El hombre que dibujé 34
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Pidió la visita el lunes por la mañana y se la concedieron para el jueves.

No se lo dijo a Ulloa. Le dijo que iba a Alcalá a revisar unos planos del inmueble y era mentira, y fue la primera mentira suya que no venía envuelta en un tecnicismo.

Nacho se ofreció a llevarla otra vez y le dijo que no.

—¿Por?

—Porque necesito el coche para volver por otro sitio.

—Vale. —Ni una pregunta más—. Llámame cuando salgas.

Salió de casa a las ocho y media y condujo por la A-3 con la radio apagada.

En el peaje de las dudas —el kilómetro en el que se decide si uno sigue o da la vuelta, y que en la A-3 está a la altura de Arganda— pensó en la frase que iba a decir y en las tres o cuatro maneras que había de que aquel hombre la echara a patadas del locutorio.

Siguió conduciendo.

Estremera olía igual, y la cola de la entrada de visitas era la misma: mujeres, casi todas, con bolsas transparentes y el DNI en la mano.

Las taquillas, los arcos, las dos puertas que no se abren hasta que se cierra la anterior, el locutorio de tres por cuatro con la mesa atornillada y el fluorescente que zumbaba.

Joaquín Vidal entró a las once y cinco y se paró un segundo al ver que estaba sola.

—¿Y la inspectora?

—No viene. Vengo yo.

—¿Puede usted venir sola?

—Puedo venir como cualquier persona. —Vega señaló la silla—. Hoy no estoy trabajando.

Joaquín se sentó y colocó las manos como las colocaba siempre, una encima de la otra.

—Han detenido a mi hija.

—Sí.

—Me lo dijo el trabajador social el jueves pasado. —Tenía la voz igual que la otra vez, pero la cara no—. Y luego lo vi en la tele. Salía la fachada de su casa.

—Lo siento mucho.

—No lo sienta usted, que no ha sido usted. —Levantó una mano dos centímetros y la volvió a bajar—. Dígame para qué ha venido.

Vega puso las manos sobre la mesa, abiertas, como se ponen cuando se quiere que el otro las vea.

—He venido a hacerle una pregunta que no está en ningún papel —dijo—. Y no tengo ningún derecho a hacérsela, así que si no quiere contestar, no conteste y me voy.

—Pregunte, mujer, que no me va a doler más que lo de esta semana.

—En estos dieciséis años, ¿le ha escrito alguien? —Vega se inclinó un poco—. Alguien de fuera. Alguien que no sea su familia ni su abogado ni un funcionario. Alguien que le haya buscado.

Joaquín se quedó quieto.

Fue un tipo concreto de quietud, de las que Vega sabía leer: no la del que no entiende la pregunta, sino la del que la entiende demasiado deprisa.

—¿Por qué me pregunta eso?

—Porque hay tres denuncias antiguas de un hombre que se parece a ese retrato, de 2013, de 2017 y de 2021, y porque llevo once días pensando en ellas.

—Eso lo dice mi hija en su página.

—Lo dice su hija y lo he comprobado yo. —Vega sostuvo la mirada—. Existen.

Joaquín miró la ventana alta con la reja.

Y luego hizo algo que Vega no esperaba: se levantó, fue hasta la puerta y le dijo dos frases al funcionario del pasillo. El funcionario contestó algo. Joaquín volvió a sentarse.

—Le he pedido cinco minutos —dijo—. Va a subir un compañero a mi celda a por una cosa.

—¿A por qué cosa?

—Ahora la ve. —Se recolocó en la silla—. Si es que le sirve de algo.

Estuvieron cuatro minutos sin hablar, con el zumbido del fluorescente y el ruido lejano de una puerta metálica.

El funcionario entró con una bolsa de plástico transparente de las de economato, con el cierre de cremallera, y la dejó encima de la mesa. Joaquín le dio las gracias por su nombre.

Dentro había un taco de postales.

—Quince —dijo Joaquín—. Una por año. Desde 2011. La del primer año no está, que esa la tiré.

—¿Entonces son dieciséis?

—Son dieciséis. Aquí hay quince.

Vega no las tocó y no dijo nada durante bastante más que unos segundos.

Se quedó mirando la bolsa de plástico transparente encima de la mesa atornillada al suelo, con el taco de cartulinas dentro, sujeto con una goma de pelo azul de las de a euro el paquete.

