El hombre que dibujé 25
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El portal de la calle Cardenal Sandoval y Rojas seguía teniendo el mismo interfono de aluminio, con los nombres a mano bajo el plástico amarillento.

Vega estuvo cuatro minutos en la acera antes de llamar.

—¿Sí?

—El dibujo —dijo la voz por el interfono—. Segundo piso, hija, que el ascensor no va.

Subió los dos tramos despacio, por el hueco de escalera estrecho, con la mano en el pasamanos de madera, y en el primer rellano se detuvo un segundo sin querer.

El piso era el mismo: la mesa camilla con faldas en pleno julio, el mismo sofá con una manta doblada en el brazo, la misma televisión encendida sin volumen. Había un gato dormido en el alféizar, pero era otro gato, gris y gordo.

Rosario Quintana tenía setenta y ocho años, andaba con un bastón que dejó apoyado en la butaca en cuanto pudo, y llevaba el pelo teñido de un rubio que se hacía ella misma.

—Siéntate ahí. ¿Café?

—No hace falta.

—Es que ya está hecho.

Se lo trajo en una taza con un dibujo de Alcalá. Se sentó enfrente, en la butaca, y estuvo un minuto largo mirándola sin decir nada, con esa franqueza que se permiten las mujeres cuando pasan de los setenta.

—Estás igual —dijo—. Más flaca.

—Usted también está igual.

—Anda ya. —Se rio y se le puso una mano en el pecho—. Yo estoy hecha una pena. ¿Y la niña? Traías una niña.

—Tiene dieciséis años.

—Dieciséis. —Rosario movió la cabeza—. Aquella niña se me durmió en los brazos. Me acuerdo perfectamente. Y a mí no se me duermen los niños, ¿eh?, que soy muy seca.

—¿Y tu padre? —dijo Rosario—. Aquel señor tan alto.

—Murió hace tres años.

—Ay. —Se llevó la mano al pecho—. Lo siento, hija. Era muy educado. Me acompañó al coche.

Hablaron veinte minutos de todo lo que no era. Del barrio, que ya no era el barrio. De la sobrina que vivía en Torrejón. Del ascensor, que llevaban nueve años prometiéndolo. Del marido, Paco, muerto en 2006, del que Rosario hablaba en presente cada tres frases y se corregía sola.

Y entonces Rosario dejó la taza en la mesa camilla y dijo:

—Tú vienes por lo de Madrid.

Vega dejó la taza a medio camino de la boca.

—Que lo estoy viendo en la tele, hija, no soy tonta. —Señaló la pantalla muda con la barbilla—. Sale el dibujo cada media hora. Mi dibujo.

—No es su dibujo, Rosario.

—Es mi dibujo. —Lo dijo sin agresividad, con una especie de cansancio antiguo—. Es el dibujo que salió de mi boca, o eso dijeron.

Se hizo un silencio. La televisión cambió de plano.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo Rosario—. Llevo dieciséis años queriendo preguntársela a alguien y no he tenido a quién.

—Pregunte.

—Aquella tarde en la comisaría. —Rosario juntó las manos en el regazo—. Yo te dije que no le había visto la cara. Te lo dije aquí, en esta mesa, delante de tu padre, y te lo volví a decir allí. Y luego estuvimos tres horas y salió una cara.

Vega tenía la taza en las dos manos.

—Y yo he pensado mucho en eso —siguió Rosario—.

Muchísimo. Sobre todo por las noches, que es cuando se piensa lo que no conviene.

Y yo me acuerdo de que en un momento tú me enseñaste el papel y me preguntaste si era así, y yo lo miré y dije que sí.

—Movió una mano, despacio—. Pero es que yo, cuando lo dije, ya lo estaba viendo.

¿Me entiendes? Ya estaba viendo esa cara.

Y ahora no sé si la vi en el portal o la vi en el papel.

Un coche pasó por la calle.

—Aquel dibujo me lo pusieron delante hasta que lo recordé —dijo Rosario—. Eso es lo que pasó.

Vega dejó la taza en la mesa porque no podía sostenerla.

