El hombre que dibujé 36
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El lunes por la mañana, a las siete y diez, once días después de la detención de Irene Vidal Serrano y dos después de una comida de domingo, Vega entró en el estudio y encendió la mesa de luz.

No lo decidió. Se levantó, se hizo un café, lo dejó en la mesa del salón sin tocarlo y entró en el estudio como quien va a un sitio al que lleva once días yendo cada noche en sueños.

La mesa de luz era buena, una Just Normlicht de las de antes, con el vidrio opal de sesenta por cuarenta. Se la había regalado ella misma a los treinta y dos años, con el primer dinero de verdad.

Sacó cuatro cosas del archivador y las puso en el tablero, alineadas.

Los tres retratos nuevos: el de Paula Andreu, el de Rocío Balboa y el de Miriam Soler, las tres láminas originales de julio, con el grafito ya asentado.

Y la reproducción buena del retrato de 2010, la de trescientos puntos.

Las escaló mentalmente primero y luego con el pie de rey, porque el ojo miente y el pie de rey no: midió en las cuatro la distancia entre los cantos externos de los ojos y anotó los cuatro factores en una esquina del papel milimetrado.

Luego hizo cuatro transparencias en el escáner, a la escala corregida, y las imprimió en acetato.

Eran las ocho y cuarto de la mañana, con el sol ya entrando por la ventana del estudio, cuando puso la primera sobre el vidrio encendido.

Levantó el acetato de Paula contra la luz de la ventana antes de ponerlo, por costumbre, para comprobar que no se hubiera movido en la impresión.

Lo puso sobre el acetato de 2010 y lo alineó por los ejes.

Los ejes pupilares coincidieron. La línea de implantación del pelo coincidió con una desviación de menos de un milímetro. La comisura izquierda, un milímetro más baja que la derecha, coincidió. El tajo de la ceja, coincidió en longitud y en altura.

Puso encima la de Rocío. Puso encima la de Miriam.

Cuatro acetatos, uno sobre otro, sobre un vidrio iluminado a las ocho y veinte de la mañana de un lunes.

Y las cuatro orejas izquierdas, las cuatro, estaban en el mismo sitio.

En el mismo sitio exacto: arrancando por debajo del ángulo de la mandíbula, un centímetro largo por debajo del punto más bajo en el que puede implantarse una oreja humana, en una posición que no existe, que no se da, que no aparece en ninguna lámina de ningún catálogo del mundo.

Vega se quedó de pie delante del vidrio encendido con las manos apoyadas en el borde de la mesa.

Separó los acetatos y volvió a montarlos en otro orden, por si el orden importaba, aunque sabía que no importaba.

Volvieron a caer en el mismo sitio.

Cogió el pie de rey y midió la distancia desde la línea que une los cantos externos de los ojos hasta el punto de inserción superior del pabellón izquierdo, en las cuatro láminas, y anotó los cuatro valores en el papel milimetrado.

Diferencia máxima entre las cuatro: uno coma dos milímetros.

En una cara construida por cuatro procedimientos distintos, con tres testigos distintas, en cuatro días distintos, separados por dieciséis años.

Vega apagó la mesa de luz con el canto de la mano.

Se quedó a oscuras en el estudio, con el vidrio enfriándose, y la habitación se llenó del ruido del ventilador del escáner.

Volvió a encenderla.

Seguían ahí.

Hizo entonces lo que llevaba dieciséis años enseñando a hacer, que era buscar la explicación aburrida antes que la interesante, y las fue tachando una a una en voz alta, sola, de pie, en el estudio de su casa.

Que las tres testigos hubieran visto el retrato antes: eso explicaba la ceja, el párpado, el óvalo, la boca.

No explicaba la oreja. La oreja no se ve en una reproducción de periódico a doce por ocho centímetros, no se ve en un plano de televisión, y sobre todo nadie la mira: la oreja es lo último que un ser humano mira en una cara y lo primero que olvida.

