El hombre que dibujé 39
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Tania Reig se despertó porque alguien había encendido la lámpara del pasillo.

No la de su cuarto: la del pasillo, la de la bombilla floja que había que darle dos veces al interruptor y que sonaba clac, clac antes de encenderse. Lo oyó dormida. Clac, clac.

Su hermana estaba en el turno de noche del hospital y no volvía hasta las ocho de la mañana.

Abrió los ojos y no se movió.

Llevaba desde julio durmiendo mal y en ese tiempo había aprendido cosas que no sabía que se pudieran aprender: que el miedo se instala en el estómago y no en el pecho, que el cuerpo se despierta antes que la cabeza y que lo primero que hay que hacer es no moverse.

En el hueco de la puerta de su dormitorio había un hombre.

Estaba de pie, quieto, con la luz del pasillo detrás, y era muy grande. Eso fue lo primero que registró y lo que declararía después seis veces: que ocupaba el hueco de la puerta de lado a lado, que tuvo que agachar la cabeza al entrar.

Tania no gritó, y después no supo explicar por qué. Se quedó quieta con los ojos abiertos y el corazón dándole en la garganta y pensó, con una lucidez absurda, en la tubería.

Tres semanas antes la había llamado un policía por teléfono para decirle que su nombre estaba en una lista y para darle un número al que llamar.

Ella había colgado, se había sentado en el sofá veinte minutos y luego había subido a casa de Amalia, la del cuarto, y había bajado a casa de los del segundo, y entre los tres habían acordado una cosa de barrio que a un inspector le habría parecido ridícula: la tubería del radiador del pasillo, que atravesaba las tres viviendas.

Tres golpes fuertes con lo que fuera. A cualquier hora.

Y luego había puesto una llave de su casa en el felpudo de Amalia.

El hombre entró en el dormitorio.

Se acercó a la cama y se paró al lado, y Tania olió lo que declararía después y que nadie tomó en serio hasta un mes más tarde: a lápiz. A mina de lápiz y a algo químico, punzante, de taller. Aguarrás o disolvente.

Y entonces él encendió la lamparita de la mesilla.

—Mírale.

Tania se giró.

El hombre tenía una mano enorme apoyada en la almohada, a diez centímetros de su cara, y en la otra mano tenía un papel.

Lo sostenía delante de ella, muy cerca, tan cerca que Tania tuvo que enfocar. Era un papel gastado, blando de tanto manosearlo, con cuatro pliegues marcados que lo cruzaban en cruz y las esquinas redondeadas por el roce. Un papel que había estado doblado en cuartos durante mucho tiempo.

Había una cara dibujada.

—Mírale —dijo otra vez, y le puso el papel más cerca—. Mírale bien.

Tania miró.

Vio una cara de hombre a lápiz, a quince centímetros de sus ojos, con la luz de la mesilla dándole desde abajo.

Vio una ceja partida. Y vio, porque estaba a quince centímetros y porque el pánico enfoca lo que tiene delante, que en los ojos de aquel dibujo el papel estaba roto: dos agujeros pequeños y sucios con las fibras hacia fuera, repasados hasta reventar, y alrededor una mancha de grafito bruñido que brillaba.

Y entonces gritó.

Gritó y se tiró hacia el otro lado de la cama, y él la cogió del tobillo, y Tania se llevó por delante la mesilla, la lámpara y un vaso de agua, y con el brazo estirado alcanzó la tubería del radiador y le dio con el canto del puño tres veces.

Pum. Pum. Pum.

El hombre la soltó.

En el techo, justo encima de ella, sonó un golpe seco. Después una puerta. Después una voz de mujer gritando su nombre en la escalera, y una segunda voz de hombre, y unos pasos bajando muy rápido.

Los del segundo lo vieron bajar el último tramo de escalera de tres en tres y salir al portal. Ninguno de los dos le vio la cara. El hombre del segundo declararía que llevaba una cazadora oscura y que corría bien, «como corre alguien que hace deporte».

Cuando Amalia entró con la llave del felpudo, en el pasillo solo estaba la lámpara encendida y la puerta del piso abierta de par en par.

Tania Reig estaba sentada en el suelo del dormitorio, con la espalda contra el somier y el vaso roto alrededor, agarrándose el tobillo con las dos manos.

