El hombre que dibujé 43
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El timbre sonó a las nueve y veintinueve.

Fueron tres timbrazos: uno largo y dos cortos.

Era el timbre de Nacho. Lo hacía desde que Julia era pequeña, para que la niña supiera desde el pasillo quién estaba en la puerta.

Vega se quedó quieta en mitad de la cocina.

—¿Esperabas a alguien? —dijo Julia.

—No.

El telefonillo no había sonado. Eso quería decir que alguien le había abierto el portal, o que había subido detrás de un vecino, o que llevaba un rato dentro del edificio.

Vega fue al recibidor y abrió.

Nacho estaba en el rellano con dos bolsas de plástico y una caja de helado apoyada en el antebrazo, con la camisa del trabajo y el pelo aplastado del casco.

—Sorpresa —dijo—. He salido tarde del estudio y he pensado: o ceno solo viendo una serie de mierda o me presento aquí. He traído helado, que ya sé que no cenáis.

—Nacho, es jueves.

—Ya sé que es jueves. —Entró, le dio un beso en el pelo al pasar y fue derecho a la cocina—. ¿Y qué? ¿Ahora hay que pedir cita?

Vega cerró la puerta.

Cuando llegó a la cocina, Nacho ya estaba metiendo el helado en el congelador y Julia seguía sentada en la silla, con el móvil boca abajo delante y los ojos rojos.

Nacho se giró y la miró.

Fue medio segundo. Vega lo vio: su hermano vio a la niña, vio la cara de la niña, vio los dos platos con la tortilla sin tocar y vio a su hermana de pie en mitad de la cocina.

Y no preguntó qué pasaba.

—Bueno, ¿y esta casa? —dijo, cerrando el congelador—. Menudo velatorio.

Nadie contestó.

—A ver. —Nacho se apoyó en la encimera y miró a las dos—. ¿Os habéis peleado?

—No —dijo Julia.

—Porque si os habéis peleado me lo decís y me voy, que yo he venido a traer helado, no a mediar.

—No nos hemos peleado —dijo Vega.

—Vale. —Nacho levantó las dos manos—. Vale, vale. No pregunto más.

Y no preguntó más, y esa fue la parte que Vega recordaría después: que su hermano preguntó dos veces, se paró exactamente cuando había que pararse y no volvió a preguntar en toda la noche.

—Estábamos hablando —dijo Vega.

—Ya lo veo, ya. —Cogió una silla, la giró y se sentó a horcajadas, apoyando los brazos en el respaldo—. ¿De lo de la tele?

—De cosas.

—De lo de la tele. —Nacho miró a su sobrina—. Julia, ¿tú has visto a tu madre el lunes?

Julia dijo que sí con la cabeza, sin abrir la boca.

—Yo lo vi en el móvil, en el andén de Nuevos Ministerios, y se me pasaron dos trenes. —Se giró hacia Vega—. Y te voy a decir una cosa que no te he dicho porque no me coges el teléfono desde el lunes: que fue lo más valiente que he visto hacer a nadie de esta familia.

—No me llames valiente.

—Te llamo lo que me da la gana. —Levantó una mano—. Te subiste ahí y dijiste «me equivoqué» delante de cuarenta periodistas. ¿Sabes cuánta gente hace eso? Nadie. Papá no lo hizo en su vida.

—Papá no se equivocaba —dijo Vega.

—Papá se equivocaba como todo el mundo y lo arreglaba por dentro y no se enteraba nadie. —Nacho lo dijo sin ninguna carga, con el cariño exasperado con el que se habla de los muertos de la familia—. Que era su manera y le funcionaba. Tú has hecho otra.

—¿Y cómo lo llevas? —dijo, y ahora sí bajó el tono—. Digo de verdad. Con lo del periódico y todo eso.

—Mal.

—Ya. —Nacho se pasó la mano por la nuca—. ¿Te pueden hacer algo? ¿Judicialmente, digo?

—No lo sé.

—¿Pero puede haber una investigación de esas?

—Puede haber cualquier cosa, Nacho. —Vega se cruzó de brazos—. Es un procedimiento penal de 2011 y acabo de decir en directo que hay un error en una pieza de ese procedimiento. Lo normal es que alguien pregunte.

—¿Y qué le vas a decir al que pregunte?

Vega tardó medio segundo.

