44
A las doce y media apagó la luz del salón y no se acostó.
Se quedó sentada en el sofá, a oscuras, con el resplandor de la farola de la calle entrando por el balcón, y empezó por el principio, porque era lo único que sabía hacer.
Lo hizo como se hace un cotejo: elemento por elemento, sin conclusiones, anotando mentalmente lo que había y lo que se había dicho a sí misma que había.
La servilleta de julio. Una caricatura de una profesora con diadema, hecha en cuarenta segundos, con los ojos machacados hasta que la tinta hizo relieve por detrás del papel.
Sigues sin saber hacer ojos. Explicación de entonces: es lo más común del oficio, lo hace medio mundo, ella lo explicaba en clase cada julio.
La servilleta del domingo. No una caricatura: un ovillo de trazos apretados que perforó el papel y siguió rascando el mantel, y una mano que lo arrugó y lo tiró a la basura sin mirarlo. Explicación de entonces: un mal día en el estudio.
El caso Ruano en la mesa de la cocina. Su hermano preguntando, en julio, si podía preguntar. Preguntando, en agosto, con un cazo en la mano, si ella creía que lo había hecho la chica. Preguntando cosas que preguntaba todo el mundo, en el tono en que las preguntaba todo el mundo.
Explicación de entonces: es lo que sale en la tele y es de todos.
Las postales. Quince, una por año, siempre en la última semana de octubre. Ojos dibujados con oficio y destrozados con la punta. Matasellos de Madrid, de Alcalá, de Getafe, de Villaverde.
Vega se levantó y encendió la lámpara de pie.
Su padre había muerto en marzo de 2023.
En octubre de 2023 había llegado una postal a Estremera. En octubre de 2024, otra. En octubre de 2025, otra.
Se sentó otra vez.
«No vayas sola». El lunes de julio, la A-3, el desvío, la radio bajada. Su hermano conduciendo, ofreciéndose sin que ella se lo pidiera, esperando en el aparcamiento de visitas del Centro Penitenciario Madrid VII durante dos horas y veinte minutos mientras ella hablaba con Joaquín Vidal.
Explicación de entonces: es un buen hermano y tenía el estudio cerrado.
El coche. Un diésel oscuro con las luces cortas puestas a pleno sol, en la zona de carga del aparcamiento de la UDEV.
Un motor al ralentí en una esquina de la calle Cardenal Sandoval y Rojas, con el intermitente puesto y sin girar, en una calle de dirección única por la que no venía nadie, el día que ella salió de casa de Rosario Quintana.
Tres días después, Rosario Quintana apareció estrangulada.
Explicación de entonces: ninguna. No había habido explicación de entonces porque no había habido entonces . Aquello no lo había pensado nunca. Lo había visto, había levantado la cabeza por reflejo y había seguido buscando las llaves.
Se levantó, fue al recibidor y abrió el cajón donde guardaba los papeles del seguro del coche.
Buscó la ficha técnica del suyo por costumbre y luego se dio cuenta de que lo que quería comprobar no estaba ahí, sino en su cabeza, y que llevaba veinte años sabiéndolo sin haberlo mirado nunca: que su hermano conducía un Passat gris oscuro de 2011, diésel, con ciento noventa mil kilómetros, y que hacía un ruido bajo al ralentí del que él se quejaba en todas las comidas de familia.
Vega volvió al sofá y se quedó muy quieta.
Y entonces llegó la que llevaba cuatro horas esperando debajo de todas las demás, y llegó completa, con fecha, con hora y con el ruido del manos libres de fondo.
El viernes 17 de julio, a las once y cuarto de la noche, ella había cogido el teléfono y había llamado a su hermano.
Se lo había contado todo.
Las tres sesiones. Los nombres de las tres mujeres.
La casa de Miriam Soler, los marcos vacíos del pasillo, la tarjeta arrancada de la mirilla, el papel doblado en cuatro sobre la almohada.
Se lo había contado con alivio, con el cuello aflojándosele mientras hablaba, porque llevaba cuatro días sin decirle una frase entera a nadie.
Y él había escuchado sin interrumpir, y al final había dicho joder, Vega , y le había pedido que le llamara si tenía que ir de noche a alguno de esos sitios.
