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La comparecencia técnica se convocó para el lunes a las once, en la sala de prensa de la Jefatura, y no la pidió la Policía: la pidió el juzgado.
Con una acusada en prisión provisional y una cuarta mujer agredida en su domicilio, la instrucción necesitaba una explicación pública y necesitaba que la diera alguien con una firma detrás.
—Vas a salir tú —le dijo Ulloa el domingo por la noche, por teléfono—. Con Ruth y conmigo, pero la parte del retrato la explicas tú. Lo ha pedido la fiscal.
—¿Qué quiere que explique?
—Que las descripciones de las tres testigos pueden estar contaminadas y por qué. Media hora, en técnico, sin adornos. —Un silencio—. Vega, esto va a ser feo para ti. Vas a tener que decir en directo que el retrato que hiciste en julio no vale.
—Ya.
—Y alguien va a preguntar por el de 2010.
—Ya lo sé.
Vega estuvo despierta hasta las cuatro de la mañana.
A las once y cinco del lunes, la sala tenía cuarenta y tres sillas ocupadas, siete cámaras al fondo y ese ruido de obturadores que no se oye en ningún otro sitio.
Vega llegó a las diez y media con un traje que no se ponía desde un juicio de 2023 y con una carpeta en la que no había nada que no supiera de memoria.
En el vestíbulo se cruzó con la fiscal Arrieta, que iba en dirección contraria y que se paró.
—Navarro.
—Señoría.
—Le voy a decir una cosa en treinta segundos.
—Arrieta se quitó las gafas—. Yo presenté un escrito hace ocho días y ese escrito se va a caer esta semana.
Y a mí eso no me quita el sueño: para eso está la instrucción.
—Se las volvió a poner—. Lo que sí me quita el sueño es que en once días de prisión provisional a una chica de veintitrés años nadie de este edificio se sentó a mirar tres denuncias antiguas que ella nos puso encima de la mesa el primer día.
—Nadie —dijo Vega.
—Nadie. —Arrieta echó a andar—. Explíquelo usted bien ahí dentro.
Ruth Colomer habló primero, doce minutos, sobre memoria de testigos en situaciones de alta activación. Ulloa habló después, ocho minutos, y no dio ni un dato nuevo.
Y a las once y veinticinco, Vega Navarro conectó su ordenador al proyector.
Empezó por lo aburrido. Explicó qué es un retrato robot y qué no es.
Explicó el trabajo con láminas, el reconocimiento frente al recuerdo, la casilla de descarte y el registro en vídeo de las sesiones.
Explicó, con dos ejemplos y sin nombrar a nadie, que tres descripciones que coinciden rasgo por rasgo no son un indicio de fiabilidad sino de fuente común.
Luego puso en pantalla los cuatro acetatos superpuestos.
—Lo que ven es la superposición, a escala corregida por distancia intercantal, de los tres retratos elaborados en julio de este año con tres testigos independientes y del retrato elaborado en noviembre de 2010 en el caso Ruano.
Los obturadores se dispararon todos a la vez.
—Los cuatro coinciden en dieciséis puntos morfológicos, con desviaciones inferiores al milímetro y medio. Eso no ocurre entre cuatro representaciones independientes de una misma persona. Sencillamente no ocurre.
Levantó el puntero.
—Y quiero llamar su atención sobre este punto.
Amplió la oreja izquierda.
—El pabellón auricular izquierdo de estas cuatro imágenes está implantado por debajo del ángulo mandibular.
Un centímetro y dos milímetros por debajo del punto más bajo registrado en la literatura antropométrica.
—Hizo una pausa—. Esa oreja no existe. No es infrecuente: es anatómicamente imposible.
No hay ningún cráneo humano en el que una oreja pueda estar ahí.
Alguien, en la tercera fila, dijo algo en voz baja.
—Y está en las cuatro —dijo Vega.
Bajó el puntero.
—Voy a explicar el origen. Esa oreja procede del retrato de noviembre de 2010, que elaboré yo con veinticinco años y dos años de experiencia.
Es un error mío. Un error grosero, de construcción, que yo introduje y que nadie corrigió, y que se ha reproducido durante dieciséis años en dos manuales, en cuatro artículos, en un documental y en la ficha de ese caso.
