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La grieta apareció el viernes, en una sala de reuniones con el aire acondicionado roto y siete personas dentro, y la abrió Blázquez sin querer y a media mañana, cuando ya todo el mundo estaba pensando en el fin de semana.
—Una cosa que no me cuadra —dijo, con la libreta en la mano—. Miriam Soler.
—Dime.
—Es que Andreu y Balboa las agrede en abril y en mayo y las deja vivas. A Soler no la agrede: se le mete en casa dos veces, le deja dibujos, se lleva la tarjeta de la cámara y a la tercera la mata. —Levantó la vista—. ¿Por qué a esa sí?
—Porque tenía cámara y la cámara lo pilló —dijo Sanabria, sin levantar la vista.
—Vale, eso me sirve para la tarjeta. No me sirve para las fotos.
Ulloa dejó el bolígrafo.
—Sigue, sigue.
—Y hay más, y esto ya es lo que me tiene jodido desde el martes por la noche.
—Blázquez se remangó y dejó la libreta en la mesa—.
Andreu y Balboa fueron agredidas y siguen vivas.
Ninguna de las dos denunció nada raro en las semanas anteriores: ni llamadas, ni cartas, ni ruidos.
Nada. A Soler, en cambio, se le mete tres veces, le deja dibujos, le hace una escalada de manual.
¿Por qué con una hace una cosa y con las otras dos otra distinta?
—Porque las otras dos se despertaron y Soler no —dijo Ruth—. Y esa es toda la diferencia.
Todos la miraron.
—Andreu se despertó porque él encendió la lámpara. Balboa se despertó porque se levantó a por agua. —Ruth abrió su carpeta—. Las dos declaran que él se quedó quieto un rato antes de que pasara nada. Es decir: en las dos casas estaba haciendo otra cosa cuando lo interrumpieron.
—¿Y qué estaba haciendo?
—Lo mismo que hacía en casa de Soler —dijo Ruth—. Mirar.
—En casa de Soler se llevó diez fotografías de las paredes, un álbum, las de la nevera y le vació la galería del móvil una a una.
—Blázquez fue pasando páginas—. En casa de Quintana, exactamente lo mismo: diez marcos vacíos, dos álbumes, la galería.
Eso no es cubrirse. Eso lleva tiempo, se hace de pie en un salón con una muerta al lado y no sirve absolutamente para nada.
—A no ser que sirva para él —dijo Ruth Colomer, sin levantar la vista de su carpeta.
—Eso es exactamente lo que digo, y ahí es donde se me cae la teoría entera.
—Blázquez cerró la libreta—. Y ahí es donde se me cae la teoría.
Porque todo lo que le estamos atribuyendo a Irene Vidal es de teclado.
Mensajes, publicaciones, un corcho. Y esto de las fotos no es de teclado.
Esto es una cosa de una persona a la que le importa mucho una cosa muy rara.
Se hizo un silencio de esos que Vega ya conocía: el de una sala donde acaban de decir en voz alta lo que todo el mundo llevaba dos días pensando en el coche y callándose en el pasillo.
—Y una cosa más, ya que estoy —dijo Blázquez—. Las cuatro mujeres del corcho que fueron atacadas están en la segunda fila. En la segunda fila hay once fotos. ¿Por qué esas cuatro de esas once?
—Porque son las que él pudo localizar —dijo Sanabria.
—O porque son las que ella eligió, que es lo que va a decir la fiscal el lunes. Ya. —Blázquez se pasó la mano por la nuca—. Es que las dos respuestas valen igual y esa es la parte que me revienta.
—¿Y qué propones? —dijo Ulloa.
—No propongo nada, que para eso está usted. Solo digo que estamos escribiendo un atestado de trescientas páginas donde el que hace lo raro no aparece.
Ferreras habló desde el fondo de la sala. Llevaba veinte minutos de pie junto a la ventana sin decir nada, que era lo que hacía cuando ya había decidido algo.
—Aparece —dijo, sin levantar la voz—. Aparece en el escrito. Aparece como cooperador no identificado.
Blázquez se giró en la silla.
—¿Cómo que aparece?
