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A las siete y veinte de la tarde del viernes, Vega le escribió a Julia: ¿Ya estás con el tío?
A las ocho menos cuarto seguía sin doble tic azul.
No le dio importancia. Julia tenía dieciséis años y el móvil en silencio permanente, y respondía a los mensajes de su madre con una media de cuarenta minutos que subía a tres horas los viernes.
A las nueve le escribió otra vez: Dime algo, anda.
A las diez y veinte llamó.
Sonó cinco tonos y saltó el buzón.
Vega se quedó sentada en el sofá con el móvil en la mano y con esa cosa de estómago que tienen todas las madres del mundo y que la mayoría de las veces no significa nada.
Se lo dijo así, con esas palabras: la mayoría de las veces no significa nada . Y funcionó, como funcionan todas las frases de esa familia, durante unos veinte minutos.
Llamó a Nacho.
Sonó, sonó, sonó y saltó el contestador. Soy Nacho, deja un mensaje o mándame un wasap, que esto no lo escucho.
Le escribió: ¿Está contigo? No me coge el teléfono.
Se levantó, fue a la cocina, se sirvió agua, volvió al sofá.
A las diez y cuarenta llamó otra vez a los dos, seguidos. Buzón y contestador.
A las once menos veinte le escribió a Julia por tercera vez: Julia, contéstame aunque sea con un emoji.
Nada.
Se quedó mirando la conversación. El último mensaje de su hija era del jueves por la tarde y decía vale .
Vega hizo entonces lo que hacen todas las madres a esa hora, que es construirse la escena tranquilizadora: los dos en el sofá del piso de Ciudad Lineal, con una peli puesta, con el móvil de la niña cargando en la cocina y su hermano diciéndole que dejara ya el aparato un rato.
La escena funcionó durante ocho minutos.
A las once menos cinco cogió las llaves del coche.
El piso de Nacho estaba en Ciudad Lineal, en la calle Virgen del Portillo, en un bloque de ladrillo de los setenta con garaje comunitario y un portal con dos escalones.
Vega tardó veintidós minutos en llegar, con las calles de agosto vacías y los semáforos en ámbar intermitente a partir de la M-30, y aparcó en doble fila con las luces puestas.
Antes de bajar, miró hacia arriba desde el coche y contó las plantas hasta el cuarto.
Las dos ventanas del cuarto B estaban a oscuras.
Bajó del coche y se quedó un momento en la acera con las llaves en la mano.
Podía subir con la llave que tenía en el bolsillo. Podía abrir el portal, subir al cuarto, meter la llave en la cerradura de su hermano y entrar.
No lo hizo, y después no supo si por educación o por miedo.
Llamó al telefonillo. Cuarto B.
Nada.
Esperó veinte segundos y volvió a llamar. Tres veces, seguidas, largas.
Nada.
Entró detrás de un vecino que salía con un perro, subió al cuarto y llamó a la puerta con los nudillos y luego con el timbre, y se quedó escuchando con la oreja a dos centímetros de la madera.
En el piso no había televisión, ni luz por debajo de la puerta, ni el ruido de nevera y tubería que hace una casa habitada a las once de la noche.
Nada.
Bajó al garaje.
La plaza de su hermano era la 34 y estaba vacía. En el suelo había la mancha de aceite de siempre y una botella de anticongelante en la esquina.
Se quedó de pie en el garaje, entre dos columnas, mirando una plaza vacía con una mancha de aceite, y le llegó por fin la idea que llevaba desde las diez de la noche esperando turno.
Que si su hermano estaba en su casa con Julia, aquello no significaba nada.
Y que si su hermano no estaba en su casa con Julia, no había ni un solo sitio en el mundo donde ella supiera buscarlos.
Vega subió al portal y llamó a la puerta del cuarto A.
Tardó en abrir. Abrió una mujer de unos setenta años en bata, con la cadena puesta y la luz del pasillo encendida detrás.
—Perdone. Soy la hermana de Nacho, el del B.
—Ah, sí, hija. Te he visto alguna vez.
—¿Sabe si está?
