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No fue al trastero por la mañana.
Se levantó a las ocho, oyó a Julia salir a las ocho y veinte sin desayunar, y se quedó en la cocina con las dos manos alrededor de una taza durante cuarenta minutos.
Lo que hizo a las nueve y diez fue peor, y lo supo mientras lo hacía.
Se dijo tres cosas antes de marcar y las tres eran mentira.
Que llamaba porque tenía que avisarle de que Julia estaba preguntando.
Que llamaba porque necesitaba saber si su hermano recordaba algo de aquella noche que a ella se le hubiera escapado.
Que llamaba porque, si le hacía la pregunta bien hecha, con el tono correcto y en el orden correcto, iba a poder descartarlo.
Lo que había debajo de las tres era una sola cosa y no tenía nada de técnico: que quería oírle la voz y que la voz le dijera que no.
Cogió el móvil y llamó a su hermano.
Contestó al segundo tono, como contestaba siempre.
—Buenos días —dijo Nacho—. ¿Has dormido algo?
—Poco.
—Se te nota en la voz. —Ruido de una obra de fondo, una radial—. Estoy en la calle, en una visita de obra en Vicálvaro. Dime.
—Nada. Que quería hablar contigo.
—Pues habla.
Vega se apoyó en la encimera y miró el frutero, que era lo que tenía delante.
—¿Nacho?
—Que sí, que estoy. Es que hay una radial. Espera.
Se oyó cómo se apartaba, cómo el ruido bajaba, cómo una puerta metálica se cerraba a su espalda.
—Ya. Dime.
No tenía plan. Ese fue el problema, y lo entendió después, cuando ya no servía de nada: que había cogido el teléfono sin saber qué iba a decir, empujada por la única cosa que empuja a la gente a hacer estas llamadas, que es la esperanza de que el otro diga algo que lo arregle todo.
—Ayer estuvo rara Julia —dijo, y en cuanto lo dijo supo que ya no había vuelta atrás, porque a partir de ahí la conversación tenía una sola dirección y era cuesta abajo.
—Ayer estabais raras las dos.
—Ya.
—¿Le pasa algo en el insti?
—No es eso.
—Vale. —Una pausa corta—. ¿Y qué es?
Y Vega dio el primer paso, y lo dio de lado, que es como se dan estos pasos: hablando de otra persona.
—Está preguntando por el abuelo.
Al otro lado, la radial se paró.
—¿Por papá?
—Por papá y por el caso de Alcalá. —Vega hablaba despacio, escuchando el silencio del otro lado como se escucha una habitación a oscuras—.
Ha estado escuchando cosas por internet.
Hay un pódcast, y un montón de gente contando el caso, y ella tiene dieciséis años y sale su madre en el periódico. Y me está haciendo preguntas.
—¿Qué preguntas?
—Sobre 2010. Sobre qué pasó, sobre qué hizo el abuelo y sobre qué hice yo.
Nacho no dijo nada durante tres segundos.
—¿Y tú qué le has dicho? —dijo.
—Todavía no le he dicho nada.
—¿Nada de nada?
—Nada. Se lo iba a contar ayer y llegaste tú con el helado.
Otro silencio, más corto que el anterior.
—Vaya. Pues lo siento. —Un ruido de pasos sobre grava—. Yo qué sé, Vega, yo pensé que estabais discutiendo por lo del insti.
—Ya.
Se oyó cómo se movía, cómo salía de un sitio a otro sitio, cómo el ruido de la obra bajaba de golpe. Se había apartado.
—¿Y qué le vas a decir? —dijo.
—La verdad.
—Ya.
—¿Cuál?
Fue una palabra. Una sola.
Fue una palabra. Fueron cinco letras, dichas sin ningún énfasis, en el tono en que se pregunta la hora.
Vega se quedó con el móvil pegado a la oreja y la vista en el frutero, y en el frutero había tres manzanas y un limón.
—¿Cómo que cuál?
—Digo que si le vas a contar lo de la señora esa de la oreja o le vas a contar lo otro. —La voz de su hermano era la misma voz de siempre, cálida, un poco divertida—. Porque son dos cosas, ¿no?
—¿Qué es lo otro?
—¿De qué me estás hablando?