Aquella mujer acababa de describir, con sus palabras y en su salón, el mismo fenómeno que Ruth Colomer había expuesto el jueves en una sala de la UDEV con dos apellidos técnicos y un tono profesional.

Lo había descrito mejor. Lo había descrito desde dentro, que es el único sitio desde el que se sabe cómo es.

—¿Y usted se lo dijo a alguien entonces? —consiguió decir—. En 2010, en el juicio.

—¿A quién se lo iba a decir? —Rosario abrió las manos—. Allí todos estaban muy contentos. El abogado del chico me preguntó si estaba segura y yo dije que sí, porque estaba segura. Fíjate lo que te digo: es que estaba segura. Eso es lo peor.

—Y ya está, ya lo he dicho. —Rosario se echó hacia atrás en la butaca, aliviada—.

Llevo dieciséis años con eso. Se lo dije a mi hermana una vez y me dijo que no dijera tonterías, que aquel hombre era un asesino y que gracias a mí estaba en la cárcel.

Y a lo mejor tiene razón. Pero yo me acuerdo de lo que me acuerdo, y lo que me acuerdo es que a mí me lo enseñaron y yo dije que sí.

—Rosario…

—Voy a llamar a la policía.

Vega levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Que voy a llamar. —Rosario asintió una vez, decidida—. Sale en la tele que han reabierto no sé qué. Pues yo llamo, cuento lo que te acabo de contar y me quedo tranquila. A mis años, hija, lo único que quiero es quedarme tranquila.

Y Vega, que llevaba cuarenta minutos en aquel salón, que había conducido cuarenta minutos sin saber a qué, que tenía en el archivador de su estudio cuatro folios que decían exactamente lo mismo que aquella mujer acababa de decir en voz alta, oyó su propia voz decir:

—Espere.

—¿Cómo que espere?

—Que espere a que la llamen ellos. —Se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas, y le salió el tono del trabajo, el tono bueno, el que usaba para explicarle a un testigo por qué no se puede hacer una cosa—.

Van a llamarla. La inspectora que lleva el caso me lo dijo el miércoles: tiene que hablar con usted. Es cuestión de días.

—Pues mejor llamo yo.

—No es mejor, Rosario. —Vega habló despacio, y cada palabra era técnicamente cierta—.

Si usted llama por su cuenta, la coge quien coja el teléfono, le toman una declaración deprisa, en un mostrador, y esa declaración se queda escrita para siempre.

Y usted lleva dieciséis años dándole vueltas a esto de noche.

Cuando uno le ha dado tantas vueltas a un recuerdo, ya no sabe qué parte es el recuerdo y qué parte son las vueltas.

Eso me pasa a mí también. Nos pasa a todos.

Rosario la miraba con la boca un poco abierta.

—Entonces, ¿tú crees que me lo he inventado?

—Creo que lo que usted me acaba de contar es importantísimo. —Y eso era verdad—. Y por eso creo que lo tiene que contar una vez, entera, delante de la persona que sabe qué preguntarle. No en un mostrador y con prisa.

La mujer se quedó pensando. Se le fue relajando la cara.

—Ay, hija. Qué alivio, la verdad. —Se rio un poco, con la mano en el pecho otra vez—. Es que llamar a la policía me daba una cosa horrorosa.

—Ya la llamarán.

—¿Y tú vendrás?

—Yo estaré —dijo Vega.

En la puerta, Rosario le cogió la mano con las dos suyas, que estaban calientes y muy secas.

—Oye, y gracias —dijo—. De verdad. Es que yo esto no se lo podía contar a nadie, y tú eres la única que estaba allí.

Salió a la calle a la una y veinte con el sol en la cara.

Al llegar al coche, dos portales más abajo, oyó un motor al ralentí. Levantó la vista por reflejo: un coche oscuro, en la esquina, con el intermitente puesto y sin girar, en una calle de dirección única por la que no venía nadie.

Se metió en el coche, arrancó y estuvo pensando todo el camino de vuelta en la manera exacta en que Rosario Quintana le había dado las gracias.