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Julia se lo dijo el jueves por la noche, en la cocina, mientras cenaban una tortilla que ninguna de las dos se comió.
Vega llevaba diez días sin trabajar. La UDEV le había retirado los encargos «mientras se aclara el asunto», y lo habían dicho con esas palabras y con mucha educación, y ella lo había entendido a la primera.
Se levantaba, hacía la compra, ordenaba el estudio y por las tardes se sentaba a redactar un informe que nadie le había pedido.
Llevaban tres días raros. Julia había vuelto de casa de su padre el lunes, había visto la rueda de prensa en el móvil como todo el instituto y desde entonces contestaba con monosílabos y se llevaba el plato al cuarto.
—Mamá.
—Dime.
—¿Puedo preguntarte una cosa del caso?
—Puedes preguntar. No sé si puedo contestar.
—No es del caso de ahora. —Julia tenía el tenedor de pie sobre el mantel, apoyado en la punta—. Es del de antes.
Vega dejó de masticar.
—¿Del caso Ruano?
—Sí. Del de Alcalá.
—Julia, ¿tú por qué…?
—Espera. —Julia levantó una mano—. Espera, que si me cortas no lo digo.
Vega esperó.
—Sí.
—¿Y qué quieres saber?
—Todo. —Julia lo dijo sin agresividad, que fue lo peor—. Pero primero quiero saber si me vas a contestar. Porque si me vas a decir que es complicado, prefiero que me lo digas ya y me voy a mi cuarto.
Vega dejó el tenedor en el plato.
—Pregunta.
Julia no contestó enseguida. Dejó el tenedor, se limpió las manos en el pantalón y sacó el móvil del bolsillo de la sudadera.
Y lo puso encima de la mesa, boca arriba, con la pantalla encendida.
Vega miró la pantalla y luego cogió el móvil con dos dedos, como se coge una prueba.
Era una fotografía de un documento. Cuatro folios de papel cebolla fotografiados uno a uno, con un membrete de la comisaría de Alcalá de Henares y una fecha: 26 de octubre de 2010.
Toma de contacto con testigo. R. Q. P.
—Julia.
—Está en la caja del abuelo. —Julia hablaba muy deprisa y muy bajo, como quien lleva meses ensayando la frase en la cama—. En la del trastero. En la carpeta azul, dentro de una de papeles del trabajo. Lo encontré en marzo, cuando fui con el tío a por las cajas.
—Tú no…
—Sí. —Levantó la vista—. Sí lo hice. Estuve en la casa de Alcalá y abrí cosas, y en el despacho del abuelo había cajas y las miré, y encontré eso.
Vega tenía las dos manos planas sobre la mesa.
—¿Y por qué lo cogiste?
—Porque llevaba desde enero escuchando un pódcast.
Se hizo un silencio grande, de los que se meten debajo de la mesa.
—¿Qué pódcast? —dijo Vega, aunque lo sabía.
— A cara descubierta .
—Un pódcast sobre el caso —siguió Julia, y se le quebró un poco la voz por primera vez—.
Lo escuché porque salía tu nombre. Yo lo puse porque salías tú, mamá.
Y decían cosas. Decían que el retrato lo hiciste tú, y que la testigo dijo primero que no había visto nada, y que había una entrevista antes que no estaba en el sumario.
Y yo pensé que eran unos flipados de internet, ¿vale? Lo pensé de verdad. Hasta marzo.
—Julia.
—Y en marzo el tío me dijo que iba a Alcalá a por las cosas del abuelo y le dije que iba con él. —Julia hablaba mirando la mesa—. Y él estuvo abajo cargando y yo subí al despacho, y yo sabía lo que estaba buscando, mamá. No es que lo encontrara. Lo estaba buscando.
—¿Y qué buscabas?
—Buscaba que no estuviera. —Levantó la vista y tenía los ojos brillantes—. ¿Vale? Eso es lo que buscaba. Quería abrir las cajas y que no hubiera nada y volver a casa y dejar de escuchar el pódcast.
—Y entonces abriste una carpeta en el trastero del abuelo y estaba la entrevista que no está en el sumario. —Julia se pasó el dorso de la mano por la nariz—. La que decían ellos. Y la señora dice tres veces que no le vio la cara.
