El hombre que dibujé 27
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El domingo lo pasó entero en casa sin encender la televisión, porque en la televisión estaba Alcalá de Henares desde el sábado por la tarde.

A las diez menos cuarto se dio cuenta de que llevaba media hora de pie en la cocina, con la puerta de la nevera abierta.

A la una escribió: ¿Podemos vernos mañana a solas? Lo borró también.

A las cuatro, Nacho llamó para preguntarle si quería ir a comer.

—Estoy con un informe.

—Un domingo.

—Un domingo.

—Vale. —Un silencio corto—. ¿Ha pasado algo?

—Ha pasado de todo. No puedo contarlo.

—Ya. —Se oía una tele de fondo, un partido—. Pues nada. Come algo y no te quedes ahí toda la tarde, que te conozco.

Colgaron.

A las cinco se puso a limpiar el estudio.

Ordenó las láminas por bandejas, tiró tres cajas de lápices gastados, pasó un paño por el tablero.

Cuando llevaba cuarenta minutos se dio cuenta de que estaba limpiando el sitio donde se guardaban las dos cosas que tenía que entregar, y se sentó en el suelo con el paño en la mano.

A las siete y media se sentó en la mesa de la cocina con un folio y lo escribió a mano, que era como escribía las cosas difíciles desde la carrera.

Salieron once líneas y le llevó una hora y veinte minutos.

Empezaban en octubre de 2010 y terminaban en el archivador de su estudio, en la letra R, detrás de una hoja de seda.

Lo leyó dos veces, lo dobló en tres, lo metió en el bolsillo interior del bolso y cerró la cremallera.

Durmió cuatro horas y soñó con la escalera de terrazo.

El lunes a las nueve menos veinte estaba en el aparcamiento de la UDEV con el motor apagado.

Estuvo veintitrés minutos ahí dentro. Se lo dijo entero dos veces en voz baja, mirando el volante, como se ensaya una ponencia: la toma de contacto del 26 de octubre, la transcripción, la ficha de Vidal debajo de las láminas, la ceja, el párpado, la fotocopia en el bolso de la testigo, la oreja.

Se saltó la oreja las dos veces, y no por descuido: la frase llegaba, la veía venir, y la boca pasaba a la siguiente.

Se dio cuenta la segunda y volvió a empezar, y la tercera vez sí la dijo, en voz alta, sola, en un coche, en un aparcamiento subterráneo: «bajé la oreja izquierda un centímetro por debajo de lo posible y lo hice a propósito».

Sonó a otra persona.

Subió al cuarto a las nueve y diez. La sala del expediente estaba abierta y vacía, con las cuatro cajas en el suelo y la pizarra llena de la letra de Ulloa. En el pasillo se cruzó con Blázquez, que le dijo buenos días y que menuda semana.

En la máquina del pasillo se compró un café que no quería, por hacer algo con las manos, y se lo bebió de pie mirando el tablón de servicios interiores: un torneo de pádel, un curso de conducción, una nota sobre las vacaciones de agosto.

Ulloa estaba en su despacho, de espaldas, colgando la chaqueta.

—Sonia.

—Ah, hola. —Se giró—. Qué pronto.

—¿Tienes cinco minutos?

—Tengo cuatro. A las nueve y media tengo a Ferreras y a la de prensa. —Se sentó, movió dos carpetas—. Dime.

Vega cerró la puerta, y el ruido del pasillo se apagó de golpe, y en el despacho quedó solo el zumbido del ordenador y el ventilador de una torre vieja.

Fue hasta la silla, la apartó un poco y se quedó de pie detrás, con las dos manos en el respaldo, porque sentarse le pareció de pronto una manera de instalarse y lo que iba a decir no se decía instalada.

—Tengo que contarte una cosa de 2010 —dijo.

Ulloa levantó la vista.

—Vale.

—Es sobre cómo se hizo aquel retrato. —La voz le salió firme y eso le dio, durante dos segundos, una especie de vértigo esperanzado—. Hay cosas de aquella sesión que no están en el expediente y que…

Sonó el teléfono fijo de la mesa.

Ulloa miró el aparato, miró a Vega y levantó un dedo.

