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El trastero de Nacho estaba en el sótano menos dos, al fondo de un pasillo de puertas metálicas numeradas, con luz de temporizador.
Vega entró en el portal con la llave de su hermano y bajó por la escalera de servicio a la una y diez de la madrugada.
La puerta metálica hizo el ruido que hacen todas las puertas de trastero del mundo y que se oye en todo el sótano.
Buscó el interruptor a tientas por dentro del marco, no lo encontró y usó la linterna del móvil.
Olía a cerrado y a un poco a aguarrás.
Lo primero que vio fue lo esperable: dos bicicletas, una de ellas sin rueda delantera; cajas de mudanza rotuladas con la letra de su hermano; un radiador eléctrico; una maleta grande de las de facturar; cuatro botes de pintura; un ventilador de pie.
Y al fondo, contra la pared, una estantería metálica de cuatro baldas.
En las tres de arriba había carpetas de planos y tubos de cartón. En la de abajo, alineadas, de canto, con los lomos hacia fuera, había cuadernos.
Vega se agachó y le alumbró.
Eran cuadernos de dibujo. De los buenos, de tapa dura y papel de gramaje alto, de los que costaban veintitantos euros. Estaban ordenados. En el lomo de cada uno, escrito a rotulador con letra de delineante, había un año.
2011. 2012. 2013. 2014.
Contó los lomos con el dedo, de izquierda a derecha, alumbrándolos uno a uno.
2011. 2012. 2013. 2014. 2015. 2016. 2017. 2018. 2019. 2020. 2021. 2022. 2023. 2024. 2025.
Y uno más al final, con el lomo un poco más limpio que los demás.
Dieciséis.
Sacó el de 2011 y lo abrió apoyándolo en el muslo, con la linterna entre los dientes.
El papel crujió al abrirse, con ese sonido de cuaderno bueno que no se ha abierto en años.
En la primera página había una mujer durmiendo.
Estaba de perfil, con la mejilla en la almohada, dibujada a carboncillo sobre el papel grueso, con las sombras extendidas con el dedo. En la esquina inferior derecha, a lápiz fino, había una fecha: 14-3-2011 .
Vega pasó la página.
Otra mujer. Otra noche. 29-4-2011.
Otra. 2-6-2011.
Pasó cuatro páginas, seis, diez, y las manos empezaron a moverse solas, más deprisa de lo que ella decidía, y el cuaderno de 2011 se terminó y cogió el de 2012 y lo abrió por la mitad y había otra mujer durmiendo y otra fecha, y lo cerró y cogió el de 2017 y lo abrió por la mitad y había otra, y el de 2021, y el de 2024.
Años.
Años de mujeres dormidas.
Vega se sentó en el suelo de cemento del trastero con la espalda contra la estantería y el cuaderno de 2024 abierto en las rodillas.
Estuvo así un minuto entero, quizá dos, con la linterna apuntando al techo y las manos quietas encima del papel.
Lo primero que le vino a la cabeza no fue una idea. Fue una imagen concreta y estúpida: su hermano con nueve años, en la mesa del comedor de Alcalá, en las Navidades de 2001, copiando la lámina de la abuela hasta las tantas mientras ella terminaba en veinte minutos y se iba a ver la tele.
Después vino todo lo demás.
Estaban dibujadas con un respeto insoportable.
Ese fue el pensamiento que le vino y no consiguió apartar: que estaban dibujadas bien, con cuidado, con el pelo apartado de la frente y la boca entreabierta, con el cuello resuelto en dos trazos y la mano bajo la cara, y con los ojos de todas y cada una repasados hasta abrir el papel.
Vega pasó las páginas de cuatro cuadernos más, de pie, deprisa, buscando lo que buscan los peritos, que es el elemento que se repite.
Y lo encontró enseguida, porque estaba en todas.
Todas tenían la misma cara.
No la misma: la misma estructura. Óvalo largo. Mandíbula estrecha, casi sin ángulo. Distancia interpupilar amplia. Nacimiento del pelo en pico.
