El hombre que dibujé 31
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La declaración empezó a las cinco y cuarto de la tarde, después de que el juez autorizara la detención comunicada, y duró tres horas y veinte minutos con dos pausas.

Vega la vio desde la sala contigua, a través del cristal, con Ruth Colomer al lado y un altavoz malo que se comía las eses.

Le habían preguntado si quería estar y había dicho que sí sin pensarlo, y en el pasillo, mientras esperaban, se había preguntado por qué había dicho que sí.

Irene Vidal Serrano era más pequeña de lo que Vega esperaba, y más joven. Delgada, con el pelo oscuro recogido con una pinza, una camiseta negra y unas manos que no paraban quietas. No se sentó hasta el minuto veinte, y cuando lo hizo fue en el borde de la silla.

Y no se derrumbó, que era exactamente lo que todo el mundo en aquel edificio llevaba desde el mediodía esperando.

—¿Es usted la titular de la cuenta que se hace llamar «El retrato miente»? —dijo Ulloa.

—Sí.

—¿Y de las dos anteriores?

—Sí. Las abrí y no supe usarlas. —Habló rápido, con una dicción muy limpia—. Puedo darles las contraseñas de las tres ahora mismo si quieren. ¿Tienen un papel?

Lo escribió sin pensárselo dos veces, con letra rápida y clara, y empujó el papel por la mesa hasta el otro lado.

El abogado del turno de oficio, desde la esquina, cerró los ojos un momento.

—¿Envió usted mensajes directos a Paula Andreu, Rocío Balboa, Miriam Soler y Tania Reig?

—Sí. El 2, el 9, el 14 y el 16 de marzo. —Ni un titubeo—. Y a cuarenta y siete mujeres más. Tengo la lista completa con las fechas en el corcho de mi casa, que ya la tienen ustedes, y las capturas de todas las conversaciones en una carpeta del ordenador que se llama «avisos».

Ulloa lo cogió, lo leyó y se lo pasó al agente que tenía detrás sin apartar la vista de la chica.

—Nos lo está poniendo usted muy fácil.

—¿Le han asignado abogado?

—Ha venido el del turno. Está ahí. —Irene señaló al hombre de la esquina con la barbilla, sin mirarlo—. Me ha dicho que no diga nada.

—Es un buen consejo.

—Es que llevo diez meses queriendo que alguien me pregunte esto. —Irene se echó hacia delante—. Pero le voy a decir una cosa antes de seguir, porque llevo desde esta mañana viéndoles la cara. Ustedes creen que las elegí para que les pasara algo.

—¿Y no fue así?

—Yo las elegí porque se parecen a Estela Ruano —dijo Irene—. Y las avisé porque hay un hombre que lleva quince años buscando mujeres con esa cara y ustedes no lo saben.

—Explíquese.

—Villaverde, marzo de 2013. Alcorcón, septiembre de 2017.

Getafe, noviembre de 2021. —Las dijo de memoria, marcándolas con el dedo en la mesa—.

Tres denuncias por merodeo y allanamiento, tres comisarías distintas, tres expedientes archivados por autor desconocido.

En las tres, la misma descripción: moreno, rizado, ojos hundidos, ceja partida.

Y las tres denunciantes tienen el mismo tipo de cara.

—Eso lo publicó usted en enero.

—Eso lo publiqué en enero porque nadie me hacía caso.

—Levantó las dos manos—. ¿Sabe lo que hice antes de publicarlo?

Fui a la comisaría de Villaverde en noviembre con una carpeta.

Me atendió un agente en el mostrador veinte minutos y me dijo que aquello estaba archivado.

Fui a Getafe en diciembre. Escribí dos veces al juzgado de vigilancia.

Escribí a la fiscalía. Escribí a cuatro periódicos y me contestó uno, para decirme que sin novedad judicial no había noticia.

—Y entonces empezó a escribir a las mujeres.

—Y entonces empecé a escribir a las mujeres, sí.

—Irene se paró un segundo—. Porque me quedé mirando el corcho de mi casa una noche de febrero y pensé: si tengo razón, alguna de estas está en peligro ahora mismo.

Y si no tengo razón, lo peor que me puede pasar es que setenta y ocho desconocidas piensen que estoy loca.

Ulloa dejó el bolígrafo.

—Irene, ¿ha entrado usted alguna vez en el domicilio de alguna de esas mujeres?

—No.

—¿Ha estado alguna vez dentro del portal de alguna de ellas?

