El hombre que dibujé 28
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El martes por la tarde, la unidad de delitos telemáticos tardó cuatro minutos en desmontar diez meses de anonimato, y de esos cuatro minutos, tres los dedicó el técnico a explicar por qué había tardado tan poco.

Ulloa había pedido prioridad el viernes, antes de lo de Rosario Quintana. Después de lo de Rosario Quintana, la prioridad se convirtió en otra cosa: a las diez de la mañana del martes había tres personas de telemáticos trabajando solo en eso.

—Es que no había mucho que desmontar —dijo el técnico, un chaval con camiseta de un festival y cara de no haber dormido, girando la pantalla hacia la sala—. Esta persona no es un delincuente informático. Es alguien que quería estar oculta y no sabe cómo.

—Explícamelo como si yo tuviera cincuenta y tres años —dijo Ulloa.

—Como si tuviera cincuenta y tres años. —El chaval se estiró en la silla—. A ver. Ustedes creen que el anonimato en internet es una puerta blindada. No lo es. Es una cortina, y la mayoría de la gente la corre mal.

—Corre, que son las siete.

—Ya voy, ya voy. —Señaló la pantalla con el bolígrafo—. Vale. La cuenta grande, la de los mil doscientos seguidores, está limpia: correo desechable, servidor fuera, para eso necesitamos la comisión rogatoria y tardará. Pero es que hay tres cuentas.

—¿Tres?

—Tres. La de septiembre de 2025 es la limpia. Pero antes hubo dos intentos: una de mayo de 2025 con quince publicaciones y catorce seguidores, y otra de julio del mismo año con dos. Las dos abandonadas.

—¿Y?

—Y la de mayo se registró desde una IP doméstica de Madrid, sin nada. Sin proxy, sin nada. —Se encogió de hombros—. Desde el salón de su casa, vamos.

Ulloa se acercó a la pantalla y se puso las gafas, que solo se ponía cuando algo le importaba de verdad.

—¿Y cómo sabemos que son la misma persona?

—Por tres cosas. Una: las tres publicaron la misma imagen con el mismo nombre de archivo, que es un nombre feísimo de escáner, escaneo_retrato_003_ok.jpg .

Dos: las tres tienen la misma falta en la biografía, un espacio antes de un punto.

—El técnico sonrió—. Y tres, que es la buena: la cuenta de julio siguió a once cuentas.

Nueve son de crímenes reales. Una es de una imprenta digital de Usera.

Y la otra es del colegio Nuestra Señora del Pilar de Alcalá de Henares.

—¿Y eso qué me dice?

—Que trabaja en una imprenta y que fue a ese colegio. Y que tiene entre veinte y veinticinco años, porque a esa edad la gente todavía sigue al colegio donde estudió. —Volvió a girar la pantalla—. Con el titular de la línea de esa IP ya tienen ustedes nombre y domicilio.

—¿Y esa IP la tenemos?

—La tienen desde hace dos horas, que la pedimos al proveedor con el oficio del viernes. —El técnico giró la pantalla otra vez—. Ahí está: alta en 2009, línea fija y fibra, un domicilio en Usera.

Sanabria estaba escribiendo en el ordenador de al lado, cruzando la dirección con el padrón. Se paró con las manos encima del teclado.

—Ya está —dijo, y lo dijo bajo.

—Léelo.

—Espera, que lo abro bien. —Sanabria cruzó dos pantallas—. Titular de la línea: Begoña Serrano Utrilla, fallecida en septiembre de 2021. —Sanabria giró la silla—. La línea sigue a su nombre. En ese domicilio consta empadronada una persona: su hija.

—Nombre.

—Irene Vidal Serrano. Veintitrés años.

En la sala se hizo un silencio corto, de esos en los que se oye el aire acondicionado, y luego el técnico de telemáticos, que no tenía ni idea de a quién acababa de nombrar, siguió tecleando tan tranquilo.

—Vidal —dijo Ulloa.

—Vidal. —Sanabria levantó la vista de la pantalla—. Vidal Serrano.

—Repítelo otra vez, que quiero oírlo.

—Irene Vidal Serrano. —Sanabria seguía leyendo—. Hija de Joaquín Vidal Arranz y de Begoña Serrano Utrilla. Nacida en Alcalá de Henares en 2003. Domicilio actual en Usera. Trabaja en una imprenta digital de la calle Marcelo Usera desde hace dos años.

