El hombre que dibujé 49
88%

49

La casa era un chalet adosado de tres alturas en la calle Cristo de los Doctores, con un seto sin podar y una placa de cerámica junto al timbre en la que ponía NAVARRO en letras azules.

Vega la había visto por última vez en marzo, desde la calle, sin bajarse del coche.

Ulloa lo comprobó con la linterna tapada con la mano y cotejó los cuatro números finales con el móvil.

—Es él.

Ulloa aparcó a ochenta metros, con las luces apagadas, detrás de un contenedor de vidrio.

Antes de bajarse llamó por radio y habló treinta segundos con alguien que estaba a doce minutos.

—Quédate en el coche.

—No.

—Vega, no me lo pongas difícil.

—Sonia, escúchame un momento. —Vega se giró entera en el asiento—. Ahí dentro hay un hombre que no ha hecho daño a esa niña en toda su vida y una niña que lo quiere. Si entráis vosotros por la puerta con chalecos y linternas, eso cambia en cuatro segundos.

—Eso lo decide el que manda y no eres tú.

—Ya lo sé.

—Y el que manda va a llegar en catorce minutos con un grupo, y hasta entonces aquí no entra nadie.

Llegaron en once minutos. Dos coches sin distintivos, una furgoneta y siete personas que se bajaron con las puertas a medio cerrar y se pusieron los chalecos en la acera sin hacer ruido. El que mandaba se llamaba Cifuentes y tenía cincuenta y muchos años y una manera de hablar bajísima.

Se colocaron sin una palabra. Dos saltaron al jardín trasero por la casa del número 14, cuyo dueño abrió en calzoncillos y no preguntó nada. Dos se fueron a la calle paralela. Tres se quedaron en la puerta.

Un cuarto se subió al capó de la furgoneta con unos prismáticos.

—¿Hay luz? —preguntó Cifuentes.

—En el segundo piso —dijo el que había ido a mirar—. Una ventana, la de la izquierda. Persiana medio bajada.

—¿Movimiento?

—Ninguno. Ni una sombra. La luz lleva encendida desde que llegamos y la persiana está a la misma altura.

Vega, que estaba a diez metros de la puerta con la espalda contra el muro del jardín, cerró los ojos un segundo.

—Ese es el dormitorio de mis padres —dijo—. Esa cama sigue ahí.

Cifuentes se acercó dos pasos.

—¿Usted conoce la casa?

—Nací en esa casa y viví en ella hasta los veintitrés años.

—Cuénteme la planta.

Se lo contó en noventa segundos, de memoria, con las manos, sin equivocarse una sola vez: entrada, recibidor a la derecha, salón al fondo, cocina a la izquierda con una puerta que daba al jardín, escalera de frente.

Primera planta: dos cuartos y un baño. Segunda: el dormitorio grande, un trastero pequeño y una escalerilla a la azotea.

—¿Salidas desde el segundo?

—La azotea. Hay una escalerilla de hierro atornillada a la pared del trastero pequeño. Se pasa a la del vecino por un murete de un metro.

Cifuentes mandó a dos hombres a la casa de al lado.

—¿Armas en la vivienda?

—No.

—Piénselo bien.

—Lo he pensado en el coche durante cuarenta minutos. —Vega habló muy bajo—. Mi padre entregó la reglamentaria al jubilarse en 2011 y en esa casa no ha habido nunca nada más. Ni escopeta, ni navajas de colección, ni nada. Mi hermano no es de eso.

—¿Su hermano es de qué?

Vega tardó dos segundos.

—De las manos —dijo.

Cifuentes la miró un momento y volvió a lo suyo.

—¿Cocina?

—Cuchillos, supongo. Los de siempre. Se quedaron en los cajones cuando cerramos la casa.

—¿Hay teléfono fijo en la casa?

—Lo dimos de baja en 2023.

—¿Y la niña dónde puede estar?

—Si él está en el dormitorio de mis padres, ella está en el dormitorio de mis padres. —Vega se oyó decirlo y se le puso la voz rara—. Mi hermano no la va a dejar sola en otra habitación. No por lo que usted está pensando. Porque le da miedo que se vaya.

