26
La llamó Ulloa el sábado a las nueve menos diez de la mañana.
—¿Estás sentada?
—Estoy de pie.
—Rosario Quintana ha aparecido muerta en su domicilio. La ha encontrado una sobrina esta mañana. —Un ruido de coche, un intermitente—. Voy para allá. Ven.
Vega tardó cuarenta y cinco minutos y no recordaba después ni uno solo de los kilómetros. Se acordaba de haberse puesto los zapatos sentada en el borde de la cama y de haber estado un rato sin levantarse, con los zapatos puestos y las manos en las rodillas.
En la calle Cardenal Sandoval y Rojas había dos coches patrulla, un juez de guardia con una carpeta bajo el brazo y una mujer de unos cincuenta años sentada en el bordillo, llorando, con una vecina agarrándola por los hombros. La sobrina de Torrejón.
Vega subió los dos tramos de escalera con la mano en el pasamanos de madera, el mismo pasamanos, y en el primer rellano el pie se le paró solo en el escalón donde se había parado el miércoles.
Habían pasado tres días.
—No hay forzamiento —dijo Ulloa desde el descansillo, con las calzas puestas—. Otra vez.
En el rellano del primero había una técnica de la científica arrodillada delante de la cerradura, con una lupa de mango y una linterna de luz rasante.
—¿Nada? —dijo Ulloa.
—Nada de nada. Ni ganzúa, ni bumping, ni impresión. —La mujer se echó atrás sobre los talones—. Esta cerradura tiene treinta años y se abre con un pincho, pero es que ni eso. Aquí ha entrado alguien con llave o alguien a quien le han abierto la puerta.
—¿A la una de la mañana una señora de setenta y ocho años le abre la puerta a alguien?
—Yo le digo lo que hay en el bombín.
El piso estaba igual. Esa fue la cosa horrible. La mesa camilla con las faldas puestas en julio, la manta doblada en el brazo del sofá, la taza con el dibujo de Alcalá escurriendo boca abajo. El gato gris estaba encima del alféizar, quieto, mirando la calle.
Rosario Quintana estaba en su cama, en el dormitorio pequeño que daba al patio, tapada hasta el pecho.
La sobrina la había encontrado a las siete y media. Tenía llave y venía a llevársela al médico: un control de la tensión a las nueve, en el centro de salud de la Puerta de Madrid, con cita pedida desde mayo.
—Estrangulación manual —dijo la forense, que era la misma del caso Soler y ya no se quitaba la mochila en ningún sitio—. Anoche, entre la una y las tres. Asimetría de presión otra vez, más fuerza en el lado derecho de ella. Y esta vez sí es un patrón.
Vega no entró.
Se quedó en el umbral tres segundos, mirando el pie de la cama y el borde de la colcha, con la parte de su cabeza que llevaba veinte años trabajando en escenas registrando cosas por su cuenta: que no había desorden, que la mesilla estaba intacta, que las gafas de leer estaban dobladas encima de un libro de la biblioteca con el punto puesto en la página ochenta y tantos.
Rosario Quintana se había acostado tranquila.
Se dio la vuelta y fue al salón.
Y ahí estaban.
Cuatro marcos en la pared del pasillo, tres en el mueble del salón, dos en la cómoda del dormitorio, y uno grande, ovalado, encima de la televisión, de esos antiguos con el cristal abombado.
Los diez estaban vacíos. Diez rectángulos de cristal limpio sobre diez cartones descoloridos.
Vega se acercó al ovalado. En el cartón de fondo quedaba la silueta más clara de una fotografía de estudio, con las esquinas redondeadas: un hombre y una mujer, de cuerpo entero, de los años setenta.
La marca del papel se había quedado impresa en el cartón después de cincuenta años en la misma posición.
Paco. El marido. Muerto en 2006.
En la mesa camilla había un vaso de agua y un blíster de pastillas para la tensión con dos huecos vacíos.
En la cocina, el café de la mañana anterior, frío en la cafetera.
En el perchero de la entrada, el bastón.
—El móvil también —dijo Ulloa detrás de ella—. Galería vaciada. Y esta señora tenía cuatrocientas fotos de un gato.
—¿Y el álbum?
