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Esa noche empezó por el pódcast y acabó a las cuatro y veinte de la mañana en la hemeroteca digital de dos periódicos locales.
Se puso a ello después de cenar, con la excusa profesional de siempre: si alguien había alimentado la memoria de cuatro mujeres con una imagen, había que datar la alimentación. Eso era un trabajo de perito y ella sabía hacerlo.
A cara descubierta tenía cuarenta y un episodios y una temporada entera, la tercera, dedicada al caso Ruano. Vega los escuchó a velocidad y media, con auriculares, en el suelo del salón, tomando notas.
Los ocho primeros episodios eran la historia del caso: el crimen, el retrato, la detención, el juicio.
Vega se oyó a sí misma nombrada once veces y aguantó.
El nueve y el diez iban sobre la rueda de reconocimiento.
El once, entero, sobre lo que el presentador llamaba «la cadena de custodia de una cara».
El episodio doce se llamaba «Los avistamientos».
Duraba cincuenta y cinco minutos y estaba construido sobre tres denuncias.
Marzo de 2013. Comisaría de Villaverde. Una mujer de treinta y un años denuncia que un hombre lleva tres semanas parado en la acera frente a su portal, de noche, y que una madrugada lo encuentra dentro del rellano, junto a los buzones, sin explicación.
Descripción: varón, treinta y pocos, moreno, pelo rizado, ojos hundidos, una ceja partida.
No se identifica a nadie. El expediente se archiva a los cuatro meses.
Septiembre de 2017. Comisaría de Alcorcón.
Una mujer de veintiséis años denuncia que alguien ha entrado en su piso mientras dormía: no falta nada, pero han movido cosas y hay una silla del salón colocada en el pasillo, frente a la puerta de su dormitorio.
Un vecino dice haber visto salir a un hombre por el portal a las cuatro.
Descripción del vecino: moreno, pelo rizado, una cicatriz en la ceja. Archivado.
Noviembre de 2021. Comisaría de Getafe. Una mujer de treinta y cuatro años denuncia acoso: dos meses de sensación de vigilancia, un hombre en la acera, una foto suya borrosa hecha desde la calle que aparece impresa en su buzón.
Descripción: moreno, rizado, ceja partida, «ojos muy metidos». Archivado.
El presentador del pódcast era un tipo de unos cuarenta con voz de radio y un gusto insufrible por las pausas dramáticas, pero había hecho el trabajo. Citaba números de expediente. Citaba fechas de archivo. En el minuto treinta y ocho decía una frase que Vega tuvo que rebobinar dos veces:
«Ninguna de estas tres denuncias menciona a Joaquín Vidal.
Ninguna. Y no podrían, porque Joaquín Vidal llevaba en ese momento tres, siete y once años en prisión respectivamente.
Y sin embargo, si ustedes leen las descripciones seguidas, y las van a leer ahora mismo, van a estar oyendo tres veces el mismo retrato. »
Y las leía. Las tres seguidas, despacio, sin música de fondo.
Vega paró el audio y se quedó mirando la pared.
Luego lo comprobó. No se fio del pódcast: comprobó.
Tardó dos horas. Las tres denuncias existían y las tres estaban recogidas en prensa local, en breves de quince líneas de esos que se publican en agosto o cuando no hay nada.
El de 2013 lo llevaba un digital de Villaverde que ya no existía y que estaba archivado.
El de 2017 salió en dos periódicos, uno con el titular «Alarma vecinal por un intruso en el barrio de Los Castillos».
El de 2021 tenía hasta una foto: la del portal, tomada desde la acera de enfrente.
Tres comisarías distintas. Tres años distintos. Tres partidos judiciales distintos.
Las tres estaban archivadas por falta de autor conocido, que es la fórmula con la que en este país se cierran cada año decenas de miles de expedientes que nadie vuelve a abrir.
Nadie las había conectado nunca, y Vega sabía perfectamente por qué, porque llevaba veinte años entrando y saliendo de comisarías.
Un merodeador no es un caso: es un papel.
Nadie cruza papeles de merodeadores entre Villaverde, Alcorcón y Getafe con nueve años de diferencia.
No hay base de datos que se consulte así, no hay nadie a quien se le ocurra consultarla y, aunque se le ocurriera, la descripción —moreno, treinta y pocos, ceja partida— devolvería cuatro mil resultados.
