El hombre que dibujé 29
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Estuvieron hasta las nueve de la noche en la sala del cuarto, con las cuatro cajas en el suelo, la pizarra llena y las persianas subidas porque nadie se acordó de bajarlas cuando se puso el sol.

Ferreras había subido a las siete, había estado veinte minutos y se había ido diciendo dos cosas: que quería una detención antes del fin de semana y que no quería una detención mala.

—Vamos a hacerlo bien —dijo Ulloa—. Vamos a hacer de abogados. Yo acuso y vosotros me destrozáis, y el que se calle por no llevarme la contraria que se vaya a su casa. Si aguanta, mañana pido la entrada y registro.

Puso la primera línea con el rotulador rojo, que era el que usaba cuando quería que algo se leyera desde el fondo.

—Uno. Irene Vidal Serrano, veintitrés años, hija del condenado, sin antecedentes, pide el sumario del caso de su padre en octubre del año pasado. Copia de la sentencia, del acta de la rueda y de la pericial. En noviembre abre la primera cuenta.

—Eso no es un delito —dijo Blázquez—. Eso es una hija.

—Correcto, y lo he dicho yo primero para que conste.

Sigo. Dos: durante diez meses publica el retrato, sostiene que fue manipulado, localiza tres denuncias antiguas de merodeo y las convierte en una teoría.

Tampoco es delito. Tres. —Ulloa golpeó la pizarra—.

En marzo escribe, uno por uno, a cuatro mujeres de Madrid.

No a cuatro mil: a cuatro. Y a las tres primeras las agreden en abril, mayo y junio, y a la tercera la matan en julio.

—¿Y la cuarta? —dijo Sanabria, aunque lo sabía.

—La cuarta está viva y se llama Tania Reig, y es lo único que me quita el sueño de todo esto.

—¿Y por qué esas cuatro y no las setenta y ocho? —dijo Blázquez—. Porque si escribió a cincuenta y una y solo le pasó algo a cuatro, la lista es lo de menos.

—Todavía no sabemos a cuántas escribió —dijo Ulloa—. Lo sabremos mañana.

Ruth Colomer levantó el bolígrafo y esperó a que Ulloa terminara de escribir.

—¿Cómo eligió a esas cuatro? —dijo—. Porque esa es la pregunta que va a decidir el caso, y todavía no la hemos hecho en voz alta.

—Eso es justo lo que vamos a preguntarle mañana. Pero mira el mensaje, Ruth. —Ulloa leyó de la captura—. «Te pareces mucho a Estela Ruano.» Ella tiene un criterio. Ella sabe a quién buscar.

—Yo también sé a quién buscar —dijo Vega.

Se giraron todos otra vez.

—Perdón. —Levantó una mano—. Quiero decir que ese criterio no es secreto.

Yo puse el jueves siete fotografías en fila y cualquiera con dos ojos ve el patrón.

Estela Ruano tenía un tipo de cara muy concreto y las siete lo tienen.

Que ella sepa reconocerlo no la convierte en nada. Yo lo reconozco y me dedico a esto.

—Vale. Eso es bueno. Eso me lo va a decir su abogado el primer día y prefiero oírtelo a ti hoy. Anotado, y anotado bien, que es de las cosas buenas que ha dicho alguien hoy. —Ulloa lo escribió en la columna de la defensa con letra grande—. ¿Más?

—Más. —Vega se levantó, porque sentada no podía—. Estáis construyendo esto sobre una idea que no habéis dicho en voz alta y que es la única que sostiene todo: que ella escribió a esas mujeres para señalárselas a alguien.

—Es una posibilidad.

—Es una posibilidad muy mala, y lo digo como perito y no como amiga de nadie.

—Vega fue a la pizarra—. Si yo quiero señalarle víctimas a un cómplice, no le escribo a la víctima.

Escribirle a la víctima es lo peor que puedo hacer: la pongo en alerta, le dejo un rastro con mi cuenta, y encima le meto en la cabeza la cara de mi cómplice, que va a ser lo primero que le describa a la policía.

—A no ser que quieras exactamente eso —dijo Ulloa.

