El hombre que dibujé 48
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La luz del pasillo se apagó y Vega no se levantó a darle.

Se quedó a oscuras, sentada en el suelo de cemento, con el cuaderno abierto en las rodillas y la linterna del móvil apuntando al techo.

Y en esos treinta segundos vio la otra salida.

Y decir: mi hija de dieciséis años no aparece desde las siete de la tarde y estaba con mi hermano.

Nada más.

Eso bastaba. Con eso, un sábado de agosto a la una y media de la madrugada, se pone en marcha una máquina que no para: teléfonos, matrículas, cámaras, patrullas.

Con eso encontraban a Julia. Con eso encontraban a Nacho.

Y en el registro de aquel trastero, hecho por otros, con orden judicial y a plena luz, aparecían dieciséis cuadernos y una fotocopia gastada, y todo el país sabía en cuarenta y ocho horas quién era el cooperador varón no identificado.

Y nadie tenía por qué saber nunca lo de 2010.

Porque el escrito de la fiscal ya decía que las descripciones estaban contaminadas por una imagen viral.

Porque ella misma había explicado en directo, ante siete cámaras, que aquella oreja era un error de juventud.

Porque su padre estaba muerto, y Rosario Quintana estaba muerta, y la única transcripción que existía en el mundo estaba en una carpeta de plástico en el archivador de su estudio, en la letra R, y ella podía quemarla el domingo por la mañana en el fregadero.

Salvaba a Julia. Entregaba a su hermano. Y conservaba, entera, la vida que se había construido encima de una oreja imposible.

Vega Navarro estuvo treinta segundos con esa puerta abierta delante, sentada en el suelo de un trastero, a oscuras, y no fue una tentación pequeña ni breve: fue la vida entera que le quedaba, ofrecida por escrito y sin coste, en un sótano de la calle Virgen del Portillo.

Después encendió otra vez la linterna, se levantó, cogió los dieciséis cuadernos de la balda y la caja de zapatos, lo puso todo en el suelo del pasillo, salió y dejó la puerta del trastero abierta de par en par.

Sacó el móvil, buscó el número y se quedó un segundo con el pulgar encima.

Marcó.

Ulloa contestó al quinto tono, con la voz espesa de quien lleva dos horas durmiendo después de tres semanas sin dormir.

—¿Vega?

—Sonia, escúchame y no me interrumpas hasta el final.

—¿Qué hora es?

—La una y cuarenta. —Vega estaba de pie en un pasillo de sótano, con la luz del temporizador apagada—. Necesito confesar dos crímenes. El mío primero.

Al otro lado se oyó el ruido de alguien incorporándose en una cama.

—Estoy en el trastero de mi hermano, en la calle Virgen del Portillo. He entrado con una llave que él me dio en 2021. Aquí hay dieciséis cuadernos de dibujo, uno por año desde 2011, con mujeres durmiendo. Todas se parecen a Estela Ruano. Todas tienen los ojos rotos.

—Vega.

—Hay una fotocopia del retrato de 2010 doblada en cuatro, gastada por los pliegues, con los ojos perforados. Es la que Tania Reig describió el sábado pasado.

—Vega, para. Para y…

—Y en el cuaderno de este año, en la última página, está mi hija dormida en su cama, con fecha del jueves de la semana pasada. —La voz le salió plana—. Y mi hija se fue ayer a las siete de la tarde con él y no contesta al teléfono desde entonces.

Silencio de dos segundos largos.

—Vale —dijo Ulloa, y ya estaba de pie, se le notaba—. Vale. No toques nada más. ¿Estás sola?

—Estoy sola.

—Sal a la calle, métete en tu coche y cierra por dentro. Voy para allá y mando una patrulla ahora mismo, y voy a llamar al de guardia y a Ferreras. Dame el número del trastero y la calle otra vez.

—Sótano dos, puerta catorce.

—¿Y lo otro?

—¿Qué otro?

—Has dicho dos crímenes.

Vega se apoyó en la pared del pasillo.

—El de 2010 —dijo—. El mío.

—¿Qué me estás diciendo, Vega?