Vega no dijo nada.
—¿Y qué hiciste? —dijo Vega.
—Nada. Estuve dos meses sin hacer nada. —Julia se apretó las manos entre las rodillas—. Lo dejé donde estaba y bajé y le dije al tío que ya, que había mirado, y me volví en el coche escuchando música. Y luego en abril empezó a salir en las noticias lo de las mujeres de Madrid.
—Le hiciste fotos.
—Le hice fotos en marzo, antes de bajar. —Julia levantó la cabeza—. Con el móvil. Cuatro fotos.
—¿A quién se las mandaste?
Y ahí Julia se quedó callada.
—Julia. ¿A quién se las mandaste?
—A ella. —Julia lo dijo con un hilo de voz.
—¿A quién es ella? —Vega oyó su propia voz muy tranquila y le pareció que venía de otro sitio—. Julia. ¿A quién?
—A la de la página. —Los ojos se le habían puesto rojos y no lloraba—. A la hija del hombre ese. Yo no sabía quién era, ¿vale? Era una cuenta. Era una cuenta que decía que el retrato estaba mal y que su padre era inocente y le escribí en junio y le mandé las fotos.
—En junio.
—El veintitantos. Y ya está. Ya no hablamos más, ella me dijo gracias y me dijo que no se lo contara a nadie, que era peligroso para mí, y luego la detuvieron y yo llevo un mes y medio…
Se le rompió la voz del todo.
—¿Y por qué a ella? —dijo Vega—. Julia, ¿por qué a una desconocida de internet y no a mí?
Julia se rio con una risa horrible, de tres notas.
—¿En serio me preguntas eso?
—Sí.
—Porque tú eres la que sale en el papel.
—Se le saltaron las lágrimas por fin—. Porque en la primera hoja pone que estabais tú y el abuelo en esa casa, mamá.
Los dos. Con vuestros nombres. Y yo tenía quince años y encontré un papel donde salían mi madre y mi abuelo y una señora que decía tres veces que no había visto nada. ¿A quién se lo llevo? ¿A ti?
Vega se levantó y dio dos pasos hacia ella y Julia levantó una mano y la paró en seco.
—No. Espera. —Se limpió la cara con la manga—. Que falta lo otro.
—¿Qué otro?
Julia cogió el móvil, apagó la pantalla y lo dejó boca abajo.
Y luego levantó la cabeza y la miró de frente, con una serenidad que Vega no le había visto nunca y que reconoció al segundo, porque era exactamente la manera que tenía su abuelo de mirar a la gente cuando iba a preguntar algo importante.
—Mamá. ¿Qué hiciste en 2010?
En la cocina se oía el zumbido de la nevera y, muy lejos, la televisión de los vecinos de abajo.
Vega miró a su hija.
Le miró la cara con la parte de ella que llevaba veinte años mirando caras, porque esa parte no se apaga, y lo que vio fue la mandíbula de su padre y la manera de sostener la mirada de su padre y un miedo que no era de su padre ni suyo, sino de una chica de dieciséis años que llevaba cinco meses cargando sola con un papel.
—Y no me digas que era muy joven —dijo Julia—. Ni que era complicado. Ni que hay cosas que no puedes contar. Llevo cinco meses con esto en el móvil y te lo estoy preguntando yo, y soy la única persona del mundo que te lo va a preguntar así.
Vega se apoyó en la encimera.
Se miró las manos.
—Tienes razón —dijo.
—¿En qué?
—En todo. —Vega levantó la cabeza—. Y en una cosa más que no has dicho y que también tienes razón: llevo cinco meses viéndote rara y no te he preguntado bien ni una vez.
—No.
—No.
Julia se limpió la cara con las dos manos.
—¿En qué?
—En todo. —Vega levantó la cabeza—. Siéntate. Te lo voy a contar.
Julia se sentó despacio, en el borde de la silla, sin apartar la vista de ella ni un momento.
—En octubre de 2010 mataron a una chica de veintiún años en Alcalá, a dos calles de la casa de tus abuelos —empezó Vega—. Yo tenía veinticinco años y tú tenías cuatro meses. Y tu abuelo…
Sonó el timbre.