Y ahí Vega se quedó parada, con el rotulador en la mano y sin ninguna frase preparada, que era una cosa que no le pasaba nunca en una sala de reuniones.

—¿Qué?

—A no ser que quieras exactamente eso. —Ulloa habló despacio, sin ninguna prisa por ganar—.

Piénsalo desde su cabeza, Vega, no desde la tuya.

¿Qué es lo que ella necesita? Necesita demostrar que la cara del retrato anda suelta.

¿Y cómo se demuestra eso? Con mujeres que declaren, en comisaría, ante la policía, que han visto a ese hombre.

—Levantó las manos—. No le hacen falta cadáveres.

Le hacen falta testigos. Y ha fabricado tres.

—Eso es monstruoso.

—Es monstruoso y es un móvil, y las dos cosas caben en la misma persona. —Ulloa bajó las manos—. Y no digo que ella matara a nadie. Digo que puso en marcha una máquina para conseguir testigos y que alguien, con esa máquina en marcha, se salió del guion.

En la sala no se movió nadie. Blázquez estaba con el bolígrafo en el aire y Sanabria había dejado de mirar la tablet.

—¿Y Rosario Quintana? —dijo Vega, y le salió más alto de lo que quería—. ¿Rosario Quintana también era un testigo fabricado?

—Rosario Quintana era la mujer que identificó a su padre. —Ulloa lo dijo sin levantar la voz—. Y es la única de todas estas mujeres que no encaja en el patrón de la cara, y a la que le han vaciado la casa de fotografías igual que a las otras.

—Y hay otra cosa que no encaja y que nadie ha dicho —dijo Vega—. Rosario Quintana estaba a punto de decir que aquella identificación no valía.

Silencio. Un silencio largo, de los que cambian la temperatura de una sala.

—¿Cómo lo sabes? —dijo Ulloa, y no lo dijo con sospecha: lo dijo con interés, que en aquel momento fue peor.

Vega tuvo dos segundos.

—Porque tenía setenta y ocho años y llevaba dieciséis dándole vueltas —dijo—. Es lo que pasa siempre. Cuando pasan quince o veinte años, los testigos empiezan a dudar. Lo he visto seis o siete veces en mi carrera.

Ulloa la miró un momento más de lo que le gustó y luego lo apuntó en la pizarra, en la columna de la defensa, con letra pequeña.

—Vale —dijo—. Pues eso también juega en su contra, ¿no? Si la testigo iba a retractarse, a Irene Vidal le convenía viva.

—Exacto.

—O le convenía muerta con un retrato encima de la mesa, que es la mejor manera que hay de gritarle a este país que el caso de 2010 está podrido.

—Ulloa dejó el rotulador en la bandeja y se apoyó en la mesa con las dos manos—.

Mira, Vega, yo no sé lo que hizo esta chica y no voy a fingir que lo sé.

Sé que en diez meses ha aprendido más de este sumario que ninguno de nosotros, que ha localizado a tres denunciantes que ninguna comisaría relacionó, que sabe qué mujeres se parecen a la víctima y que escribió a cuatro de ellas antes de que les pasara nada.

Se giró hacia la sala.

—Mañana a primera hora pido la entrada y registro de su domicilio. Y ahora, por favor, que alguien de esta sala me diga que estoy loca.

Nadie se lo dijo. Blázquez recogió sus folios, Sanabria apagó la tablet y Ruth Colomer se quedó mirando la pizarra un rato más de la cuenta.

Recogieron a las nueve y cuarto. Vega bajó con Ruth Colomer hasta el vestíbulo y las dos se pararon en la puerta giratoria, con el calor de la calle entrando a bocanadas.

—Tú no lo ves —dijo Ruth.

—No.

—Yo tampoco del todo. —Ruth se colgó el bolso—.

Pero te voy a decir una cosa que me pasa a mí en esta clase de casos y que no es agradable.

Cuando aparece alguien que encaja tanto, todo el mundo deja de buscar.

Y no lo hacemos por mala fe: lo hacemos porque llevamos tres semanas sin dormir y porque de repente hay una silla donde sentarse.

—¿Y qué se hace con eso?

—Poca cosa. —Ruth empujó la puerta—. Escribirlo en tu informe y que conste la fecha.