Ulloa se apoyó en la mesa con las dos manos y se quedó así.

—La hija —dijo—. La hija del condenado. La hija del hombre que ella metió en la cárcel.

Nadie dijo nada durante tres o cuatro segundos y todo el mundo miró a Vega y luego dejó de mirarla.

—Yo tengo una hija de esa edad —dijo Blázquez, desde el fondo, sin que viniera a cuento.

—Todos tenemos una hija de esa edad. —Ulloa se enderezó—. Y eso no nos sirve para nada, así que vamos a hacerlo al revés: vamos a contar en voz alta todo lo que esta chica ha hecho, dicho en el peor orden posible, y a ver cómo suena.

—¿Antecedentes? —preguntó Ferreras desde la puerta.

—Ninguno. Ni una multa. —Sanabria seguía leyendo—. Bachillerato en Alcalá, un ciclo superior de artes gráficas terminado en 2023, contrato indefinido en la imprenta desde octubre de ese año. Vive sola desde que murió la madre.

—¿Y el padre? ¿Comunicaciones?

—Visitas mensuales al centro penitenciario desde 2021… —Sanabria se paró—. Desde 2021 hasta junio del año pasado. Y luego se acaban.

—¿Se acaban?

—De golpe. La última, el 14 de junio. Ni una más.

Ulloa levantó la cabeza.

—A ver si lo entiendo. La chica visita a su padre todos los meses durante cuatro años, deja de visitarlo en junio del año pasado, en octubre pide el sumario y en noviembre abre la primera cuenta.

—Correcto.

—Eso no es dejar de ir. —Ulloa se quedó mirando la pantalla—. Eso es cambiar de estrategia.

—¿Y la petición del sumario? —dijo Ulloa—. La cuarta particular, la del certificado caducado. La de veintitrés años.

Sanabria comparó las dos pantallas y tardó cuatro segundos.

—Es ella. Certificado a nombre de Irene Vidal Serrano, solicitud del 7 de octubre.

Ulloa se enderezó despacio y se quedó mirando el nombre en la pantalla como se mira una palabra que se ha escrito mal.

—Veintitrés años —dijo—. Tenía siete cuando lo condenaron.

—Ocho —dijo Sanabria—. Cumplió los ocho en marzo de 2011.

Vega, de pie junto a la ventana, con la carpeta apretada contra el costado, vio cómo a la inspectora se le colocaban las piezas en la cara una detrás de otra, y vio también, con una claridad que le dio frío, el momento exacto en que se le colocó la que no era.

—A ver —dijo Ulloa—. A ver, a ver, a ver.

Cogió el rotulador y fue a la pizarra, y borró con el canto de la mano media columna de lo escrito el jueves para hacer sitio.

—El que mata protege el caso Ruano. Eso dije el sábado y lo sigo diciendo. —Escribió—. Y la única persona en este país que tiene un interés personal, íntimo y de dieciséis años en que el caso Ruano se caiga es la hija del hombre que está dentro.

—Eso es al revés —dijo Vega.

Toda la sala la miró.

—Ella no quiere proteger el caso —siguió Vega, y le costó mantener el tono—. Ella quiere destruirlo. Lleva diez meses publicando que el retrato es falso.

—Sí. —Ulloa la señaló con el rotulador, sin agresividad, casi con admiración—. Lleva diez meses publicando que el retrato es falso y no le ha hecho caso ni Dios. Mil doscientos seguidores, Vega. Mil doscientos. Un pódcast pequeño.

Dejó el rotulador en la bandeja.

—Y entonces, en abril, dos meses después de que ella empiece a escribir mensajes, empiezan a aparecer mujeres agredidas en Madrid por un hombre con la cara del retrato de su padre.

La cara exacta. No parecida: exacta, y lo dice la perito que lo dibujó, que está aquí delante.

Y en julio hay una muerta con el recorte en la almohada.

Y ahora mismo, en este momento, hay tres periódicos, dos televisiones y media España preguntándose cómo puede ser que ese dibujo esté otra vez en la calle.

Nadie dijo nada.

—Diez meses gritando en una esquina —dijo Ulloa—. Y tres muertos después, la escuchamos todos.

—Dos muertos —dijo Blázquez.

—Dos muertos y una superviviente que se despertó con un tío encima. —Ulloa cogió su chaqueta—. Sanabria, dirección, vehículos, horarios de la imprenta. Blázquez, todo lo que tenga de vecinos. Mañana a las siete lo quiero atado.