—Vega. —Y ahí se rio. Se rio bajito, dos notas, con un cariño enorme—. Que soy yo.
En la cocina de Vega Navarro, el reloj del microondas marcaba las nueve y diecisiete de la mañana de un viernes de agosto.
—Nacho, ¿tú qué…?
—Que hace dieciséis años papá nos sentó a los dos en la cocina de Alcalá y estuvimos toda la noche hablando y luego nunca más. —Su hermano lo dijo con una suavidad tremenda—. Y que llevamos dieciséis años sin decir una palabra de aquello. Yo también estaba, hermana.
Vega tenía la mano libre agarrada al borde de la encimera.
—Tú tenías diecisiete años.
—Yo tenía diecisiete años y no se me ha olvidado ninguno de esos meses.
—Nacho.
—¿Y sabes lo que más me jode? —Ahora había otra cosa en la voz, algo que subía por debajo—. Que en dieciséis años no me lo has preguntado ni una vez. Ni una, Vega. Ni en el entierro, ni borrachos, ni en Santander. Y me lo podías haber preguntado cualquier tarde de estas.
—¿Preguntarte qué?
Silencio.
Un silencio de tres segundos, que en un teléfono son muchísimo, y en el que Vega oyó de fondo un camión dando marcha atrás en una obra de Vicálvaro.
—Nada.
—Nacho, dime qué te tenía que haber preguntado.
—Nada, en serio. Déjalo. —El tono se recolocó entero, en medio segundo, como se recoloca una manta—. Que estoy tonto, que llevo dos noches durmiendo fatal por el proyecto este. Que le cuentes a la niña lo que tengas que contarle y que no me metas a mí, que bastante tienes.
—No te estoy metiendo.
—Un poco sí. —Otra vez la risa suave—. Me estás llamando a las nueve de la mañana para decirme que tu hija pregunta por 2010 y para no preguntarme nada. Eso es meterme, hermana. Eso es meterme un montón.
—Nacho.
—Oye, tengo aquí al jefe de obra haciéndome señas.
—El tono volvió a ser el de siempre, entero, sin una grieta—.
Esta noche recojo a Julia a las siete en el insti, me la llevo a casa, le hago pasta y le dejo ver una de esas series de asesinos que le gustan.
Y tú te tomas algo y duermes doce horas seguidas. ¿Vale?
—Vale.
—¿Y tú vas a estar bien sola?
—Voy a estar bien.
—Porque si quieres me llevo a la niña y luego me vuelvo y cenamos tú y yo.
—No hace falta.
—Que puedo, Vega.
—Que no hace falta, de verdad.
—Vale. —Una pausa de un segundo—. Y Vega.
—Qué.
—Que todo se arregla —dijo su hermano—. Todo. Siempre.
Y colgó él.
Vega no se movió de la cocina, con el móvil en la mano, hasta que la pantalla se apagó sola.
Repasó la conversación entera, de principio a fin, como se repasa una grabación.
En seis minutos y cuarenta y un segundos, su hermano no había dicho una sola frase que ella pudiera llevar a ninguna parte. No había mentido, que ella supiera. No había preguntado nada que no fuera normal preguntar. No había cambiado de tema ni una vez.
Solo había hecho una cosa rara, y era tan pequeña que se le habría escapado a cualquiera menos a ella: se había apartado de la obra al oír la palabra 2010 , antes de que ella dijera nada más.
Fue al fregadero, abrió el grifo, se mojó la cara con las dos manos y se secó con el paño de los platos.
Después volvió a encender el móvil, entró en la aplicación del teléfono y miró la llamada: Nacho — 9:10 — 6 min 41 s .
Seis minutos y cuarenta y un segundos.
En seis minutos y cuarenta y un segundos le había dicho a su hermano tres cosas: que su hija estaba preguntando por 2010, que ella iba a contarle la verdad y que todavía no se la había contado.
Y una cuarta, que era la que llevaba dentro de las otras tres y que no había dicho con palabras: que ya no estaba segura de él.
Se lo había dicho sin decirlo, en el tono, en las pausas, en el orden de las frases. Su hermano llevaba treinta y tres años oyéndola hablar y era, de los dos, el que mejor oía.
Vega dejó el móvil boca abajo encima de la encimera y no lo tocó en cuatro horas.