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El domingo comieron los tres en casa de Vega, porque Nacho dijo que quería hacer un arroz y que un arroz para dos no se hace.
Llegó a la una en punto con la paellera propia debajo del brazo, dos bolsas del mercado de la Paz y una barra de pan que le asomaba por encima del hombro. Julia venía detrás, mirando el móvil.
—Traigo la paellera de casa porque las tuyas son un insulto a la profesión y porque el arroz no perdona.
—Mis paelleras son perfectamente…
—Tus paelleras tienen el fondo abombado, Vega, se te queda el arroz hecho una montaña. —Dejó todo en la encimera—. Hola, monstruo, dale un beso a tu madre.
Julia le dio un beso rápido, dijo hola con media boca y se sentó en el taburete de siempre con el móvil boca abajo sobre la encimera de la isla.
Vega registró eso sin querer registrarlo, con el mismo automatismo con el que llevaba veinte años registrando el hombro de una testigo o la manga de otra. Boca abajo, no en el bolsillo y no en la mano. Boca abajo, y a veinte centímetros, y con la mano cerca.
Boca abajo era nuevo.
Nacho se puso a cocinar, y cocinar para él consistía en apoderarse de la cocina entera: el delantal en el gancho, la radio bajita, todos los cacharros fuera antes de empezar.
Cortó la cebolla, dio el sofrito, sacó el pan y empezó a cortarlo en rodajas gruesas apoyando la barra contra el pecho, con el cuchillo en la mano izquierda, como lo cortaba desde siempre, como lo cortaba su padre.
—¿Y del caso? —dijo, sin volverse, moviendo el sofrito con la cuchara de madera—. ¿Se puede preguntar o me matas?
—Se puede preguntar y no se puede contestar.
—Vale, pues pregunto de lo que sale en la tele, que eso es de todos. —Movió el arroz—. La chica esa. La hija del preso.
—¿Qué pasa con ella?
—Que menuda pesadilla, ¿no? —Nacho probó el caldo con una cuchara—. Digo para vosotros, para el caso. Que se pase un año haciendo ruido en internet y luego te aparezcan mujeres muertas. Menudo lío para colocarlo.
—Es un lío.
—¿Y tú qué crees? —Se giró con la cuchara en la mano—. Fuera de lo que puedas decir. ¿Fue ella?
Vega estuvo un momento sin contestar.
—Creo que hizo lo que dice que hizo —dijo—. Y creo que no sabía lo que iba a pasar.
—Pues eso también es culpa.
—Es otra cosa.
—Es otra cosa, sí, pero sigue siendo culpa. —Nacho volvió a los fogones—. Yo qué sé. A mí me da pena la niña, con el padre dentro y todo el país mirándola. Pero vamos, que si yo escribo a cuatro tías y luego a las cuatro les pasa algo, me miro a mí mismo un rato.
—Oye, ¿y tú cómo estás? —dijo Nacho, bajando el fuego—. Y no me digas «bien».
—Cansada.
—Eso es «bien» con otra ropa.
—Estoy en un caso que se ha comido el verano y en el que tengo que ir con mucho cuidado con lo que digo, porque todo lo que digo va a un papel. —Vega se apoyó en la isla—. Y llevo tres semanas hablando en el trabajo con muchísima precisión y en casa no hablando nada.
—Pues habla en casa.
—Es que en casa tampoco puedo contar el caso.
—No te estoy diciendo que cuentes el caso. —Nacho se giró con el paño al hombro—. Te estoy diciendo que hables. Son cosas distintas y las confundes desde que tenías veinte años.
Vega se rio, y se le escapó de verdad.
—Anda, pon la mesa.
Comieron a las dos y media. El arroz estaba bien y Nacho lo dijo tres veces.
Julia habló poco durante toda la comida. Contestó lo justo, se levantó dos veces a por agua sin necesitarla, y en una de esas volvió con el móvil en la mano y lo puso otra vez boca abajo.
—Julia. ¿Tú estás bien? —le dijo Vega.
—Sí.
—Julia.
—Que sí, mamá. Que estoy cansada.
