El hombre que dibujé 41
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El martes su nombre estaba en las portadas y no en el tercer párrafo.

LA PERITO ADMITE UN ERROR EN EL RETRATO QUE CONDENÓ A VIDAL.

«Esa oreja no existe»: la experta que fundó su carrera en el caso Ruano reconoce un fallo de construcción.

Dieciséis años, dos manuales y un documental: nadie midió el dibujo.

Vega lo vio todo desde la cocina, con el móvil apoyado en el frutero y un café que se enfrió entero.

A las nueve de la mañana, el colegio profesional emitió una nota tibia.

A las once, un catedrático de Granada al que Vega conocía de tres congresos explicaba en la radio, con mucha educación y sin ninguna piedad, que un error antropométrico de esa magnitud en un documento incorporado a un procedimiento penal planteaba cuestiones serias sobre los estándares de la época y sobre los actuales.

A las doce y media, un digital publicó una pieza con las once ocasiones en que el retrato de 2010 se había citado como caso de éxito, con enlaces, y la mitad de los enlaces llevaban a textos firmados por ella.

A la una, el coordinador del curso de Ávila la llamó para decirle que el módulo de octubre «lo van a reestructurar». Tardó cuatro minutos en decirlo y se disculpó tres veces.

A las dos, Nacho le mandó un mensaje: Acabo de ver el periódico. Estos son gilipollas. Llámame cuando puedas. Vega no lo llamó.

A las tres y cuarto, un número desconocido le dejó un audio de cuarenta segundos que empezaba con un insulto y que borró a los cuatro.

A las cuatro, Paula Andreu le escribió: No sé si puedo escribirte. Lo he visto. Solo quería decirte que yo sé lo que vi en mi casa, digan lo que digan en la tele. Un abrazo. Vega leyó ese mensaje seis veces y no supo contestarlo.

A las cinco y media, Ulloa la citó en la UDEV.

No en su despacho: en la sala del cuarto, con la puerta abierta y Sanabria pasando por delante cada dos minutos.

En la sala estaban las cuatro cajas del expediente Ruano, todavía en el suelo, y la pizarra con la línea horizontal, ya medio borrada por un lado.

—Siéntate. —Ulloa cerró un cuaderno—. Te lo digo yo antes de que te lo diga otro —empezó—. Lo del sábado y lo de ayer ha cambiado la instrucción entera. La fiscal retira la inducción. Irene Vidal sale mañana o pasado.

—Bien. Está bien.

—Y le van a quedar los cargos pequeños, los de siempre en estos casos: revelación de datos personales, algo de acoso por lo de los mensajes, quizá nada.

—Ulloa se sentó en el borde de la mesa—.

Y la investigación vuelve a estar donde estaba el 16 de julio, con la diferencia de que ahora hay cuatro agredidas en vez de tres y de que el país entero está mirando.

—Ya.

—Y hay otra cosa, que es la mala. —Ulloa fue hasta la pizarra y golpeó con el nudillo la parte medio borrada—.

Estamos otra vez en cero. Cuatro agredidas, dos muertas, ningún sospechoso y un retrato que ya no vale ni para pegarlo en una farola.

Y a partir de mañana, cuando salga la chica, tenemos encima a media España preguntando cómo es posible.

—Sí.

—Y ahora te voy a preguntar una cosa y quiero que me la contestes bien.

Vega levantó la cabeza.

—¿Cuándo lo supiste? —dijo Ulloa.

—¿El qué?

—Lo de la oreja.

Vega tenía la carpeta sobre las rodillas.

—Hice la superposición hace ocho días.

—Ocho días. —Ulloa lo dejó estar dos segundos—. Ocho días y me lo dices en una sala de prensa con siete cámaras delante.

—Necesitaba la metodología cerrada. Si lo llevo antes, en bruto, la fiscal me lo desmonta en dos preguntas y no exculpa a nadie.

—Puede. —Ulloa se cruzó de brazos—. O necesitabas ocho días.

Se miraron.

—Mira, Vega. Yo te he defendido arriba dos veces esta mañana.

—Bajó la voz—. Y lo he hecho porque creo que lo del lunes fue la cosa más honrada que he visto hacer a nadie en esta casa en veinte años, y porque te ha costado la carrera y lo sabías cuando subiste a esa mesa.

