El hombre que dibujé 32
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La fiscal se llamaba Elvira Arrieta, tenía cincuenta y tantos años y una manera de leer que consistía en no levantar la vista mientras hablaba.

—Vamos a ver si lo entiendo, inspectora, y perdone que sea antipática a las nueve y media de la mañana.

—Pasó una hoja—. Usted me trae a una chica de veintitrés años sin antecedentes, y me dice que es autora por inducción de dos homicidios y tres delitos de lesiones.

Y las manos que estrangularon a esas dos mujeres no son las suyas.

—No son las suyas. Es una chica de metro sesenta y dos y cincuenta kilos, y las dos víctimas fueron estranguladas con las dos manos y con una fuerza que descarta a más de la mitad de la población.

—¿Y de quién son?

—Todavía no lo sé, y prefiero decírselo yo antes de que lo lea usted en el folio nueve.

—Ya. —Arrieta pasó otra hoja—. Y ahora convénzame usted, y hágalo rápido, que el escrito hay que presentarlo el lunes y hoy es jueves por la mañana.

La sala de la fiscalía tenía una mesa larga, ocho sillas y una ventana que daba a un patio de luces. En la pared, un calendario del año pasado.

Ulloa se puso de pie. Vega, sentada al final de la mesa con la carpeta de la pericial encima de las rodillas, la vio hacerlo y pensó que en tres semanas había aprendido a reconocer cuándo Sonia Ulloa creía de verdad en algo: se levantaba.

—Cuatro mujeres. Marzo. —Ulloa fue poniendo los folios encima de la mesa, uno a uno, como quien reparte cartas—. Mensaje directo, con foto adjunta del retrato del caso Ruano. Días 2, 9, 14 y 16. Redactado por la acusada, enviado por la acusada, reconocido por la acusada.

—Eso lo admite y me lo ha puesto por escrito de su puño y letra, con las contraseñas de las tres cuentas encima.

—Eso me consta.

—Lo admite todo. Y esa es la primera cosa rara.

—Ulloa siguió repartiendo—. Abril: agresión con entrada nocturna a Paula Andreu.

Mayo: agresión a Rocío Balboa. Junio: allanamientos y dibujos en el domicilio de Miriam Soler.

Julio: homicidio de Miriam Soler. Sábado pasado: homicidio de Rosario Quintana Piera.

—La testigo de 2010.

—La testigo de 2010. Setenta y ocho años, en su casa, con el mismo modus: sin forzamiento, con la misma sustracción de imágenes de toda la vivienda y con el mismo recorte de prensa encima de la mesa camilla. Y a seiscientos metros del portal donde mataron a Estela Ruano.

—¿Y las coartadas?

—Ninguna. Vive sola, no tiene pareja, no sale. —Ulloa repartió otro folio—. Y aquí hay algo que le va a interesar: las dos noches de los homicidios su teléfono estuvo en su domicilio, encendido y quieto.

—Eso la exculpa.

—Eso exculpa a su teléfono.

Arrieta levantó la vista por primera vez.

—Y el móvil.

—Su padre. —Ulloa se apoyó en el respaldo de su silla con las dos manos—.

Joaquín Vidal Arranz, señoría, lleva dieciséis años en Estremera y no va a salir nunca en régimen ordinario, porque para salir tiene que reconocer los hechos y él no los reconoce.

Su hija lo ha entendido. Lleva diez meses haciendo campaña pública para reabrir el caso y no ha conseguido nada: mil doscientos seguidores y un pódcast pequeño.

—Y ahora tiene tres televisiones y dos pódcast.

—Ahora tiene todo el país. —Ulloa señaló los folios—. Y lo tiene porque han aparecido mujeres agredidas en Madrid por un hombre con la cara del retrato que condenó a su padre.

La fiscal se quitó las gafas y las dejó sobre el expediente.

—¿Y la parte técnica? —Miró al fondo de la mesa—. ¿Usted es la perito?

—Vega Navarro. Perito calígrafa y retratista forense, colaboradora de la Policía Nacional desde 2008.

—Usted hizo el retrato de 2010.

—Sí. En noviembre de 2010, en la comisaría de Alcalá de Henares.

—Qué incómodo debe de ser todo esto para usted. Y no lo digo con maldad: lo digo porque el abogado de la defensa lo va a decir con maldad.

Vega notó la frase entrar, notó que estaba puesta ahí a propósito y no la contestó.

