julia, en el suelo, se tapó la boca con las dos manos.
—Nacho —dijo Vega—. Aquí está tu sobrina.
—Ya lo sé. —Ni siquiera se giró—. Y tiene dieciséis años y lleva cinco meses buscándolo. ¿Se lo cuento en bonito?
—Se lo cuentas o no se lo cuentas.
—Se lo cuento, claro que se lo cuento. —Y entonces sí levantó la cabeza y miró a la niña—. Julia, lo que voy a decir ahora es verdad y es lo peor que vas a oír en tu vida. Y luego tú decides lo que haces conmigo.
Julia no dijo nada.
—Y la cuarta vez se despertó.
Nadie dijo nada.
—Y se despertó y me miró y yo… —Se paró. Fue la única vez que se paró—. Yo tenía diecisiete años. Y le puse la mano en la boca para que no gritara. Y luego había pasado.
—¿Y luego? —dijo Vega.
—Y luego me fui a casa andando, por la calle Mayor, y en el semáforo de la esquina esperé a que se pusiera verde. Eso es lo que más he pensado en dieciséis años. Que esperé a que se pusiera verde.
—¿Y papá?
—Papá estaba levantado. —Nacho levantó la cabeza y por primera vez miró a su hermana a la cara—. Estaba en la cocina, a oscuras, sentado, con un vaso de agua delante sin tocar. Yo creo que me estaba esperando desde hacía semanas.
—¿Por qué?
—Porque yo salía todas las noches desde julio y volvía a las tantas, y él era policía. —Nacho se miró las manos—. No hace falta ser un genio.
—¿Se lo contaste?
—No hizo falta. —Movió una mano—. Me miró y me dijo: siéntate. Y estuvimos allí hasta las cinco de la mañana.
Vega tenía la espalda contra la pared del armario.
—¿Y qué hicisteis? —dijo—. Los dos. En esa cocina.
—Él. Lo hizo él. —Nacho lo dijo sin rencor y sin agradecimiento—.
Me quitó la ropa y la metió en una bolsa.
Me hizo lavarme dos veces. Me preguntó por dónde había entrado, por dónde había salido, a quién me había cruzado, si había tocado el pasamanos, si había fumado.
Todo. Me lo preguntó todo como se lo preguntaba a los detenidos, con la libreta delante, y luego arrancó la hoja.
En el dormitorio se oía el zumbido de la lámpara.
—¿Y la hoja? —dijo Vega.
—¿Qué hoja?
—La que arrancó. La de la libreta.
Nacho la miró con algo parecido a la sorpresa.
—¿Tienes la libreta?
—La tengo desde hace cinco semanas. Falta la hoja de esa noche.
—Ah. —Se pasó la mano por la boca—. La quemó en el fregadero. Estaba yo delante. Le puso el mechero por una esquina y la sostuvo hasta el final, y luego abrió el grifo y se lavó las manos.
Vega se apoyó otra vez en la pared.
Durante cinco semanas había vivido con una posibilidad guardada en un cajón y sin mirarla: que el hueco de aquella libreta no fuera un hijo, sino un padre. Que la noche sin paradero de Andrés Navarro fuera otra cosa.
No lo era. La noche sin paradero de Andrés Navarro había sido eso: nueve horas en una cocina, borrando a su hijo.
—Y a las cinco menos diez me dijo tres cosas —siguió Nacho—. Que no se lo contara nunca a nadie. Que a partir de esa noche yo no había salido de casa. Y que él lo iba a arreglar.
—Y lo arregló.
—Lo arregló contigo.
Vega no se movió.
—Yo no sabía cómo lo iba a arreglar —dijo su hermano—. Te lo juro por la niña. Yo tenía diecisiete años y me pasé quince días vomitando y esperando a que llamaran a la puerta. Y un día llamaron a la puerta y era él, y venía contento, y me dijo: ya está.
—¿Y qué era «ya está»?
—«Ya está» era que había un hombre. —Nacho abrió las manos—. Un hombre del bloque, con una cara, con un dibujo. Y el dibujo lo habías hecho tú.