—Lo que sepa.

—Pues eso. —Nacho asintió despacio—. Pues eso, y ya está.

Se levantó a por un vaso.

Vega estaba de pie junto a la encimera y Julia seguía en la silla, sin decir palabra, y en la cocina había una conversación empezada a la que le faltaban dos frases y un nombre.

Y Vega hizo la cuenta que hace cualquiera en esa situación, y la hizo deprisa: que su hija llevaba cinco meses con aquello dentro, que le había costado media hora empezar a hablar, que estaba en el punto exacto en que se cuenta o no se cuenta nunca, y que su hermano estaba sentado a horcajadas en una silla de su cocina con el pelo aplastado del casco.

Podía decirle a Nacho que se fuera. Con dos palabras.

No las dijo.

Nacho llenó el vaso de agua del grifo y se lo bebió de espaldas.

—Oye, Julia. —Habló hacia el fregadero—. Mañana es viernes.

—Ya.

—¿Vienes o no vienes? Que si vienes compro cosas y si no vienes ceno una lata.

Julia levantó la cabeza por primera vez desde que su tío había entrado.

Miró a su madre.

Y Vega vio, en ese medio segundo, que estaba pidiendo permiso para irse. Que estaba pidiendo, en realidad, otra cosa: que su madre le dijera no te vayas, quédate, que te lo tengo que contar .

Y Vega abrió la boca para decirlo.

—Voy —dijo Julia.

Vega cerró la boca.

—Muy bien. —Nacho dejó el vaso en el fregadero—. Pues mañana a las siete te recojo en el insti y compramos las porquerías esas que te gustan a ti.

—Vale.

—Y trae los apuntes, que el otro día me dijiste que tenías examen y luego te pones a ver vídeos hasta las dos.

—Que sí, pesado.

—Que sí.

—Y tú, Vega, no le des más vueltas a lo del periódico. —Nacho se secó las manos en el pantalón—. Mañana hay otra cosa y se olvidan. Siempre pasa.

Cogió las bolsas vacías.

—Bueno, me piro, que mañana madrugo. —Le dio un beso a Julia en la coronilla, al pasar—. Y el helado es de pistacho, que ya sé que el de chocolate no te gusta.

En la puerta, con la mano en el pomo, se giró hacia Vega.

—Y tú duerme. —La miró de arriba abajo—. En serio, Vega. Estás peor que el lunes.

—Voy a dormir.

—Vale.

Cerró la puerta y se le oyó bajar por la escalera en vez de coger el ascensor, como bajaba siempre, de dos en dos, haciendo ruido.

Vega se quedó un momento con la espalda contra la puerta cerrada, oyendo a su hermano bajar la escalera de dos en dos hasta que el ruido se perdió en el segundo.

Miró el reloj del recibidor: las nueve y cincuenta y uno.

Volvió a la cocina.

Julia estaba de pie, recogiendo los dos platos, con el móvil ya guardado en el bolsillo de la sudadera.

—Julia. Siéntate, que te tengo que contar…

—Mañana.

—Julia.

—Mañana, mamá. —Metió los platos en el fregadero sin mirarla—. Llevo cinco meses esperando. Puedo esperar un día más.

—Julia.

—Que mañana. —Se paró en la puerta de la cocina, de espaldas—. Es que si me lo cuentas ahora, con el tío aquí y contigo así, no me voy a acordar bien. Y esto lo quiero recordar bien.

Se fue a su cuarto y cerró la puerta.

Vega se quedó sola en la cocina.

Recogió la tortilla fría, tiró la mitad, fregó los dos platos y limpió la encimera dos veces. A las once fue al pasillo y se quedó un rato delante de la puerta cerrada del cuarto de su hija, con la mano levantada, y no llamó.

Se sentó en el salón a oscuras y estuvo así hasta las doce y media.

Lo que no supo, y no supo hasta trece días después, fue que su hermano había subido en el ascensor a las nueve y veintidós, que había llegado al rellano a las nueve y veintitrés y que no había llamado al timbre hasta las nueve y veintinueve.

Seis minutos de pie en un rellano, delante de una puerta de madera de los años setenta que dejaba pasar el ruido de la cocina, con dos bolsas y una caja de helado en el antebrazo.

Seis minutos era mucho tiempo.

Seis minutos daban para oír una conversación entera.