—¿Y la puerta de la calle?

—Cerradura de 1991. —Vega sacó del bolsillo el llavero pequeño—. Y esta es la llave. Nunca la cambiamos.

Cifuentes miró la llave y luego la miró a ella.

—Señora Navarro, usted no entra.

—Escúcheme un momento y luego decide usted.

—Vega habló muy despacio, muy bajo, sin ningún dramatismo, porque había entendido en algún punto de la última hora que aquella era la única manera de que la escucharan—.

Mi hermano lleva desde las siete de la tarde en esa casa con mi hija y no le ha hecho nada.

No le ha hecho nada nunca. Si le fuera a hacer algo ya se lo habría hecho.

—Eso no lo sabe.

—Lo sé porque no está ahí por ella. —Vega señaló la ventana del segundo con la barbilla—.

Ha aparcado el coche delante del garaje, con la matrícula a la vista, en la casa de sus padres, a dos calles del sitio donde empezó todo, y ha dejado una luz encendida en el único cuarto de esa casa que significa algo.

Cifuentes esperó.

—Está esperando a alguien —dijo Vega—. Y no son ustedes. Lleva ocho horas ahí arriba con esa luz encendida y no ha llamado a nadie.

Se quedaron un momento en silencio, los tres, en la acera de una calle de Alcalá de Henares, a las tres y cuarenta de la madrugada de un sábado de agosto.

—Ulloa —dijo Cifuentes—. Contigo.

Cifuentes se apartó cinco metros, habló por el micro del hombro durante cuarenta segundos y volvió.

—Va a entrar usted con la inspectora Ulloa —dijo—. Yo entro detrás con dos y nos quedamos en la escalera. Usted no discute, no negocia y no le da nada. Si él se mueve hacia la menor, usted se aparta. ¿Está claro?

—Está claro.

—Y una cosa más. —Cifuentes se acercó medio paso—. Si en algún momento le pide a usted que salgamos, no le diga que sí. No le diga que no. Cambie de tema.

—Vale.

—¿Cómo se llama su hija?

—Julia.

—¿Y él?

—Nacho.

—Entonces cuando entre, diga los dos nombres —dijo Cifuentes—. En voz alta y los dos. A la niña le sirve para saber que ha llegado alguien y a él le sirve para saber que sigue siendo alguien.

Entró Vega delante, con Ulloa a un metro y medio detrás y dos hombres en el recibidor.

Abrió con su llave, despacio, girando el bombín con las dos manos para que no sonara.

Giró a la primera, como había girado siempre.

—Nacho —dijo Vega, en voz alta, desde el recibidor—. Julia. Soy yo.

Nadie contestó.

La casa olía a cerrado y a polvo caliente y a algo más que Vega reconoció sin querer: al detergente de suelos que usaba su madre y que había dejado de fabricarse en 2009.

En el recibidor no habían tocado nada en tres años. La consola seguía en su sitio, con la bandeja de las llaves vacía. En el salón, los muebles estaban tapados con sábanas.

En la cocina, encima de la mesa camilla de siempre, había dos platos.

Vega se paró en el marco de la puerta.

Dos platos, dos vasos, dos tenedores puestos en paralelo. Una olla en el fuego apagado. Media barra de pan cortada en rodajas gruesas.

Y en el escurridor, del revés, un plato más pequeño, de postre, todavía húmedo.

Ulloa alumbró la mesa un segundo con la linterna tapada.

—¿Esto es de esta noche?

—El plato del escurridor está mojado —dijo Vega.

Subieron.

En el primer piso estaba su cuarto de niña, con el papel pintado de rayas y una cama sin colchón, y el cuarto de Nacho, vacío del todo, con las marcas cuadradas en la pared donde habían estado los pósteres hasta 2011.

Desde el segundo llegaba luz por debajo de una puerta.

El segundo tramo de escalera era más estrecho y crujía en el cuarto y en el séptimo escalón, y Vega lo sabía desde los seis años.

Puso el pie en el último escalón y su hermano habló desde dentro, con la voz de siempre, en un tono de conversación normal.

—Sube, Vega.