El hombre que dibujé 30
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Entraron en el piso de la calle Amparo Usera a las siete y cuarto de la mañana del miércoles con la llave de la casera, porque llamaron tres veces y porque Irene Vidal no estaba dentro.

La casera, una mujer con bata y el pelo mojado, abrió el portal quejándose y dejó de quejarse en cuanto vio cuántos eran.

Era un segundo interior de cuarenta metros: una habitación, un salón con cocina americana, un baño. Estaba limpio. Había una bicicleta colgada de un gancho en el pasillo, dos plantas vivas y una foto en la nevera de una mujer de unos cuarenta años con una niña pequeña en una playa.

El salón estaba montado como una oficina.

Un tablero sobre dos caballetes, un ordenador de sobremesa con dos pantallas, un escáner plano bueno, una impresora de las grandes y cuatro archivadores de cartón numerados, con etiquetas: SUMARIO. PRENSA. AVISTAMIENTOS. RETRATO.

Y, en la pared de la izquierda, ocupándola entera de rodapié a techo, un tablero de corcho de los grandes, de los de dos metros por uno y veinte, atornillado.

Entraron cinco: Ulloa, Sanabria, dos de la científica y la secretaria judicial, que se quedó en el recibidor con el acta.

Vega se quedó en la puerta del salón con las calzas puestas y las manos en los bolsillos del pantalón, que era donde se las ponía siempre en un registro para no tocar nada por reflejo.

Había setenta u ochenta fotografías clavadas con chinchetas, en cuatro filas, y todas eran de mujeres. Fotos de perfiles públicos, capturas impresas en papel normal, alguna recortada de un periódico. Debajo de cada una, una tira de papel con un nombre de pila, un barrio y una fecha.

En el centro de la pared, más grande que todas, estaba la fotografía del carné de la facultad de Estela Ruano Melgar.

—Madre mía —dijo Sanabria, y se quedó parado en mitad del salón.

Los archivadores estaban ordenados por dentro con separadores de colores y etiquetas escritas a mano.

El de AVISTAMIENTOS tenía tres pestañas: 2013, 2017, 2021.

Dentro de cada una, la copia del breve de prensa, un plano impreso del barrio con una cruz, y una hoja de anotaciones con teléfonos tachados y fechas de llamada.

El de RETRATO tenía cuarenta o cincuenta folios y en la primera página, subrayada con regla, una frase copiada a mano de un manual: La identificación fotográfica previa contamina de forma irreversible la identificación posterior en rueda.

Vega conocía esa frase. Estaba en la página 214 del manual del que ella misma había traducido dos capítulos en 2016.

Ulloa entró despacio, con las manos a la espalda, y recorrió la pared de izquierda a derecha.

—Andreu —dijo—. Balboa. Soler. Reig.

Las cuatro estaban allí. Estaban en la segunda fila, juntas, una al lado de otra, y la de Miriam Soler era la fotografía de un perfil público en la que salía en la playa, con gafas de sol en la cabeza, riéndose.

—Fotografiadlo todo antes de tocar nada —dijo Ulloa, y le salió una voz rara—. Todo. Cada ficha, con su anotación, en alta resolución. Y que conste el orden.

En la habitación, que era la mitad de pequeña que el salón, había una cama sin hacer, un armario de dos puertas y, en la mesilla, tres libros: dos de divulgación sobre memoria y testimonio y una novela con el punto en las primeras páginas.

Vega se acercó a la pared.

Le costó unos segundos entender lo que estaba viendo, porque estaba viendo dos cosas a la vez y solo una de ellas se veía a primera vista.

Lo que se veía a primera vista era el santuario.

Ochenta mujeres clavadas en un corcho, con la muerta en el centro, en el salón de la hija de un condenado por asesinato.

Eso era una fotografía de portada, era una diapositiva de juicio y era, además, exactamente lo que iba a ver cualquiera que entrara por aquella puerta durante los siguientes dos años.

Lo otro estaba escrito a bolígrafo.

Debajo de cada tira de papel, en letra pequeña, apretada, había una anotación. Vega se puso las gafas y se acercó hasta quedarse a un palmo del corcho, con las manos todavía en los bolsillos.

AVISADA 2/3. NO CONTESTA.

AVISADA 2/3. RESPONDIÓ. BLOQUEÓ.

AVISADA 6/3. RESPONDIÓ «gracias». OK.