—Te estoy diciendo que el retrato del caso Ruano lo hice dirigido.

—Lo dijo de una vez, sin pausas, porque sabía que si se paraba no lo terminaba—.

Que la testigo no vio esa cara. Que mi padre me pidió que la orientara y yo la orienté.

Que hay una transcripción de la primera entrevista con Rosario Quintana que nunca entró en el sumario y que está en mi casa desde hace cinco semanas, en un archivador, en la letra R.

Al otro lado se oyó una silla.

—¿Cinco semanas?

—Cinco semanas.

—Vega, el sábado enterramos a esa mujer.

—Ya lo sé.

—¿Y por qué me lo cuentas ahora?

Vega miró el pasillo del sótano, oscuro, con dieciséis cuadernos apilados en el suelo a dos metros de sus pies.

—Porque acabo de ver un dibujo de mi hija durmiendo —dijo—. Y porque hace media hora he entendido que si no lo cuento todo esta noche, no lo cuento nunca.

La patrulla llegó a los nueve minutos. Ulloa, a los veintiséis, con el pelo mojado y unas zapatillas de correr.

Bajó al sótano con la linterna del móvil, se puso unos guantes, se agachó delante de los dieciséis cuadernos alineados en el suelo del pasillo y estuvo dos minutos sin decir nada.

Abrió el de 2013. Pasó cuatro páginas.

—Vale —dijo—. Vale.

Cerró el cuaderno, se levantó y se giró hacia Vega, y en la cara tenía dos cosas a la vez que Vega no había visto nunca juntas en nadie: espanto y una especie de alivio profesional.

—Nos vamos —dijo—. Lo demás lo hace el equipo. Tú y yo nos vamos ahora mismo a buscar a tu hija.

Llegaron a Alcalá a las tres y diez de la madrugada.

Ulloa conducía y no habló durante los primeros veinte minutos, y Vega lo contó todo en esos veinte minutos, del tirón, mirando la carretera.

La toma de contacto del 26 de octubre en casa de Rosario Quintana, con su padre delante y la niña de cuatro meses en brazos.

Un hombre normal. No le vi bien. Iba oscuro.

La transcripción que no está en el sumario y que llevaba dieciséis años doblada en tres dentro de una carpeta azul.

La cocina del 5 de noviembre. Nacho estuvo allí esa noche.

¿Entiendes lo que te pido? La ficha policial de Joaquín Vidal Arranz debajo de las láminas.

La ceja partida. El párpado. La fotocopia que su padre le dejó llevarse a la testigo tres semanas antes de la rueda.

Y la oreja.

—¿A propósito? —dijo Ulloa, y fue lo primero que dijo.

—A propósito.

—¿Por qué?

—Para que alguien la encontrara.

Ulloa no dijo nada más durante cinco kilómetros.

—Hay una cosa más —dijo Vega, a la altura de Torrejón—. Y esa la he entendido esta noche.

—Dime.

—El coche. —Se giró hacia la ventanilla—. Hubo un coche al ralentí en el aparcamiento de la Jefatura, el día que estuvimos con el expediente. Y otro en la esquina de la calle de Rosario Quintana, el miércoles que fui a verla. Un diésel oscuro. No lo miré ninguna de las dos veces.

—Joder.

—Fui yo quien le llevó hasta esa puerta —dijo Vega—. Yo no lo llamé, yo no le dije nada. Simplemente fui, y él iba detrás.

Ulloa no le dijo que no era culpa suya. No le dijo nada durante un minuto entero, y luego dijo lo único que se podía decir a esa hora en un coche.

—Eso lo vas a tener que contar tú también.

—Lo voy a contar todo.

En el salpicadero, el reloj marcaba las tres y cuatro.

—El coche de tu hermano pasó por el pórtico de la A-2, kilómetro veintiséis, a las siete y cincuenta y dos de la tarde —dijo Ulloa—. En dirección Alcalá. Lo tengo desde hace veinte minutos.

—Ya lo sé.

—¿Cómo que ya lo sabes?

—Porque no hay otro sitio —dijo Vega—. La casa está a dos calles del portal de Estela Ruano.