—Cooperador varón no identificado. —Ferreras se levantó, se abrochó la chaqueta y se quedó un momento con la mano en el respaldo de la silla—.
Es la fórmula. La fiscal la va a usar igual, con esa o con otra parecida, porque el escrito hay que presentarlo el lunes y porque lo que tenemos acreditado es lo de la chica.
El otro se busca y cuando aparezca se acumula.
—O sea, que lo dejamos en un hueco.
—Lo dejamos en un hueco con un nombre administrativo, que es una cosa distinta y usted lo sabe. —Ferreras cogió su carpeta—. Y seguimos buscándolo, Blázquez, que nadie ha dicho lo contrario. Pero ese hueco no me para una acusación.
Se fue. La puerta se quedó abierta.
Nadie recogió nada durante casi medio minuto.
—Vale —dijo Ulloa al final—. Blázquez, sigue con eso y ponlo por escrito, con fecha de hoy. Aunque no entre en el escrito de la fiscal, quiero que conste en el atestado que lo dijimos.
—¿Y sirve de algo?
—Sirve para que dentro de dos años, cuando esto se caiga o no se caiga, alguien abra el tomo tres y lea que lo vimos, quién lo dijo y en qué fecha.
—Recogió su carpeta—. Es lo único que a veces se puede hacer, Blázquez, y no es poco.
—Ulloa recogió su carpeta—. Es lo único que a veces se puede hacer.
Blázquez se quedó mirando la puerta abierta con la libreta en la mano.
Vega estaba sentada con las manos abiertas sobre la mesa y la mirada en la pizarra, en la línea que Ulloa había trazado tres semanas antes de punta a punta, con oct 2010 escrito en un extremo y jul 2026 en el otro.
Conocía esa máquina.
La conocía pieza a pieza, porque la había visto funcionar entera una vez, desde dentro, a los veinticinco años, en una comisaría de Alcalá de Henares.
Funcionaba así, y no hacía falta que nadie fuera mala persona en ningún momento: primero había una cosa que había pasado y que no se entendía.
Luego aparecía alguien que encajaba bastante.
Luego se escribía un documento en el que lo que encajaba se ponía delante y lo que no encajaba se ponía detrás, con una fórmula administrativa que lo sostuviera.
Y después todo el mundo seguía trabajando, honestamente, con buena fe, catorce horas al día, dentro del documento.
Y a partir de ahí ya no hacía falta nadie: lo demás lo hacía el tiempo.
A las tres semanas ya nadie recordaba que aquello había sido una decisión: a las tres semanas era simplemente el caso, y quien lo discutiera estaba discutiendo el caso, que es una cosa que agota mucho y que nadie hace dos veces seguidas.
Nadie mentía. Ese era el detalle que a Vega le había costado dieciséis años entender: que aquella máquina funcionaba sin que nadie mintiera. Solo hacía falta que la parte que no encajaba tuviera un nombre lo bastante aburrido.
Cooperador varón no identificado.
Cuatro palabras y un procedimiento que sigue caminando.
En 2010 la fórmula había sido otra. En 2010 la fórmula había sido el testimonio de la testigo resulta creíble y persistente , y detrás de esas nueve palabras se había quedado, doblada y guardada, una mujer de sesenta y dos años que había dicho tres veces, en su cocina y delante de dos personas, que no le había visto la cara.
—¿Vega?
Levantó la cabeza y le costó un segundo situarse. La sala se había vaciado y Ulloa estaba recogiendo con una mano y contestando el móvil con la otra.
—Perdona. ¿Qué?
—Que si te vas ya. Te he preguntado dos veces.
—Me voy.
Ulloa se colgó el bolso y se paró en la puerta.
—Oye, la fiscal te dio caña esta mañana y no era contra ti. Es su trabajo.
—Lo sé.
—Y lo hiciste bien. —Ulloa se encogió de hombros—. En cuatro minutos le explicaste una cosa que a mí me habría llevado media hora. Por eso el escrito del lunes va a aguantar.
Se fue por el pasillo con el móvil ya en la oreja.
Vega se quedó en la sala vacía, delante de una pizarra con una línea horizontal, y por primera vez desde julio pensó, con todas las palabras y en el orden correcto, que la iban a acusar de haber montado esto dos veces.