—No.

—¿Conoce usted a algún hombre que…?

—No. —Ahora sí levantó la voz—. No hay ningún hombre. No hay ningún amigo, ni ningún novio, ni ningún primo. Vivo sola, trabajo en una imprenta ocho horas y el resto del tiempo lo dedico a esto. Miren mi teléfono. Miren mis mensajes. Llevo un año sin quedar con nadie.

—Irene, ¿por qué dejó de visitar a su padre en junio del año pasado?

Y ahí, por primera vez en cuarenta minutos, la chica bajó la voz.

—Porque me lo pidió él.

—¿Se lo pidió él?

—Le llevé una carpeta. —Se miró las manos—. Le llevé los tres avistamientos, las fechas, todo. Le dije que iba a sacarlo. Y él me dijo que no volviera, que me buscara una vida, que él de allí no salía. —Levantó la cabeza—. Me dijo que era mejor así.

—¿Y usted qué hizo?

—Le hice caso. —Se le puso la voz plana—. Dejé de ir y seguí.

—¿Dónde estaba usted la noche del 15 al 16 de julio?

—En mi casa.

—¿Y la noche del viernes pasado al sábado?

—En mi casa. —Se le quebró algo, por primera vez, y no era miedo: era rabia—. Y ya sé lo que significa eso, ¿vale? Sé perfectamente lo que significa. Me lo sé de memoria. «Estaba en su casa, durmiendo, solo.»

Ulloa levantó la cabeza.

—Es lo que dijo mi padre. —Irene lo dijo despacio, marcando cada palabra—. En 2010. En este mismo edificio o en uno parecido. Y ustedes escribieron que no tenía coartada.

Al otro lado del cristal, Ruth Colomer se movió en la silla.

—Es buena —murmuró.

—¿Buena cómo?

—Buena de que no se contradice. —Ruth tenía una libreta en las rodillas y no había escrito nada—. Lleva una hora y media y no ha cambiado una fecha. La gente que se inventa las cosas afina cuando aprieta el otro. Ella repite.

—Está diciendo la verdad —dijo Vega.

Ruth la miró.

—¿Tú crees?

Vega no contestó.

En la sala, Irene bebió agua por primera vez en dos horas y dejó el vaso mal, en el borde de la mesa, y el agente de la esquina se lo movió al centro sin decir nada.

Ulloa pasó una página.

—Voy a serle sincera, porque usted está siendo sincera conmigo y se lo debo.

—Juntó las manos—. Todo lo que me ha contado sobre 2013, 2017 y 2021 no lo puedo usar.

Son expedientes archivados sin autor conocido, con descripciones genéricas, en tres partidos judiciales distintos.

Cualquier juez me dirá que eso no es un patrón: que es una casualidad que usted ha convertido en un patrón porque necesitaba que lo fuera.

—Compruébenlo.

—Lo hemos comprobado. Existen los tres expedientes, existen las tres denuncias y existen las tres mujeres. Y eso es todo lo que hay, Irene. Tres papeles.

—No. —Irene se puso de pie y un agente dio medio paso—. No, no, escúcheme. Compruébenlo de verdad. Cojan las tres denuncias, cojan las fotos de las tres mujeres, pónganlas al lado de la foto de Estela y mírenlas. Solo eso. Mírenlas.

—Siéntese, por favor.

—Es que llevo un año entero pidiendo por escrito que alguien las mire, señora, un año.

—Siéntese.

Irene se sentó. Se pasó las dos manos por la cara, de abajo arriba, y las dejó un momento tapándose los ojos.

—Es que ustedes no lo entienden —dijo, ya sin fuerza—. Yo no necesito tener razón. Necesito que alguien mire.

En la sala contigua, Vega Navarro tenía las manos sobre las rodillas y la vista en el cristal.

Las había mirado. El jueves, a las cuatro y veinte de la mañana, escaladas todas al mismo tamaño interpupilar y alineadas por la horizontal de los ojos.

Las había mirado con las herramientas con las que se miran esas cosas y había llegado a la única conclusión a la que se puede llegar.

Era la única persona de aquel edificio que sabía que la mujer del otro lado del cristal estaba diciendo la verdad, y no dijo nada, y a las ocho y treinta y cinco de la tarde de aquel miércoles de julio Irene Vidal Serrano pasó a disposición judicial como presunta autora de una inducción y cooperación necesaria en tres delitos de lesiones y dos de homicidio.