Hacía falta que alguien de fuera, con mucho tiempo y una idea fija, se pasara meses buscando exactamente eso.
Alguien de fuera se lo había pasado.
Vega se levantó, dio dos vueltas por el salón, se bebió medio vaso de agua de pie en la cocina y volvió a sentarse.
Había una manera de desactivar aquello y consistía en preguntarse quién escribe una entrada así.
Alguien que lleva meses buscando denuncias archivadas por merodeo en el área metropolitana de Madrid.
Alguien que se ha leído los breves de los digitales de barrio de 2013.
Alguien que ha localizado a dos mujeres y las ha convencido de que le cuenten una historia de hace trece años y le dejen publicar su foto.
Alguien que necesita, con una necesidad enorme, que esas tres denuncias signifiquen algo.
Y ahí estaba el problema, y Vega lo formuló en voz alta, sola, en su salón, a las tres de la mañana:
—Que las necesite no significa que no signifiquen nada.
Volvió a poner el episodio doce desde el principio.
Y entonces vino la otra cosa, que no estaba en el pódcast.
La cuenta El retrato miente había publicado, en enero, una entrada larguísima sobre esos tres avistamientos.
Llevaba fotografías. La autora —Vega llevaba dos semanas diciendo «la autora», sin darse cuenta de cuándo había dejado de decir «alguien»— había localizado a dos de las tres denunciantes, las había entrevistado y había publicado sus fotos con permiso.
Estaban en la entrada del 19 de enero, titulada «Las que sí lo vieron». Tenía cuatro mil quinientas palabras, veintiocho notas al pie y dos fotografías con un pie que decía: Publicada con autorización expresa.
Vega la abrió en el ordenador grande, el de la mesa del estudio.
Y por costumbre, por oficio, por veinte años de hacer exactamente eso, hizo lo que hace un retratista cuando tiene varias caras delante: las puso en fila.
Arrastró las imágenes a una carpeta nueva. La denunciante de 2013. La de 2021. Las cuatro de ahora: Paula Andreu, Rocío Balboa, Miriam Soler, Tania Reig. Las escaló todas al mismo tamaño interpupilar, que era la única manera decente de compararlas, y las alineó por la horizontal de los ojos.
Seis mujeres.
Luego abrió la carpeta RUANO y sacó la fotografía de Estela Ruano Melgar, la del carné de la facultad, la que había salido en todos los periódicos en octubre de 2010.
La escaló igual y la puso la primera de la fila.
Se apartó de la pantalla y luego volvió a acercarse, y la sensación fue la de estar mirando su propio trabajo: seis láminas de práctica y el original arriba del todo.
Se apartó otra vez.
Hizo lo que hacía en clase: tapó con dos dedos la parte de abajo de cada cara, de la nariz para abajo, y las miró solo por el tercio superior, que es donde vive la estructura y donde no llega el peinado.
Y después tapó el tercio superior y miró solo las mandíbulas.
Óvalo largo. Mandíbula estrecha, casi sin ángulo. Distancia interpupilar amplia respecto a la anchura del cráneo. Nacimiento del pelo en pico. Pelo oscuro, media melena, todas menos una. Cejas rectas y espesas. Boca pequeña, con el labio superior fino.
No eran iguales. Nadie las habría confundido en la calle, ni en una fotografía, ni en un juicio. Rocío Balboa tenía cuarenta y cinco años y Estela había muerto con veintiuno. Tania Reig era rubia.
Pero un retratista no ve caras. Un retratista ve estructuras, y allí había una sola estructura repetida siete veces con siete variaciones, como cuando se practica una lámina y se hacen seis versiones del mismo cráneo cambiando las carnes.
Buscó en la carpeta del caso la fotografía del carné de conducir de Miriam Soler, la que había usado la prensa, y la miró aparte, sola, fuera de la fila.
Treinta y tres años. Enfermera. Óvalo largo, mandíbula estrecha, nacimiento del pelo en pico.
La devolvió a su sitio en la fila, entre las otras, y esa fue la parte que le costó.
Vega se quedó mirando la fila de siete mujeres a las cuatro y veinte de la mañana.
La primera llevaba dieciséis años muerta y las otras seis estaban durmiendo, en ese momento, en seis casas de Madrid.