—¿Puedo?

—Para eso las he pedido.

Abrió la cremallera de la bolsa y sacó el taco con las dos manos.

Eran postales normales, de las que se compran en cualquier sitio: una del acueducto de Segovia, dos de Madrid con la Cibeles, una de un pueblo de la sierra, una de un cuadro del Prado, tres de paisajes genéricos con puestas de sol. Papel barato, esquinas gastadas.

Las dio la vuelta una por una.

Ninguna de las quince tenía una sola palabra escrita. Ni un mensaje, ni una firma, ni una fecha, ni las señas del remitente. Los sellos eran españoles y los matasellos, de distintas oficinas de Madrid.

En el espacio del mensaje, en cada una de las quince, había un dibujo a lápiz.

Eran ojos.

No caras: ojos. Un par de ojos, dibujados con oficio, con las pestañas y el pliegue del párpado resueltos con dos trazos, en un espacio de cinco centímetros por tres.

Y en las quince, los ojos estaban repasados. Machacados. La punta del lápiz había vuelto una y otra vez sobre el mismo sitio hasta acumular grafito, hasta bruñir el cartón, hasta que en cuatro de ellas el papel se había abierto y quedaba un agujero pequeño y sucio con las fibras hacia fuera.

Las miró de cerca, una por una, sin tocarlas más de lo necesario, con esa manera de mirar que se le ponía sola cuando había papel delante.

El sombreado del pliegue del párpado, resuelto con dos trazos cortos. La pestaña inferior, insinuada y no dibujada, que es lo que hace un dibujante con oficio y no hace nunca un aficionado. La ceja fuera de encuadre en todas menos en dos.

Y encima de todo eso, el destrozo.

Vega las puso en fila sobre la mesa atornillada.

Quince pares de ojos rotos, ordenados por año.

—¿Cuántas veces las ha mirado? —dijo Vega.

—Al principio, mucho. —Joaquín se miró las manos—. Ahora las saco una vez al año, cuando llega la nueva. Las pongo en fila como las ha puesto usted, las miro un rato y las vuelvo a guardar.

—¿Y qué mira?

—Si ha cambiado algo. —Alineó el borde de la bolsa con el canto de la mesa—. Nunca cambia nada.

—Llegan en octubre —dijo Joaquín—. Siempre en octubre, la última semana. La primera vez casi la tiro. Luego llegó la segunda y ya las guardé todas.

Contó los matasellos. Ocho de Madrid capital, con cuatro oficinas distintas. Tres de Alcalá. Dos de Getafe. Uno de Villaverde. Uno ilegible.

Vega tenía las dos manos apoyadas en el borde de la mesa.

—¿Se lo dijo a alguien? —consiguió decir.

—¿A quién se lo iba a decir?

—Al centro. A un funcionario. A su abogado. A alguien.

—Se las enseñé a una junta de tratamiento en 2015. —Joaquín se encogió de hombros con un solo hombro—. Y me preguntaron si yo creía que aquello tenía que ver con mi delito.

—¿Y usted qué dijo?

—Que yo no tenía delito.

Se quedaron callados. Fuera, en el pasillo, pasaron dos internos hablando y el funcionario les dijo algo.

—Señor Vidal —dijo Vega, y le costó—. ¿Usted quién pensaba que las mandaba?

Joaquín la miró.

La miró de la misma manera que la primera vez, sin prisa, recorriéndole la cara como quien comprueba algo, y tardó tanto en contestar que Vega ya sabía la respuesta antes de oírla.

—Pensé que eran suyas —dijo—. Dieciséis años pensándolo.

El fluorescente zumbaba.

—¿Mías?

—De usted o de la testigo. —Volvió a poner las manos como las tenía—. De alguien que no podía dormir. Cada octubre, en el aniversario, alguien que no puede dormir y que dibuja. Yo qué sé. Uno se cuenta cosas.

—Yo no…

—Ya. —Joaquín señaló las postales con la barbilla—. Ya lo veo, señora Navarro. Se le ha puesto una cara.

Vega miró otra vez la fila de quince postales sobre la mesa atornillada al suelo, en el orden en que las había puesto ella, de 2011 a 2025, con el destrozo repitiéndose año tras año en el mismo sitio.

—¿No son suyas? —dijo Joaquín.