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Durmió dos horas y cuarto y se levantó a las siete menos veinte con la sensación de no haberse acostado.
A la mañana siguiente hizo lo que hacía siempre con lo que no entendía: una tabla.
Dos columnas, papel cuadriculado, la letra pequeña de los informes. A la izquierda, la campaña de la cuenta. A la derecha, los avistamientos.
Añadió una tercera columna a la derecha, más estrecha, con las agresiones:
Andreu: 11 abril 2026.
Balboa: 22 mayo 2026.
Soler: primer dibujo finales junio; homicidio 16 julio.
Se quedó mirando las tres columnas con el bolígrafo en la mano.
Doce años. Trece, casi. La cuenta tenía diez meses de vida y la primera denuncia con esa cara era anterior en más de una década.
Podía discutirse si el pódcast había alimentado el fenómeno, si las descripciones antiguas eran vagas, si el «moreno con ceja partida» describía a media España.
Podía discutirse todo eso durante horas.
Lo que no se podía discutir era la aritmética.
En marzo de 2013, la mujer de Villaverde no había visto ningún retrato en ninguna red social, porque no había red social que lo estuviera publicando, porque no había cuenta, porque no había pódcast, porque no había nada.
Aquella mujer denunció a un hombre con la cara del retrato de Vega Navarro trece años antes de que a nadie se le ocurriera ponerlo en circulación otra vez.
O la vio.
O alguien lleva desde 2013, por lo menos, entrando en portales de mujeres que se parecen a Estela Ruano.
Vega dejó el bolígrafo encima de la tabla.
Se quedó un rato con la teoría cómoda en las manos, dándole vueltas como se le dan a un objeto que se acaba de romper, buscándole la juntura.
Durante ocho días había vivido dentro de una explicación perfecta: la cuenta había puesto el retrato en circulación, el retrato se había metido en la cabeza de cuatro mujeres y las cuatro habían descrito la cara que llevaban dentro.
Era limpia, era demostrable, tenía fechas y capturas de pantalla, y encima le permitía sostener a la vez las dos cosas que necesitaba sostener: que aquellas mujeres decían la verdad y que el hombre del retrato no existía.
La explicación seguía siendo válida para 2026.
No servía para 2013 y ella lo sabía desde hacía exactamente cuatro minutos.
Se levantó, fue a la cocina, puso agua a hervir y se quedó de pie delante del fuego sin poner nada dentro del agua.
Detrás de ella, en el estudio, seguía abierta en la pantalla la fila de siete mujeres escaladas al mismo tamaño.
Había una salida y la buscó, porque era honesta lo justo para buscarla y deshonesta lo justo para desearla.
La salida era que las descripciones antiguas fueran genéricas. Volvió a leer las tres. «Moreno, pelo rizado, ojos hundidos, una ceja partida.» «Moreno, rizado, cicatriz en la ceja.» «Moreno, rizado, ceja partida, ojos muy metidos.»
Genéricas, hasta cierto punto, sí. Un hombre moreno y rizado de treinta y pocos años es la mitad de Madrid.
La ceja partida, no. La ceja partida en el tercio medio, con interrupción del pelo, la había puesto ella encima de una mesa en noviembre de 2010 copiándola de una ficha policial, y aparecía en las tres denuncias, en tres comisarías, en trece años.
Volvió al estudio con el paño de cocina todavía en la mano, se dio cuenta a mitad de camino y lo dejó encima de una silla.
Abrió el breve del digital de Villaverde. Lo leyó tres veces y a la tercera se fijó en el dato que no había mirado: la dirección. No la daban entera —los medios no dan la dirección de una mujer acosada—, pero daban la calle y el tramo: un portal de la calle Villalonso, a la altura del mercado .
Vega conocía esa calle.
Nacho había vivido a dos manzanas de allí, en la calle Eduardo Barreiros, en un tercero sin ascensor con una cocina en la que no cabían dos personas, desde 2011 hasta 2015, que fueron sus años de becario en el estudio y de comer arroz seis veces por semana.