Y desde ese día ella le había contado, en cenas de los viernes y en comidas de domingo y en el coche de ida a Estremera, todo lo que había podido contar sin saltarse el secreto de la instrucción, que era mucho más de lo que ella creía cuando lo estaba contando.
Vega se levantó del sofá.
Se quedó un momento de pie en el salón a oscuras, con la mano en el respaldo, haciendo el inventario de lo que le había contado a su hermano en cinco semanas.
Que había tres testigos y que las tres describían la misma cara.
Que la cara era la de su retrato de 2010.
Que Joaquín Vidal llevaba dieciséis años dentro sin un permiso.
Que la policía tenía una lista de mujeres avisadas.
Que la fiscalía iba a acusar a la hija. Que las dos supervivientes se llamaban Paula y Rocío.
Que el sábado había aparecido muerta la testigo de Alcalá.
Y una cosa más, la del jueves anterior, dicha en la cocina, delante del arroz: que ella creía que Irene Vidal había hecho lo que decía que había hecho y que no sabía lo que iba a pasar.
Fue al estudio, encendió el flexo y sacó del archivador la carpeta de la letra R.
Dentro había cuatro folios de papel cebolla con el membrete de la comisaría de Alcalá. Una reproducción a trescientos puntos del retrato de 2010. Una funda de plástico con cuatro acetatos.
Los puso los tres encima del tablero y se quedó de pie delante.
Y se lo dijo.
No en técnico, no con las palabras del oficio, no con la estructura de un informe. Se lo dijo como se le dice a alguien una cosa que lleva quince años sabiendo sin saberla, de pie a las cuatro y veinte de la mañana en el estudio de su casa, en voz alta, sola.
—Es Nacho.
La frase se quedó ahí, en el aire de una habitación de doce metros cuadrados, y no pasó nada. No se cayó nada. El flexo siguió encendido y el frigorífico siguió zumbando en la cocina.
Vega se apoyó en el tablero con las dos manos y estuvo así un rato largo.
Después hizo lo que llevaba veinte años haciendo con las hipótesis: buscarles la prueba o buscarles el fallo.
Repasó lo que tenía. Tenía un trazo de mano izquierda que comparten cinco millones de españoles.
Tenía unos ojos machacados que hacen la mitad de los que dibujan.
Tenía quince postales que ni siquiera estaban en un expediente.
Tenía dos coches oscuros vistos de reojo por una mujer que no los había mirado.
Tenía una calle de Villaverde a dos manzanas de un piso de alquiler de 2013.
No tenía absolutamente nada.
Un juez se habría reído. Ella misma, en una vista, habría desmontado esa lista en cuatro minutos y con dos preguntas, y lo habría hecho bien.
Y por debajo de la lista había otra cosa, que no era una prueba y que pesaba más que todas: que llevaba cuatro horas construyendo explicaciones y que en esas cuatro horas no había construido ni una sola para la más sencilla de todas.
Su padre había visto entrar a su hijo de diecisiete años a las cuatro y algo de la madrugada del 24 de octubre de 2010, descompuesto, la misma noche en que estrangularon a una chica a dos calles de su casa.
Eso no era una coincidencia de barrio ni un tic de dibujante. Eso era lo primero que le habían contado, hacía dieciséis años, en una cocina, con una niña de cuatro meses dormida en el hombro. Y era lo único de toda la lista que ella no había vuelto a mirar ni una sola vez.
Necesitaba una cosa que no se pudiera explicar.
A las cinco menos veinte de la mañana, Vega Navarro abrió el cajón de arriba del mueble del recibidor, el de los cables viejos y las bombillas de repuesto, y sacó un llavero pequeño con una anilla y tres llaves.
Se lo había dado su hermano en marzo de 2021, en una bolsa de farmacia, cuando lo operaron del menisco y estuvo cinco semanas sin poder bajar a la calle, y ella fue a regarle las plantas y a subirle la compra. Nunca se lo devolvió y él nunca se lo pidió.
Dos llaves eran del portal y de la puerta del piso.
La tercera era pequeña, plana, de las de candado barato, y tenía pegada una tira de esparadrapo amarillento con dos letras escritas a bolígrafo por su padre, que fue quien compró aquel candado en 2016.
TR.