Ciento y pico variaciones de una chica de veintiún años que había muerto en un tercero de la calle Cardenal Sandoval y Rojas en octubre de 2010.
Hubo un momento, entre el cuaderno de 2017 y el de 2021, en que Vega se descubrió a sí misma haciendo una cosa que después no se perdonaría: estaba mirando las manos.
Las manos de las mujeres dormidas, quiero decir.
Estaba comprobando cómo estaban resueltas las manos, que es lo primero que delata a quien no sabe, y estaban resueltas bien, con cuatro trazos y un nudillo insinuado, y la parte de ella que llevaba veinte años en aquel oficio registró que eran mejores que las suyas.
Cerró el cuaderno de golpe.
Al lado de los cuadernos, en la misma balda, había una caja de zapatos.
Vega la puso en el suelo y quitó la tapa.
Dentro había recortes de periódico ordenados por fecha, capturas de pantalla impresas de la cuenta El retrato miente , y cuatro folios grapados que eran una lista impresa de nombres de mujer con barrios al lado.
Vega reconoció el formato: era una captura de la entrada de enero, la de las fotografías.
Y debajo de todo, en el fondo de la caja, había un papel doblado en cuatro.
Lo sacó con dos dedos.
Estaba blando de tanto manosearlo. Los cuatro pliegues lo cruzaban en cruz y las esquinas se habían redondeado por el roce. Era una fotocopia de una página de periódico, con la trama de puntos gruesa y un fragmento de titular cortado en el borde superior.
Vega la desdobló sobre las rodillas.
Su retrato. El de noviembre de 2010. El que había construido con veinticinco años en una sala prestada, con una ficha policial debajo de las láminas y su padre hablando por teléfono en el pasillo.
En los ojos, el papel estaba roto. Dos agujeros pequeños y sucios con las fibras hacia fuera, y alrededor una mancha de grafito bruñido que brillaba con la luz de la linterna.
Vega lo sostuvo un momento a la altura de los ojos, con la linterna detrás, y la luz pasó por los dos agujeros.
Aquel papel había estado a quince centímetros de la cara de Tania Reig hacía siete días.
Había estado a quince centímetros de la cara de Paula Andreu en abril y de la de Rocío Balboa en mayo.
Y llevaba dieciséis años doblado en cuartos en el bolsillo de alguien, desdoblándose y volviéndose a doblar, gastándose por las esquinas.
Ella lo había dibujado.
Vega dobló el papel por sus pliegues y lo dejó en la caja.
Se levantó del suelo con las piernas agarrotadas.
Después cogió el último cuaderno de la fila. El de la derecha del todo. En el lomo ponía 2026 .
Lo abrió por el final.
En las últimas páginas estaban las cuatro: la mujer del sofá con la manta, la mujer de la almohada de Tetuán, y dos más que no reconoció.
Le temblaban las manos y las apoyó las dos en el cuaderno para que dejaran de temblar, y pasó una hoja.
La última página dibujada tenía fecha del jueves de la semana anterior.
Era una habitación pequeña con la persiana bajada. Se veía el borde de una estantería con libros de texto y la esquina de una mochila colgada de una silla.
En la cama había una chica de dieciséis años durmiendo boca arriba, con un brazo por encima de la cabeza y un auricular todavía puesto en la oreja izquierda.
Se le veía media cara y el brazo desnudo hasta el hombro. Estaba dibujada con el mismo cuidado que todas las demás: el pelo apartado de la frente, la boca entreabierta, el auricular resuelto con dos trazos y un punto de luz.
Los ojos estaban repasados hasta el agujero.
Vega Navarro se quedó sentada en el suelo de un trastero, en el sótano menos dos de un edificio de la calle Virgen del Portillo, a la una y cuarenta de la madrugada de un sábado de agosto, con el cuaderno abierto en las rodillas y la linterna del móvil apuntando a la última página.
Y la luz del pasillo, que llevaba treinta minutos encendida, se apagó sola.