—No ha subido. —La mujer se ajustó la bata—. Yo lo oigo siempre, que las paredes son de papel y él llega y pone la tele. Hoy no ha llegado.
—¿Y ayer?
—Ayer sí. Ayer llegó tarde, sobre las diez y media, y estuvo un rato y se volvió a ir.
—¿Se volvió a ir?
—Con la bolsa de deporte. —La vecina se encogió de hombros—. Lo mismo se ha ido al pueblo, hija, que es viernes y es agosto y aquí no queda nadie.
—¿Y sabe si iba con alguien? —dijo Vega.
—Yo lo oí a él solo, hija. —La mujer entrecerró los ojos—. ¿Pasa algo?
—No. Nada.
—Porque tu hermano es muy buen chico, ¿eh? —La vecina bajó la voz, en confidencia—. A mí me sube la compra cuando me ve con el carro. Y no todo el mundo.
—Ya lo sé.
—Y muy limpio. Muy ordenado para ser hombre.
Vega bajó las escaleras andando.
En el coche, con las manos en el volante y sin arrancar, hizo la única llamada que le quedaba.
Antes marcó otra vez a Julia. Cinco tonos, buzón.
Y luego a Nacho. Contestador.
Y luego escribió al grupo de los tres, el que se llamaba Los Navarro y que llevaba dos meses parado: Chicos, ¿estáis bien? Contestad, por favor.
Los dos ticos grises se quedaron grises.
Sergio contestó al tercer tono, con ruido de televisión detrás.
—¿Vega?
—¿Está Julia contigo?
—¿Cómo va a estar conmigo? Los viernes es de tu hermano, eso lo sabes tú mejor que yo. —Bajó el volumen—. ¿Qué pasa?
—Nada. Que no me coge el teléfono.
—Pues como todos los viernes. —Un silencio—. Vega, ¿estás bien? Te noto rara.
—Estoy bien.
—Oye, lo del periódico… yo no quería llamarte, pero si necesitas algo…
—Estoy bien, Sergio.
Colgó.
Se quedó dentro del coche, con las ventanillas subidas, en la calle Virgen del Portillo, a las once y cuarenta de la noche de un viernes de agosto, con el garaje vacío a treinta metros y el cuarto B a oscuras.
Y entonces se dio cuenta de una cosa que llevaba cuatro horas delante y que no había mirado, porque la mente hace eso: coloca lo urgente delante de lo importante y no deja ver.
Eran las once y cuarenta de la noche.
Su hija llevaba cuatro horas y media sin contestar un mensaje, lo cual no significaba nada, porque tenía dieciséis años.
Su hermano llevaba cuatro horas y media sin contestar un mensaje, lo cual sí significaba algo, porque tenía treinta y tres y contestaba siempre, y porque en veinte años Vega no recordaba una sola vez en que le hubiera saltado el contestador dos veces seguidas.
Y entonces se dio cuenta de una cosa que llevaba cuatro horas delante y que no había mirado, porque la mente hace eso: coloca lo urgente delante de lo importante y no deja ver.
Su hermano recogía a Julia todos los viernes en la puerta del instituto a las siete.
El instituto de Julia estaba en Prosperidad.
El piso de Nacho estaba en Ciudad Lineal.
Y a esa hora, un viernes de agosto, con las calles medio vacías, entre los dos sitios había once minutos de coche.
Once minutos.
Vega hizo la cuenta dos veces y las dos le dieron lo mismo, y las dos veces terminó en el mismo sitio: que a las siete y once de la tarde su hija tenía que haber estado dentro de un piso de la calle Virgen del Portillo, y que a las once y media de la noche en ese piso no había ni una luz encendida, ni una televisión puesta, ni un coche en la plaza 34.
Vega arrancó y condujo hasta su casa sin acordarse después de haber conducido.
Subió, entró, encendió la luz del recibidor y abrió el cajón del mueble.
El llavero seguía donde lo había dejado la noche anterior, con la anilla y las tres llaves, y la pequeña con el esparadrapo amarillento y las dos letras a bolígrafo de su padre.
Eran las doce y cuarto de la noche del viernes.
Vega se quedó mirando el cajón abierto un momento y después se lo metió en el bolsillo del pantalón.