—La pregunta que me van a hacer en juicio es esta —siguió Arrieta—. Si tres mujeres han descrito la misma cara, ¿por qué no puede ser sencillamente que la cara exista?

—Porque no coinciden así tres memorias —dijo Vega.

—Explíquemelo.

—Dos personas que ven al mismo hombre dan dos hombres parecidos, no el mismo.

Distinta altura, distinta edad, distinta boca.

—Habló despacio, con el tono del aula—. Tres descripciones que coinciden rasgo por rasgo, incluidos rasgos poco frecuentes, no indican que el testigo tenga buena memoria. Indican una fuente común.

—¿Y la fuente común es el mensaje de la acusada?

—La fuente común es una imagen que las tres han visto antes de la agresión. —Vega eligió cada palabra—. Consta que las cuatro recibieron esa imagen en marzo. Es la fuente común documentada.

—¿Documentada quiere decir la única?

—Quiere decir la única que consta.

Arrieta la miró un segundo más y luego lo apuntó.

—Bien. —Volvió a ponerse las gafas—. Entonces su tesis es que la acusada metió la cara en la cabeza de esas mujeres antes de que las agredieran, y que por eso las tres describen al hombre que a ella le interesa que describan.

—Esa es la tesis de la acusación —dijo Vega—. Yo soy perito. Yo puedo decir que las tres descripciones tienen una fuente común. Quién puso esa fuente ahí no es una pregunta técnica.

—Usted es perito y acaba de darme el argumento. —La fiscal no lo dijo con dureza; lo dijo como quien coloca una pieza—. Bien. Me gusta. Es limpio y es explicable a un tribunal en cuatro minutos.

—Una última cosa —dijo Arrieta, cerrando el expediente—. Los tres expedientes antiguos que la investigada aporta en su declaración. Villaverde, Alcorcón, Getafe.

Vega levantó la cabeza.

—Los tenemos —dijo Ulloa—. Existen los tres.

—¿Y qué hacemos con ellos?

—Con los tres juntos, nada. Descripciones genéricas, archivos por autor desconocido, nueve años de diferencia y tres partidos judiciales. —Ulloa lo dijo sin ganas—. Cualquier defensa nos los devolvería en dos preguntas.

—Es la defensa quien los aporta, inspectora.

—Ya. Pues cualquier acusación se los devuelve en dos preguntas.

Arrieta escribió algo corto en el margen y pasó de página.

Salieron a la calle a las dos menos cuarto. Hacía un calor de tormenta, el cielo estaba blanco y olía a asfalto caliente.

—Ha ido bien —dijo Ulloa, poniéndose las gafas de sol.

—Ha ido muy bien. Le has gustado tú y le ha gustado el escrito.

—Le ha gustado el orden. Arrieta es de las que compran el orden.

—¿Entonces por qué tienes esa cara?

Vega se paró en la acera, entre dos coches mal aparcados, con el bolso colgado del hombro y la carpeta bajo el brazo.

Podía decirlo ahí. En una acera, sin testigos, con la fiscalía a la espalda: que la fuente común documentada no es la única, que hay tres denuncias de 2013, 2017 y 2021 que esa imagen no explica, y que yo lo sé desde hace once días.

—Porque encaja demasiado —dijo.

—¿Eso es malo?

—En mi trabajo, sí. —Vega se cambió la carpeta de brazo—. Cuando un testigo te da una declaración que encaja pieza por pieza con lo que tú esperabas oír, la primera pregunta que hay que hacerse es qué le has dado tú antes de que hablara.

—Ya. —Ulloa buscó las llaves—. A mí también me pasa. Pero llevo veinte años en esto y te digo una cosa: cuando algo encaja demasiado, a veces es porque está mal, y a veces es porque es verdad. Y no hay manera de saber cuál de las dos hasta que se cae.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto tengo una acusada, una fiscal contenta y a dos mujeres que llevan cinco días durmiendo con la luz apagada. —Abrió el coche—. Y eso, Vega, después de tres semanas, es más de lo que tenía el lunes pasado. Sube, que te llevo.

Vega se quedó de pie en la acera, mirando la puerta abierta del coche y el asiento vacío.

Se subió al coche.

Lo peor de aquella mañana no había sido la fiscal. Lo peor había sido darse cuenta, mientras hablaba, de que ella misma se había creído su propia declaración durante casi un minuto entero.