NO LOCALIZADA — sin redes.

AVISADA 9/3. NO CONTESTA.

DESCARTADA — vive fuera de Madrid.

AVISADA 16/3. RESPONDIÓ «que me dejes en paz». OK.

Setenta y ocho fichas. Cincuenta y una avisadas. Once sin localizar. Dieciséis descartadas.

Vega las contó dos veces, fila por fila, con el dedo en el aire a dos centímetros del corcho, y las dos veces le dio el mismo número.

Y en la esquina inferior derecha del corcho, con una chincheta sola, curvado por la humedad, había un post-it amarillo con una frase escrita con otro bolígrafo, más gastado, como si llevara meses ahí:

Si te equivocas, das miedo a 78 mujeres. Si no te equivocas y no avisas, ya sabes.

—Ulloa —dijo Vega.

—Ahora.

—Ulloa, mira las anotaciones.

—Las estoy viendo. —La inspectora tenía el móvil en la mano y estaba fotografiando la pared por tramos—.

Ha llevado un registro de a quién avisó y cuándo.

Perfecto. Eso lo va a explicar ella y lo va a explicar en un juzgado.

—Bajó el móvil—. Vega, escúchame bien: setenta y ocho mujeres.

Setenta y ocho. Y las cuatro a las que les ha pasado algo están en esta pared.

—Están en esta pared las setenta y ocho.

—Ya. —Ulloa la miró—. ¿Y tú cómo llamarías a una lista de setenta y ocho mujeres con nombre, barrio y foto, hecha por alguien que sabe qué cara hay que buscar?

Vega no contestó.

—Aquí hay una cosa más —dijo Sanabria desde el escritorio—. En la papelera del ordenador. Un documento borrado hace tres semanas y no vaciado.

—¿Qué es?

—Un borrador de carta. —Leyó—. «Estimada señora Navarro: le escribo porque creo que usted es la única persona que puede confirmar lo que voy a contarle.» Y se corta ahí. Media línea.

Todas las cabezas se giraron hacia la puerta del salón.

—¿A mí? —dijo Vega.

—A usted, sí. «Estimada señora Navarro». —Sanabria giró la pantalla—. Está guardado con la fecha del 29 de junio. No llegó a mandarlo.

Ulloa se quedó mirando a Vega dos segundos más de lo necesario y luego volvió al corcho.

Ferreras dio la orden a las nueve, por teléfono, en treinta segundos. A las nueve y cuarto, cuatro agentes empezaron a llamar por teléfono, una por una, a las cincuenta y una mujeres avisadas y a las once sin localizar, y a Vega le tocó oír las tres primeras llamadas desde el pasillo.

Eran así:

—Buenos días. ¿Hablo con María Jesús Sanz?

Le llamo de la Policía Nacional, no se alarme.

Verá, es que hemos localizado una lista en la que aparece usted y queríamos comprobar si en los últimos meses ha notado algo raro.

¿Alguien en su portal, alguien que la siguiera?

… Ya. ¿Y recibió usted en marzo un mensaje de una cuenta anónima?

… Ya, ya. Sí, era una advertencia. … No, no, no hace falta que se preocupe.

Le voy a dar un número de teléfono y si nota algo, llama y salta un aviso.

… No, señora, un coche en la puerta no. No, no puedo darle eso. … Sí. Sí, ya lo sé. Buenos días.

A la cuarta llamada, que empezó exactamente igual que las tres anteriores, Vega se fue al final del pasillo y se quedó mirando por la ventana.

Localizaron a Irene Vidal Serrano a las once y cuarenta de la mañana por la señal de su teléfono, que llevaba encendido toda la mañana. No estaba trabajando. No estaba huyendo.

Estaba en Alcalá de Henares, en la calle Cardenal Sandoval y Rojas, sentada en el bordillo de la acera de enfrente del número 9, con una mochila entre los pies y un café de máquina.

Llevaba allí, según el análisis posterior de la señal, desde las nueve y cuarto de la mañana. Dos horas y veinticinco minutos sentada en un bordillo, delante de un portal donde había muerto una chica de veintiún años cuando ella tenía siete.

Cuando llegaron los coches, se levantó sola.

No preguntó nada, no dijo nada y no opuso resistencia. Miró a los agentes, miró el portal de Estela Ruano una última vez y puso las manos delante.