El hombre que dibujé 38
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El miércoles por la tarde, Ulloa la llamó a su despacho y cerró la puerta, que era una cosa que hacía muy poco.

—Cinco minutos —dijo—. Necesito pensar en voz alta con alguien que no esté en la instrucción y que no me deba nada.

—¿Y yo no te debo nada?

—Tú me debes tres cafés. —Ulloa señaló la silla—. Siéntate.

—Dime.

Puso encima de la mesa el escrito de la fiscal, treinta y una páginas grapadas, con dos marcadas con pósits amarillos y una tercera con un pósit rosa que no llegó a mencionar.

Vega se sentó. La silla de las visitas de aquel despacho tenía una pata más corta y se movía.

—El lunes se presentó esto. Y aquí, en el hecho séptimo, está lo que me quita el sueño. —Leyó—. «Con la cooperación de un varón adulto no identificado, que ejecutó materialmente las entradas en domicilio y las agresiones.»

—Ya lo hablamos.

—Ya lo hablamos y me callé, y llevo cuatro días sin dormir bien. —Ulloa se sentó en el borde de la mesa—. Vega, esa frase es un agujero con corbata. Y no es solo que me falte un nombre: es que me falta el tipo de persona.

—¿Qué quieres decir?

—Que llevo tres semanas, y la fiscal lleva cuatro días, construyendo el perfil de una chica de veintitrés años que hace campañas en internet, y resulta que el que entra en las casas es otra cosa completamente distinta.

—Levantó una mano y fue contando—. Entra sin forzar.

Se mueve por una casa a oscuras con gente durmiendo dentro.

Se está tres horas dibujando en un dormitorio ajeno.

Sabe qué noche duerme cada una en el sofá.

Vuelve. Y luego se lleva las fotografías y no se lleva el dinero.

—Sí.

—Y no deja ni una huella en cinco escenarios.

—Ulloa bajó la mano—. Eso no es un cómplice que alguien recluta por internet.

Eso es un tío que lleva mucho tiempo haciendo esto.

—Ulloa se cruzó de brazos—. Y por eso te he llamado a ti y con la puerta cerrada: porque a los demás no les da igual, pero tienen el escrito presentado y una acusada en Soto del Real, y a ti no te ata nada de eso.

—Te digo más —siguió Ulloa—. Los dos homicidios son de julio y las dos agresiones de abril y mayo, y entre medias hay meses.

Eso no es alguien a quien han contratado para un trabajo.

Eso es alguien que estaba haciendo esto antes de que existiera este caso, y que ha seguido haciéndolo mientras nosotros mirábamos a otro lado.

—¿Eso lo has dicho arriba?

—Eso lo he pensado a las cuatro de la mañana en mi cocina. —Ulloa abrió una mano y la volvió a cerrar—. Arriba he dicho que necesito perfilar al cooperador.

Vega tenía la carpeta en las rodillas. La carpeta tenía dentro dos folios que había empezado a redactar el domingo por la noche y que llevaban por título Nota técnica sobre concordancia anómala en composición facial y que estaban a medias.

—¿Y por qué a mí? —dijo Vega—. Tienes a Ruth.

—Ruth me dice cómo es por dentro y me lo dice muy bien.

—Ulloa se pasó la mano por la cara—. Pero Ruth no ha visto en su vida un dibujo hecho con la mano de nadie.

Yo lo que necesito ahora es alguien que mire esos papeles y me diga qué clase de tío los hace, y en esta casa hay una persona que sabe hacer eso.

—Vale. Eso lo entiendo.

—Y hay otra cosa, y esta es la de verdad. —Ulloa bajó la voz—. Te lo pregunto a ti porque tú tampoco te lo crees.

Vega levantó la cabeza.

—Llevas tres semanas incómoda —siguió Ulloa—.

En la reunión del jueves te levantaste a discutirme la tesis delante de seis personas.

En la fiscalía pusiste una cara que me habría costado el escrito si Arrieta llega a estar mirando.

—Se encogió de hombros—. Y a mí eso no me molesta.

A mí eso me sirve. Yo necesito a alguien en esta mesa que no se lo trague.

—¿Y qué quieres de mí? —dijo Vega.