Ella le había ayudado a pintarlo. Se había quedado a dormir dos veces.
Se quedó con esa idea encima, sin tocarla, como se sostiene un plato caliente.
Villaverde tiene ciento cincuenta mil habitantes.
Su hermano vivió cuatro años en un barrio grande en el que también vivían otras ciento cincuenta mil personas, y una de ellas denunció a un merodeador en 2013, que es una cosa que se denuncia todos los días en todos los barrios de Madrid.
Si le pidiera a un becario que hiciera esa comprobación al revés —«dime cuánta gente que conozco vivió alguna vez a dos manzanas de una denuncia»—, saldrían treinta nombres.
Eso era lo que había. Un barrio grande y una coincidencia del tamaño de un barrio grande.
Se dio cuenta, además, de lo que estaba haciendo. Estaba defendiendo a alguien.
Lo pensó con esas palabras y le pareció una exageración, porque no había ninguna acusación en ninguna parte, ni un nombre escrito, ni una pregunta formulada.
Solo una calle y un barrio grande y una hermana de pie delante de un cazo de agua hirviendo a las nueve y media de la mañana, construyendo un argumento estadístico impecable para nadie.
Apagó el fuego del agua.
Y entonces se dio cuenta de que había otra cosa que llevaba tres días sin mirar y que sí podía mirar, porque no se refería a su hermano.
Miró el reloj: las diez menos veinte. Tenía que estar en la UDEV a las doce.
Bajó al trastero.
Sacó la libreta de 2010 de la caja de DESPACHO y se la subió a casa, y esta vez la trabajó como se trabaja un documento: en la mesa del estudio, con luz buena, pasando página por página desde el 1 de octubre.
Su padre apuntaba las horas. No siempre, no con método, pero apuntaba: 20:30 declaración Nuria E. , 07:00 comisaría , cena Chelo 21h . Era un hombre que vivía con una libreta en el bolsillo interior desde los veinticuatro años.
El sábado 23 de octubre de 2010 tenía tres anotaciones por la mañana y una a las 18:40.
Después, nada.
La página siguiente, la del domingo 24, empezaba a las 05:10, con una sola línea escrita con una letra más grande y más rápida que el resto: Sandoval y Rojas. 3.º izq.
Entre las 18:40 del sábado y las 05:10 del domingo, la libreta de su padre no decía dónde había estado.
Y la hoja que iba entre las dos estaba arrancada de un tirón.
Vega se quedó mucho rato con la libreta abierta.
Había una explicación evidente y era buena: un inspector no apunta lo que hace un sábado por la noche cuando está en su casa cenando y viendo la tele. Nadie apunta eso. La libreta era de servicio, no un diario.
La hoja arrancada era otra cosa. Su padre arrancaba hojas continuamente, para dar un teléfono, para dejar una nota. En aquella libreta faltaban al menos nueve.
Faltaba esa. Y esa era la única de las nueve que caía dentro de la noche en que mataron a Estela Ruano.
Vega cerró la libreta, la puso en el cajón de abajo del archivador, debajo de la carpeta de plástico con la transcripción, y no llamó a nadie.
No llamó a Ulloa, que le habría preguntado por qué tenía en su casa una libreta de servicio de un inspector fallecido.
No llamó a su hermano.
Se dijo, con toda la sinceridad de la que fue capaz aquella mañana, que lo que tenía eran dos coincidencias y una hoja arrancada, y que llevar eso a una comisaría era llevar ruido.
Que un inspector con treinta años de servicio tiene mil noches sin justificar en sus libretas.
Que un barrio de ciento cincuenta mil personas produce coincidencias de ciento cincuenta mil personas.
Y por debajo de esa frase, muy abajo, donde no llegaba la luz, había otra cosa que no llegó a formularse con palabras y que le hizo bajar al garaje a las once de la mañana, coger el coche y conducir cuarenta minutos hasta Alcalá de Henares sin habérselo propuesto al salir de casa.