—Perdona. Dos segundos. Es el juzgado. —Descolgó—. Ulloa. Sí. Sí, señoría.

Vega se quedó de pie detrás de la silla.

Escuchó cómo Ulloa decía «correcto» tres veces y «eso lo tengo esta tarde» dos, y mientras la escuchaba notó que el folio del bolso pesaba menos que hacía un minuto, y que la cosa que llevaba dos días construida por dentro con una arquitectura entera —el orden, las frases, dónde empezar— se le estaba desmontando pieza a pieza, sin ruido, como se desmonta un andamio.

Le llegó, con una nitidez desagradable, el argumento nuevo.

Que si lo contaba en aquel despacho, en aquel momento, con la muerte de Rosario Quintana a menos de cuarenta y ocho horas, la primera pregunta de Ulloa no iba a ser sobre 2010. La primera pregunta iba a ser: ¿tú estuviste en esa casa el miércoles?

Y la segunda: ¿y por qué no lo dijiste el sábado, en la escalera?

Y a partir de ahí ya no habría una mujer contando lo que hizo a los veinticinco años. Habría una mujer que había visitado a una testigo tres días antes de que la mataran y lo había ocultado en la escena del crimen.

Vega miró la puerta cerrada.

Ulloa colgó y se quedó un segundo con la mano encima del auricular.

—Era el juzgado. La autopsia de la señora sale hoy. —Se frotó los ojos con dos dedos—. Perdona. Dime. Cosas de la sesión que no están en el expediente.

Y Vega, que llevaba dos días y once líneas escritas a mano preparándose para otra cosa, oyó su propia voz decir, con el tono profesional intacto:

—Que no hubo casilla de descarte, que no hubo grabación y que la testigo se llevó una copia del retrato a casa tres semanas antes de la rueda.

Ulloa se quedó muy quieta.

—¿Que se llevó una copia?

—Se la dieron. Se la pidió a mi padre y él dijo que sí. —Cada palabra, cierta—. Estuvo tres semanas con esa fotocopia en el bolso enseñándosela a su hermana. Y luego identificó a Vidal en la rueda.

—Joder. —Ulloa cogió el bolígrafo—. ¿Eso está documentado?

—No.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque yo estaba delante.

Ulloa lo escribió, subrayó dos veces la palabra fotocopia y levantó la cabeza con una expresión que Vega tardó un segundo en identificar, porque era gratitud.

—Vega, esto es importantísimo. Esto es exactamente lo que necesito para explicarle al juez por qué estoy mirando 2010. —Se levantó, cogió la carpeta de la reunión—. ¿Me lo puedes poner por escrito? Una nota técnica, dos folios, con tu nombre.

—Te lo pongo por escrito.

—Gracias. —Ya en la puerta, se giró—. ¿Estabas bien? El sábado te vi fatal.

—Estoy mejor.

Ulloa se fue por el pasillo a paso rápido.

Vega se quedó sola en el despacho durante casi un minuto, con las dos manos todavía en el respaldo de la silla, y con la conciencia exacta y detallada de lo que acababa de hacer, que era entregar la única parte de la verdad que no la señalaba a ella y salir de allí con las gracias de la inspectora.

Se tocó el bolso por fuera, a la altura del bolsillo interior. El folio doblado en tres seguía dentro, con sus once líneas.

Bajó al aparcamiento, se metió en el coche y estuvo un rato sin arrancar.

Y entonces le llegó, con la puntualidad de las cosas que uno tiene preparadas sin saberlo, el argumento para esa noche: que la nota técnica que le había pedido Ulloa había que redactarla bien, con las fechas exactas y los precedentes citados, y que eso eran dos días de trabajo, y que cuando la entregara sería el momento natural de contar el resto, porque el resto iría dentro de un documento y no dentro de una escena.

Le pareció razonable durante todo el camino a casa, y siguió pareciéndoselo mientras aparcaba, y mientras subía, y mientras abría la puerta.

Dejó de parecérselo exactamente a las once y cuarto de la noche, cuando ya llevaba media hora en la cama con la luz apagada.

Para entonces ya no había nadie a quien llamar.