—Tenía un papel —dijo—. Amalia, escúchame, que tenía un papel.

La llamada llegó a las seis y cuarenta de la mañana del sábado. Ulloa no dijo hola.

—Cuarta agresión. Tania Reig, Puente de Vallecas. Está viva.

Vega se sentó en el borde de la cama con el móvil en la oreja.

—¿Cuándo?

—A las tres y diez. La han sacado los vecinos. —Se oía un coche, una sirena lejos—. Vega, Irene Vidal lleva once días en Soto del Real.

—Ya.

—Once días. Y este ha entrado en una casa esta madrugada.

Vega llegó al hospital a las nueve y veinte de la mañana con Ulloa.

Tania estaba en observación, con un vendaje en el tobillo, una brecha en la ceja y un pijama del hospital. Tenía treinta y siete años y una manera de hablar que consistía en decir las cosas dos veces por si acaso.

—¿Puede repetirlo? —dijo Ulloa—. Lo del papel.

—Que me puso un papel en la cara. —Tania levantó la mano y la sostuvo a un palmo—. Así. Y me dijo que lo mirara. Dos veces me lo dijo.

—¿Qué había en el papel?

—Un dibujo. Un hombre.

—¿El hombre del retrato que ha salido en la tele?

—No lo sé. —Tania se pasó la lengua por el labio partido—. Yo qué sé. Yo lo que vi fue un papel a quince centímetros de la cara y una mano al lado. No sé si era ese o era otro.

Ulloa levantó la vista de la libreta y no escribió nada durante unos segundos.

Vega estaba de pie a los pies de la cama, y llevaba cuarenta segundos sin respirar bien.

—Tania —dijo—. ¿Cómo era el papel?

—¿Cómo era?

—El papel, no el dibujo. El papel. —Vega se acercó—. ¿Era nuevo? ¿Era una hoja lisa? ¿Estaba impreso, era una foto, era una fotocopia?

Tania la miró como se mira a alguien que hace la pregunta rara.

—Estaba viejo —dijo—. Era como un papel de esos que llevas en la cartera años. Doblado. Se le veían las rayas de los dobleces, en cruz, y las puntas estaban blandas.

—¿Cuántos dobleces?

—Cuatro. Dos y dos. —Hizo el gesto con las manos—. Como cuando doblas un folio para meterlo en el bolsillo.

—¿Y los ojos?

Tania se quedó callada.

—Los ojos —repitió Vega.

—Los ojos estaban rotos. —Lo dijo despacio y le cambió la cara entera al decirlo—.

Estaban rotos de verdad. Tenían un agujero cada uno, así, como si alguien hubiera estado dale que te pego con el lápiz encima.

Y brillaba. Alrededor brillaba, como cuando se te queda el papel brillante de tanto pintar.

—¿Y él? —dijo Ulloa—. Descríbamelo.

—Grande. —Tania lo dijo sin pensarlo—. Grandísimo. Tuvo que agachar la cabeza para entrar por la puerta de mi cuarto y esa puerta la paso yo de sobra y mi hermana también.

—¿Altura aproximada?

—Yo qué sé. Uno ochenta y cinco. Uno noventa. Más que mi cuñado y mi cuñado es alto.

—¿La cara?

—La cara no. —Tania cerró los ojos un momento—. La cara la tenía a contraluz y luego encendió la lamparita y yo estaba mirando el papel, porque me estaba diciendo que mirara el papel.

—¿Nada de la cara?

—Es que no le miré la cara. —Abrió los ojos—. Me dijo que mirara y yo miré donde me dijo. ¿Se entiende? Yo obedecí.

En el pasillo del hospital pasó un carro.

—Eso no lo puede haber sacado de internet —dijo Ulloa, en voz baja, sin dirigirse a nadie.

—No —dijo Vega.

Ulloa cerró la libreta y salió al pasillo a llamar por teléfono, y estuvo doce minutos.

Y a las diez menos cuarto de la mañana de aquel sábado de agosto, en un pasillo de urgencias del hospital Infanta Leonor, con Irene Vidal Serrano ingresada en prisión provisional desde hacía once días, se acabó el caso que había construido la fiscalía.