—Está en esa edad —dijo Nacho, sirviendo vino— en que estar cansada es una postura política.
Julia se rio a medias, movió el arroz con el tenedor y no levantó la vista del plato.
A los postres, Nacho contó una historia larguísima sobre un cliente del estudio que había pedido tres veces que le movieran una escalera de sitio y que a la tercera había dicho que la dejaran donde estaba al principio. Julia se rio de verdad dos veces. Vega también.
Y a media historia, sin dejar de hablar y sin dejar de reírse, Nacho cogió una servilleta de papel de la pila del centro de la mesa y sacó el bolígrafo del bolsillo de la camisa, el mismo bolígrafo azul de siempre.
Vega lo vio de reojo, de pie, mientras recogía los platos del centro de la mesa.
Fue así: lo hizo sin mirar el papel, con la mano izquierda, hablando de la escalera del cliente. La otra mano, la derecha, sujetaba la servilleta contra la mesa.
Y lo que salió no fue una caricatura.
Fue otra cosa.
Fue una masa de líneas. Un ovillo de trazos cortos y muy juntos, hechos con presión, uno encima de otro, en un cuadrado de tres centímetros en la esquina de la servilleta.
El bolígrafo iba y venía sobre el mismo sitio.
Al final la tinta se acumuló, el papel se puso brillante y se rompió: se abrió un agujero pequeño con las fibras hacia arriba, y el bolígrafo siguió dos o tres pasadas más por encima del agujero, rascando el mantel.
Nacho terminó la historia del cliente y la escalera, se rio de su propio remate, dejó el bolígrafo encima de la mesa y arrugó la servilleta con una mano, sin mirarla.
—Bueno. ¿Café?
Se levantó, llevó la servilleta arrugada a la cocina y la echó al cubo de debajo del fregadero.
Vega se quedó con la pila de platos en las manos, de pie, entre la mesa y el fregadero.
En la mesa quedaban las migas, dos copas y el bolígrafo de su hermano, con el capuchón puesto, donde lo había dejado.
Su hermano llevaba tres semanas trabajando en un proyecto que le tenía frito.
Se lo había dicho en el coche a Estremera, se lo había dicho por teléfono dos veces: un cliente imposible, un plazo malo, un socio nuevo en el estudio que revisaba todo dos veces.
La gente hace eso. La gente raya papeles en las reuniones, en el teléfono, en las servilletas.
Ella misma lo hacía: llenaba los márgenes de los informes de espirales concéntricas cuando algo se le atragantaba, y una vez, en una vista oral en Valencia, había perforado la hoja del bloc con la punta del bolígrafo sin darse cuenta.
Un mal día en el estudio. Nada más que eso.
—¿Con leche o solo? —dijo Nacho desde la cafetera.
—Con leche. Y poco.
A las seis, Julia dijo que había quedado y se levantó a por la mochila. En el recibidor, mientras se ataba las zapatillas, Vega se agachó a su lado.
—Julia.
—¿Qué.
—Que si te pasa algo me lo dices.
—Que no me pasa nada, mamá, de verdad. —Se levantó y se colgó la mochila de un hombro—. Es que estáis todo el rato con lo del caso y me agobia un poco. Sale hasta en TikTok.
—¿Sale en TikTok?
—Sale en todos lados. —Abrió la puerta—. Chao, tío. El arroz estaba guapísimo.
—¡Estudia! —gritó Nacho desde la cocina.
Julia se fue a las siete y se despidió desde la puerta sin volver a entrar en el salón.
Nacho recogió la paellera, la secó, la envolvió en un paño y le dio a Vega un beso en el pelo, de paso, como siempre.
—Come mejor —dijo, ya en el rellano—. Estás en los huesos y tienes una cara de mierda que no se puede aguantar.
Cuando cerró la puerta, Vega se quedó de pie en el recibidor, con la mano todavía en el pestillo y el ruido del ascensor bajando al fondo.
Luego fue a la cocina, abrió el armario de debajo del fregadero y estuvo un rato mirando el cubo de la basura, con la puerta abierta y la mano en el pomo.
Lo cerró.
Fue al salón, apagó las luces una por una y se fue a la cama.