En la sala no se movía nadie.
—Ahora, la parte que importa para la instrucción en curso.
Puso las tres hojas de sesión en pantalla.
—El pasado mes de julio, tres testigos independientes rechazaron el catálogo completo de veinticuatro láminas de pabellón auricular, en tres sesiones separadas por veinticuatro horas, grabadas en vídeo.
Las tres. Dos de ellas señalaron con el dedo, sobre el papel, un punto por debajo de la lámina veinticuatro, que es la más baja del catálogo.
Consta en las hojas de sesión y consta en las grabaciones, que están a disposición del juzgado.
Se apoyó con las dos manos en la mesa.
—Un testigo que ha visto una fotografía o un dibujo puede reproducir una cara.
Pero una oreja no se ve en una reproducción de prensa a doce por ocho centímetros, ni en un plano de televisión, ni en una imagen difundida por redes sociales, porque nadie mira la oreja.
Es lo último que un ser humano mira en una cara y lo primero que olvida.
Levantó la vista.
—Para que tres personas pidan una oreja que no existe hay que habérsela puesto delante. Grande, cerca y durante el tiempo suficiente para que la miren.
Un periodista de la segunda fila levantó la mano y no esperó a que le dieran la palabra.
—¿Está usted diciendo que esas mujeres no vieron a un hombre?
—Estoy diciendo que lo que describieron no fue una cara. Fue un dibujo.
—¿El suyo?
—El mío.
El ruido de la sala subió de golpe.
Vega esperó a que bajara el ruido, con las manos apoyadas en la mesa y sin mirar a ninguna cámara.
—Voy a decirlo de la forma más clara que puedo, porque mañana esto va a salir troceado y prefiero que la frase entera esté grabada.
—Habló despacio—. Yo elaboré en julio un retrato robot que la Policía difundió y que ha visto todo el país.
Ese retrato no representa a un ser humano.
Representa un dibujo mío de hace dieciséis años.
Y por tanto no sirve, y no ha servido nunca, para identificar al hombre que ha entrado en cuatro domicilios de esta ciudad.
Alguien preguntó, desde el fondo, si eso significaba que la Policía llevaba dos meses buscando a nadie.
—Significa que la Policía lleva dos meses buscando una cara que no es la suya —dijo Vega.
—Y hay un segundo elemento, que es de la instrucción y que la inspectora Ulloa podrá ampliar.
—Habló por encima del ruido, sin levantar mucho la voz—.
La cuarta mujer agredida, el sábado, ha declarado que el agresor le mostró un papel a quince centímetros de la cara y le ordenó dos veces que lo mirara.
Ha descrito ese papel: gastado, con cuatro pliegues en cruz y con los ojos del dibujo perforados por repetición del trazo.
Otro periodista, desde el fondo:
—¡Eso no lo puede saber por internet!
—No. Eso no está en ninguna imagen que circule por internet. Eso es un objeto físico que alguien lleva encima.
La pregunta llegó desde la izquierda, de una mujer joven que no se levantó.
—Señora Navarro. Si ese error suyo lleva ahí dieciséis años, ¿cómo es que nadie lo ha visto nunca?
Vega se quedó dos segundos con la vista en la mesa.
—Porque nadie ha medido nunca ese dibujo —dijo—. Se ha reproducido, se ha estudiado, se ha citado y se ha proyectado en congresos. Y nadie le ha puesto una regla encima en dieciséis años.
—¿Ni usted?
—Ni yo.
Salió a las doce y media por la puerta de atrás.
En el pasillo, Ruth Colomer la esperaba con dos cafés y no le dio ninguno.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Vega, acabas de decir en directo que la prueba estrella de tu carrera tiene un error de bulto.
—Es lo que hay.
—Ya. —Ruth le puso un café en la mano—. Pero lo que acabas de hacer va a exculpar a esa chica en cuarenta y ocho horas.
—Sí.
—Pues no tienes cara de eso.
Vega se bebió el café de pie, mirando la moqueta del pasillo.
Cuarenta y tres periodistas acababan de oírle decir la verdad exacta sobre la oreja izquierda de aquel retrato, punto por punto, salvo una palabra.
La palabra era a propósito .