—Dos. Los dos están, abiertos encima de la cama del cuarto de la plancha, con las fundas vacías. Se ha llevado las fotos una a una y ha dejado los álbumes.
—¿Y qué se lleva a una señora de setenta y ocho años? —dijo Vega, y se oyó la voz rara—. ¿Qué se lleva de aquí?
—Nada. —Ulloa miró alrededor—. El monedero está en el bolso, con cuarenta euros. Las dos alianzas están en un platito del baño. La televisión, ahí.
Vega se dio la vuelta despacio.
Sobre la mesa camilla, en el centro, encima del tapete de ganchillo, había un papel doblado en cuatro y abierto.
No hizo falta que se lo dijeran.
La fotocopia. La misma trama de puntos gruesa, el mismo fragmento de titular cortado en el borde superior, el mismo hombre que ella había construido en una sala prestada de la comisaría de Alcalá, a seiscientos metros de aquel salón, hacía dieciséis años y ocho meses.
—Vega.
—Sí.
—¿Estás bien?
—No.
Ulloa la sacó al descansillo, la llevó hasta el tramo de escalera y le puso una mano en la espalda hasta que se sentó en un escalón.
—Escúchame. —Se agachó a su altura—. Esto cambia el caso entero y quiero que lo oigas dicho por mí antes de que lo diga cualquiera ahí arriba.
La primera víctima era una de las tres mujeres del retrato.
Esta señora no. Esta señora no tiene nada que ver con lo de Madrid: esta señora es la testigo de 2010.
—Ya.
—Y a la única testigo de 2010 la mata alguien la misma semana en que se sabe públicamente que hemos reabierto el caso.
Salió el jueves en la radio, Vega. «La Policía revisa el caso Ruano».
Cuarenta segundos en un informativo. —Ulloa se pasó la lengua por los dientes—.
Ese tío no está imitando el caso Ruano, Vega. Ese tío está protegiendo el caso Ruano.
Abajo, en el portal, un agente había sacado a la vecina del primero izquierda a tomar el aire y le estaba preguntando lo que se pregunta siempre.
—¿Ruido, discusiones, gente rara por la escalera?
—Nada, hijo, si aquí no viene nadie nunca.
—¿Visitas? ¿Rosario recibía visitas?
—Su sobrina, los domingos. —La mujer se sonó—. Y el otro día vino una señora.
Vega, sentada en el escalón del segundo, levantó la cabeza.
—¿Qué señora?
—Yo qué sé, hijo. Una señora. Cuarenta y tantos, bien vestida. Estuvo un rato y se fue. —La vecina se encogió de hombros—. Rosario me dijo luego por la escalera que había venido a verla una de la policía de lo de antes. Muy contenta se quedó.
El agente lo apuntó.
—¿Sabe qué día?
—El miércoles. O el martes. —Un silencio—. El miércoles.
Ulloa, dos escalones más abajo, seguía mirando su móvil con el ceño fruncido, contestando algo con el pulgar.
Abajo, el agente pasó de página en la libreta y le preguntó a la vecina por el ruido de la escalera.
Vega tenía las manos entre las rodillas y la vista en el suelo de terrazo, y contó, sin querer, las tres cosas que le costaría exactamente una frase decir en aquel preciso momento, de pie en aquella escalera, delante de aquella inspectora.
Fui yo. Vine el miércoles. Y esta mujer quería llamaros y le dije que esperara.
—Perdona —dijo Ulloa, guardándose el móvil—. Ya está aquí el forense. ¿Puedes bajar sola?
—Puedo.
Bajó sola.
En el portal, la sobrina de Torrejón se había levantado del bordillo y estaba hablando con un agente, con un pañuelo de papel hecho una bola en el puño.
—Yo la llamaba los domingos. Y el domingo pasado me dijo que había venido a verla una señora de la policía y que se había quedado muy a gusto. —Se sonó—. Muy a gusto se quedó, me dijo. Que por fin se lo había contado a alguien.
—¿Contarle qué?
—Yo qué sé, hijo. Cosas de aquello. —La mujer hizo un gesto hacia la calle, hacia el número 9—. De la chica de enfrente. Mi tía llevaba dieciséis años con aquello.
Vega pasó por detrás de los dos, salió a la acera y anduvo hasta el coche sin girarse.