—Quiero que me ayudes a acotar, y quiero poder decirle a Ferreras que la acotación me la ha firmado una perito. —Ulloa abrió la libreta—. Tú te has pasado la vida mirando a gente que dibuja. Dime qué clase de persona hace esos dibujos.

Y Vega contestó, porque era verdad y porque hacía falta:

Vega abrió su carpeta, sacó las dos ampliaciones que llevaba desde el domingo y las puso encima de la mesa, giradas hacia Ulloa.

—Alguien con formación. Sabe construir un volumen antes de poner un rasgo, sabe resolver una mandíbula con dos líneas y sabe iluminar con un solo foco. No es un aficionado con talento: es alguien que ha hecho horas.

—¿Cuántas horas?

—Años. Miles de horas. —Vega señaló la ampliación con el bolígrafo, sin tocarla—. Y una cosa más: esto está hecho deprisa. Veinte minutos, media hora como mucho. Alguien que tarda veinte minutos en hacer esto lleva media vida dibujando caras.

—Vale. Eso me sirve. —Ulloa lo apuntó—. ¿Estudios de bellas artes?

—O arquitectura, o diseño, o delineación, o restauración, o ilustración, o cualquier oficio en el que se dibuje a diario y desde hace años. —Cada palabra, exacta—. En este país hay decenas de miles de personas con esa mano.

—Ya, pero es un filtro. Es más de lo que tenía esta mañana. —Ulloa siguió escribiendo, y luego levantó la cabeza—. Otra. ¿Zurdo?

Vega tardó medio segundo.

—El sombreado va en la diagonal de una mano izquierda —dijo—. En los dos dibujos.

—Coño. —Ulloa lo subrayó dos veces—. Eso sí es un filtro. ¿Y eso lo puedes poner por escrito?

—Lo puedo poner por escrito y te lo puedo poner con la escala, que es lo que hace falta para que valga algo. —Vega recogió las ampliaciones—. Pero te lo digo ya: eso no identifica a nadie. Eso descarta a nueve de cada diez y deja a los otros exactamente igual que estaban.

—¿Y una mujer? —dijo Vega—. Podría ser una mujer.

—Podría. —Ulloa la miró por encima de la libreta—. Una mujer de metro ochenta y cinco con las manos que describió Balboa. Podría.

—Solo digo que no lo descartes por escrito.

—No lo voy a descartar por escrito, tranquila, que llevo veinte años y sé cómo acaban las cosas que se descartan por escrito.

—Volvió a la libreta—. Ponlo por escrito de todas formas, aunque sea un folio, con la fecha de hoy y con tu firma.

Que descarte a nueve de cada diez me vale: ahora mismo no descarto a nadie.

—Se levantó y fue a por la chaqueta—. Con esto y con la formación ya puedo pedir cruces.

Estudios de dibujo en Madrid, zurdo, entre treinta y cincuenta años, con antecedentes o sin ellos.

Vega se levantó también, con la carpeta apretada contra el costado, y dentro de la carpeta iban dos folios a medias, una funda con cuatro acetatos y, debajo de todo, en el bolsillo interior, un papel doblado en tres con once líneas escritas a mano hacía dos semanas.

Y entonces Ulloa, ya con la chaqueta puesta y la mano en el pomo, se giró y lo dijo sin ninguna intención, con el tono con el que se dicen las últimas cosas del día.

—Oye, una tontería. Como sois del gremio. ¿Alguien de tu entorno dibuja?

En el despacho había una ventana con la persiana a medias, un ordenador, una torre vieja que hacía ruido, un calendario de una gasolinera de 2024 y dos sillas, una de ellas con una pata más corta.

—No —dijo Vega.

—¿Nadie?

—Nadie.

—Ya. —Ulloa abrió la puerta y se quedó con la mano en el canto—. Es que a veces la gente tiene un primo, o un vecino, o un cuñado que pinta acuarelas los domingos, y se pasa el caso entero sin caer.

—Ya.

—Anda, vámonos, que son las ocho y tú llevas aquí desde las nueve de la mañana.

Bajaron juntas en el ascensor sin hablar, y en el vestíbulo Ulloa se despidió con la mano y se fue hacia la calle Julián González Segador.

Vega se paró en mitad del vestíbulo, con la carpeta debajo del brazo, hasta que un agente de la puerta le preguntó si le pasaba algo.

—Nada —dijo—. Que se me ha ido el santo al cielo.