Había hecho cuatrocientas sesiones y no recordaba una sola en que un testigo hubiera empezado por la oreja.

Que fuera su propia mano: eso era lo que le diría un perito de la defensa y era lo que llevaba once días diciéndose ella.

No servía. Las tres testigos habían rechazado el catálogo entero de veinticuatro láminas, las tres, en tres sesiones separadas, y dos de ellas habían señalado con el dedo un punto por debajo de la lámina veinticuatro.

Estaba grabado en vídeo. Estaba anotado en tres hojas de sesión con su letra.

Rechaza catálogo completo — testigo sitúa implantación por debajo de lámina 24.

No lo había puesto ella. Se lo habían pedido.

Tres mujeres que no se conocían habían pedido, cada una por su lado, en tres días distintos, delante de una cámara, una oreja que no existe.

Y solo hay una manera de pedir un rasgo que no existe, y es haberlo visto.

Quedaba una explicación más y era la peor de todas, la que le habría dicho un compañero con ganas de tranquilizarla: que ella hubiera inducido a las tres.

Se la planteó en serio durante un minuto, porque era la única que la salvaba.

Y luego fue al armario, sacó los tres discos con las grabaciones de las tres sesiones y puso el de Rocío Balboa en el ordenador, en el minuto ciento cuatro, y se vio a sí misma en pantalla, de perfil, con la caja de láminas delante.

—¿Más baja que esta última?

—Le empezaba casi aquí.

Y a Rocío Balboa llevándose la mano al cuello, por debajo del ángulo de la mandíbula, sin que nadie se lo hubiera sugerido, con la cámara grabando.

Vega paró el vídeo y se sentó en el taburete del estudio.

Estuvo así mucho rato, con las manos colgando entre las rodillas y los cuatro acetatos encima del vidrio encendido.

Lo que tenía delante era una prueba pericial de primer orden.

Con eso, redactado en dos folios, firmado y fechado, se acababa el caso contra Irene Vidal Serrano en cuarenta y ocho horas: si las descripciones proceden de un dibujo y no de un hombre, entonces la campaña de Irene no fabricó testigos falsos por accidente, sino que alguien puso ese dibujo delante de la cara de esas mujeres, en persona, dentro de sus casas.

Con eso, además, se acababa Vega Navarro. Porque la primera pregunta de cualquiera —de la fiscal, del juez, de Ulloa, de un periodista, de su hija— iba a ser por qué existe una oreja imposible en el retrato de 2010, y ella tenía la respuesta.

Y había una tercera cosa, y era la que la tenía sentada en un taburete a las nueve menos veinte de la mañana sin poder levantarse.

Que alguien había puesto ese papel delante de la cara de esas mujeres.

Alguien lo llevaba encima. Alguien lo doblaba en cuatro y lo desdoblaba. Alguien lo tenía desde hacía tanto tiempo que se le había gastado por los pliegues.

Y una cuarta cosa, que llegó al final y que era la más pequeña y la más difícil de mirar de frente: que si esa oreja estaba ahí, y estaba, entonces lo que ella había hecho en noviembre de 2010 en una sala prestada de la comisaría de Alcalá había funcionado.

No como ella quiso. Dieciséis años tarde, con dos mujeres muertas por medio y con una chica de veintitrés años en prisión provisional.

Pero había funcionado. La trampilla estaba abierta y era ella la que estaba delante.

Vega se levantó, recogió los cuatro acetatos, los metió en una funda, y la funda en la carpeta de la letra R, detrás de la reproducción de 2010 y de la transcripción de Rosario Quintana.

Tres papeles en la misma carpeta, en la letra R, en el archivador de un estudio de un tercero de Madrid.

Apagó la mesa de luz y se fue a la comisaría.

Por el camino, en el coche, se dijo que aquello no se entrega en bruto: que una prueba así se entrega con la metodología descrita, las mediciones tabuladas y los tres vídeos citados por minuto y segundo, y que eso son dos días de trabajo bien hecho.

Le pareció razonable. Le parecía razonable todo últimamente.