Pero llevo desde ayer con una piedra en el zapato y te la digo: en tres semanas te he visto callarte tres veces cosas que sabías.

La fotocopia que se llevó la testigo. La incomodidad con la tesis de la fiscal. Y esto.

—No me callé la fotocopia. Te la conté.

—Me la contaste cuando yo te pregunté otra cosa. —Ulloa se levantó—. Yo no te estoy acusando de nada. Te estoy diciendo que a partir de hoy, cuando sepas algo, quiero saberlo el mismo día. No a los ocho.

—Vale.

—Vale. —Cogió su chaqueta—. Y vete a casa, que llevas una cara de muerto.

—Sonia.

Ulloa se paró en la puerta.

—Lo del lunes no fue valentía —dijo Vega—. Quiero que eso lo tengas claro.

—¿Ah, no? ¿Y qué fue?

Vega tenía la carpeta en las rodillas y las manos encima.

—Fue lo mínimo.

Ulloa la miró unos segundos.

—Pues eso también me sirve —dijo, y se fue.

Vega bajó a las siete menos cuarto.

En la puerta de la Jefatura había dos cámaras esperando y un chico con un micrófono de pértiga que se puso a andar a su lado por la acera durante veinte metros hasta que se cansó.

Y en la esquina, apoyada en el muro, con una mochila y una sudadera con la capucha puesta a pesar del calor, estaba Irene Vidal Serrano.

Vega se paró.

—La han soltado esta tarde —dijo Irene—. Con medidas. No me puedo acercar a las cuatro mujeres.

—Lo sé.

—He venido a decirle dos cosas y me voy.

Estaban en la acera de la calle Julián González Segador, con el tráfico de las siete, el sol todavía alto y dos cámaras a cuarenta metros que no las habían visto.

—La primera es gracias. —Irene lo dijo deprisa, como quien se quita algo—. Lo del lunes. Ya sé lo que le ha costado, lo he visto en el telediario y en el periódico y en todos lados. Y no lo hizo por mí, pero me ha sacado usted de la cárcel. Así que gracias.

—Irene…

—La segunda no es gracias.

Se quitó la capucha.

Tenía la cara de alguien que lleva once días sin dormir en una celda y a quien todavía le queda una cosa por hacer.

—Usted sabía que la oreja estaba mal —dijo.

Vega no se movió.

—Lo he leído.

En la acera, un autobús frenó en la parada de enfrente y volvió a arrancar.

—¿Perdona?

—Que lo he leído. —Irene no levantó la voz—. No le voy a decir dónde y no le voy a decir cuándo, y no pienso decírselo tampoco a la policía, así que puede estar tranquila.

—Irene, no sé de qué…

—Sí lo sabe. —Y entonces sí subió el tono, un poco, lo justo—.

Usted sabía el lunes lo que iba a decir.

Se subió ahí y contó lo de la oreja como si lo hubiera descubierto la semana pasada.

Y a lo mejor descubrió la semana pasada que estaba en los otros tres retratos.

Pero que estaba mal en el suyo lo sabía usted desde hace dieciséis años.

Vega tenía cuatro respuestas disponibles. La primera era ¿dónde? . La segunda era no sé de qué me hablas . La tercera era eso es una acusación muy seria . Y la cuarta, la técnica, la buena, la que llevaba dieciséis años funcionando: si estuviera documentado, estaría en el sumario .

Las cuatro exigían saber qué había leído aquella chica.

Y en el momento exacto en que se le ocurrió preguntarlo, se le ocurrió también lo otro: que preguntar ¿dónde lo has leído? es una frase que solo dice alguien que sabe que hay algo escrito en alguna parte.

—Estás en una situación complicada —dijo Vega—. Y no deberías hablar con nadie sin tu abogado.

Irene la miró un momento más.

Irene se quedó esperando la respuesta cinco segundos largos, con la cara de quien ya sabe que no va a llegar y aun así espera.

Después se subió la capucha, se colgó la mochila y se fue andando hacia el metro sin decir nada más, y Vega se quedó en la acera viendo cómo se hacía pequeña entre la gente que salía de trabajar.